CRECIENDO EN FILOSOFIA

CARTAS DE PLATON

CARTAS PLATON

PREAMBULO

1. Cuando se constituyó de una manera definitiva el Corpus platonicum, quedaron in­cluidas en él trece cartas, las únicas transmiti­das por la tradición manuscrita. Hay otras cinco cartas atribuidas a Platón, si bien proceden de fuentes distintas. Estas cinco, empero, son con­sideradas abiertamente falsas por la mayoría de los editores.

La tradición de las trece cartas se halla ya plenamente establecida en el siglo I de nuestra era. Trasillo las menciona en su catálogo, dándoles la calificación de «morales»; las iden­tifica señalando la fórmula de salutación “mucho éxito” (véase la nota I de la Carta I), y hace mención del nombre de los destinatarios: «Una de estas cartas está dirigida a Aristodemo, dos a Arquiras, cuatro a Dionisio, una a Hermias, Erasto y Corisco, una a Laodamas, una a Dión, una a Perdiccas, dos a los amigos de Dión» (Diógenes Laercio, III, 61).

Con anterioridad a esto, a finales del siglo III a. de C., las cartas formaban parte de las ediciones platónicas. Diógenes Laercio, en el lugar que acabamos de citar, atestigua que esta era la creencia de varios eruditos, entre los que menciona a Aristófanes de Bizancio, eruditas que seguían todos el mismo catálogo y una misma disposición. Ahora bien: para imponerse a críticos tan concienzudos y tan escrupulosos como Aristófanes de Bizancio era necesario que la tradición estuviera muy sólidamente fundada. Por lo demás, parece muy probable que la fuente de los sabios bizantinos fuera muy antigua y que se remontara incluso a una gran edición de la Academia, publicada en los últimos veinti­cinco años del siglo IV; es decir, unos treinta años luego de la muerte de Platón.

¿Estaba también determinado es esta época el número de cartas, como lo estuvo más tarde?

No lo parece ciertamente. La Carta XII parece haber entrado a formar parte de la colección alrededor del siglo I, y todos los manuscritos que poseemos hoy día señalan su inautenticidad. ¿Es esto entonces motivo suficiente para decir otro tanto de la Carta XIII, apoyándose en el principio empírico de que las obras apócrifas suelen acabar las colecciones ? Para tener valor, el razonamiento supondría que el orden de las cartas estaba ya bien determinado en aquel en­tonces; pero este orden solo nos es conocido por los mismos manuscritos, y en este aspecto no hay en ellos una completa unanimidad: en algunos manuscritos, por ejemplo, la Carta XIII ocupa el tercer lugar, y es la XII la que acaba la colección.

2. En la antigüedad, con excepción de la Carta XII, esta correspondencia no provocó, con toda probabilidad, ningún sentimiento de sospe­cha. Cicerón, Plutarco, Cornelio Nepote, las citan sin vacilación alguna o las emplean como fuentes históricas. La *tradición se mantiene en esta misma firme seguridad durante los siglos posteriores. En la generación siguiente a Plutar­co, Luciano acude a la Carta III para criticar ciertas formas de saludo, y las citan con frecuen­cia los escritores cristianos, en su afán inmodera­do de encontrar en todo prenuncios de la doctrina y la persona de Cristo. En el siglo III, Plotino comenta varias veces, como auténticamente platónicas, algunas sentencias oscuras de la Carta 77 (Enéadas, I, 8; V, l). En una palabra, hasta el siglo V no se plantea la cuestión de cuál es el origen real de esta correspondencia, incluida desde siempre en el Corpus platoni­cum.

Poco a poco, sin embargo, fueron surgiendo las dificultades. No se sabe a quién hay que hacer remontar las primeras dudas. Para algu­nos parece sería Proclo el primero en haberse sentido inseguro respecto a esto. De hecho, lo que posiblemente contribuyera más a provocar las desconfianzas fuera el uso inmoderado que se hacía de su testimonio y quizá también el estudio mismo del texto de las Cartas.

Desde el final del neoplatonismo hasta el comienzo del Renacimiento no es posible se­guir la historia de las Cartas platónicas. Su historia en este período debe de haber sido la misma de tantas otras obras griegas: el perma­necer ignoradas. Volvieron a ser leídas en el siglo XVI, cuando la gente volvió a apasionarse por Platón, y también desde aquel momento comenzó a aplicarse a las mismas la crítica. Desde luego que no se sospechó de todas en un buen principio; había siempre una u otra que no era acogida con benevolencia o que incluso era dejada de lado sin reservas. Ficino, por ejemplo, a causa de una contradicción entre la pluralidad de dioses del Timeo y el empleo de la expresión «Dios» frente a «dioses» de la Carta XIII, no incluyó la traducción de esta en la versión del epistolario platónico que hizo. En el siglo XVII, Cudworth también con­sidera falsa esta carta y la atribuye a un cris­tiano.

A partir de aquel momento la cuestión que­daba ya planteada. No bastaba ya la tranquila posesión de tantos siglos. Comenzó a ser co­nocida la habilidad con que falseadores y pla­giarios, por diversos motivos, habían hecho deslizar multitud de cartas falsas en obras conocidas, o incluso hablan creado una corres­pondencia completa. Bentley, en 1697, fue el primero en abrir los caminos a la crítica con su brillante demostración de la falsedad de las cartas de Fálaris, escritas por un sofista que había representado torpemente la personalidad del tirano de Agrigento. El mismo Bentley, sin embargo, consideraba firmemente auténti­cas las Cartas platónicas, incluida la XIII.

En 1783, Meiners señalaba en las Cartas una serie de rasgos que estaban, decía, en contra­dicción con la edad o el carácter de Platón, y quitaba de las obras de Platón la colección entera de las Cartas. Era la primera vez que se pronunciaba una condenación tan absoluta. Esta actitud suscitó protestas, pero los argu­mentos de los defensores fueron entonces más débiles que los de Meiners. Ocurría esto, poco más o menos, en la época en que Schleiermacher iba a remover la cuestión platónica, de forma que, siguiéndole a él, los críticos iban a ejercitar sus ingeniosidades sobre toda la obra del fundador de la Academia.

Entre vaivenes de opinión, unas veces a favor y otras en contra, se llega a la segunda mitad del siglo XIX, en que la tónica general se vuelve más favorable y benigna con las Car­tas, gracias sobre todo al progreso en las cien­cias filológicas. Los trabajos estilísticos de Campbell llevaron a un conocimiento muy pre­ciso de la lengua de Platón. La comparación entonces entre las Cartas y los Diálogos que se consideraban contemporáneos a ellas evi­denció muchas coincidencias estilísticas. La posición actual resulta, pues, más benévola con las Cartas de Platón, aunque con algunas re­servas.

Baste con ello acerca de la historia de las Cartas de Platón frente a la crítica. En la breve nota que acompañará a cada carta en particular expondremos las razones que para cada una haya de autenticidad o inautenticidad.

3. Las trece cartas de que consta la colec­ción difieren notablemente entre sí por su forma y su contenido. Muchas de ellas son simples hijuelas o billetes; otras tienen aspecto de car­tas privadas o cartas de negocios; las hay, en fin, que son verdaderos manifiestos, que pasan sensiblemente de las dimensiones normales do una carta; así, por ejemplo, la VII ocupa ella sola una extensión igual al libro 1 de la Repú­blica. Igual que Isócrates, el autor ha sentido la necesidad de disculparse por esta extensión, haciendo notar que no se excede la medida cuando se dice exactamente lo conveniente• (352a).

El interés de esta correspondencia radica sobre todo en que nos hace revivir la actividad política de Platón, enseñándonos que la Aca­demia era tanto una escuela de dialécticos cuanto un vivero de legisladores, prestos a difundir en torno las doctrinas ético-sociales del maestro y a trabajar por la formación legislativa en la reforma de los Estados. Todas las Cartas se dirigen a jefes de Estado o a personas introdu­cidas en la política. Es lógico que encontremos en ellas una serie de teorías de la República o las Leyes. Pero lo interesante es ver cómo estas teorías se aplican ahora a la práctica, a las circunstancias concretas, y asistir a los es­fuerzos del filósofo para llevar al campo de los hechos las estructuras ideales que él ha conce­bido y soñado en su espíritu. También es natu­ral que el conjunto de las mismas Cartas se encuentre dominado por las reminiscencias de la gran experiencia siracusana, recuerdos un tanto tristes, insuficientes para descorazonar del todo al filósofo, pero sí capaces de irle dando poco a poco un tinte de sano escepticis­mo y duda, que le va acercando también a la realidad. Véase, por ejemplo, la actitud que refleja la carta dirigida a Laodamas.

La verdad de estas observaciones no prejuzga, sin embargo, sobre la autenticidad de las Car­tas. Pero puesto que ellas proceden, al menos, del medio ambiente más cercano a la Academia, reflejan ciertamente con verdad las actividades de ésta en el plano de la política que podríamos llamar sabia.

4. Las Cartas se pueden considerar clasi­ficadas en tres grupos, teniendo en cuenta los destinatarios de las mismas. Hay un grupo de Cartas dirigidas a Dión y a los amigos de Dión: Cartas IV, VII, VIII, X; otro de Cartas dirigi­das a Dionisio I, II, III, XIII; otro, en fin, de Cartas dirigidas a jefes de Estado o políticos: V, vi, IX, XI, XII.

Los dos primeros grupos exponen los asuntos de Sicilia y constituyen una tabla casi completa de las actividades platónicas en Siracusa. El último grupo se refiere especialmente a la teoría y la práctica de la gran teoría o principio político de Platón: la unión y colaboración del jefe de Estado y el filósofo.

Todas las Cartas, las auténticas como las que no lo son, poseen un indudable valor docu­mental para el conocimiento de Platón y su obra filosófica y política. Fuera de lo que hemos dicho, nos enseñan acerca de la actividad total de la Academia en la esfera de la política, nos hacen ver también lo que, en épocas muy in­mediatas a la vida de Platón, se pensaba del maestro, de su influencia, de sus preocupaciones. Sin poseer la importancia de las realmente auténticas, las que no parecen serlo son testimo­nio de la difusión que alcanzaron las ideas ense­ñadas por el fundador de la Academia, recogidas por gran número de discípulos, que las van trans­formando poco a poco al irlas pensando dé nuevo. Al lado mismo aún del Platón de la genui­na historia, nos dejan entrever ya al Platón de la leyenda. Desde estos puntos de vista deben ciertamente ser retenidas en su lugar, pues gracias a ellas se puede establecer la filiación entre el platonismo inmediato y el movimiento filosófico de la escuela de Alejandría.

5. La presente edición se ha trabajado básicamente sobre la correspondiente de Belles Lettres, París, 1960, a cargo de Joseph Souilhé.

CARTA I

Platón, recién vuelto a Atenas, luego de su fracaso definitivo en las actividades políticas de Sicilia, expresa, primeramente a sus adver­sarios, luego al mismo Dionisio-a quien tex­tualmente se dirige la carta-, su indignación por la manera en que ha sido tratado. Se niega radicalmente a ensayar nunca más los caminos de la reconciliación con él. Incluso remite al tirano el dinero que-en cantidad insuficiente, dice la carta-le diera Dionisio para hacer .frente a los gastos del viaje. Y acaba diciéndole que recuerde todo lo que dicen los poetas acer­ca del trágico fin que está reservado a los ti­ranos.

Esta brevísima carta parece, en realidad, más que otra cosa, un panfleto. Supone los sucesos narrados en la Carta III, pero es más apasionada y menos reflexiva que aquella.

No parece en manera alguna posible discu­tir la inautenticidad de la misma. Una simple lectura atenta basta para ver todo lo que en ella hay de ficción literaria. El tono declamato­rio y enfático, las citas de los poetas, etc., son procedimientos un tanto artificiales para unos momentos que debieron de ser intensamente dramáticos en el alma del filósofo. Aparte de que algunos detalles no están de acuerdo con lo que otros documentos más fidedignos nos dicen sobre la estancia de Platón en Sicilia. No es verdad, como pretende la carta, que el filósofo haya sido colocado con frecuencia como vigi­lante o señor supremo de la ciudad o haya sido propuesto para ello. Tampoco se nos dice en ninguna parte que haya debido abandonar Siracusa expulsado por sus adversarios. La realidad fue muy otra: Platón tuvo que insistir repetidas veces para conseguir que Dionisio le dejara partir. En cuanto al detalle de que fuera escaso el dinero para el viaje, no concuerda ello con lo dicho en la Carta VII, que menciona el gesto del tirano sin dejar posibilidad alguna de sospechar esa mezquindad de que se habla aquí (véase 350 b). La Carta I se hace eco de una falsa leyenda que se iba formando poco a poco. La gravedad que los biógrafos señalaban en Platón la transformaron los satíricos en tristeza a melancolía, y más tarde incluso en misantro­pía; si recordamos los consejos que Sócrates da, en el Fedón, antes de morir (89 d/90 a), com­prenderemos cuán absurdo era asignar a Platón esa actitud de misántropo.

La carta es, pues, un ejercicio de escuela retórica, sin duda muy cercana a la época de vida del filósofo.

PLATÓN a DIONISIO: Mucho éxito l.

Durante mi larga permanencia junto a vos, cuando era el ministro favorito de vuestro poder, vos os llevabais todos los beneficios y ventajas, y yo soportaba las calumnias, por muy duras que estas fuesen, puesto que, yo bien lo sabía, ni una sola de vuestras cruelda­des podía parecer se hubiera cometido con mi consentimiento 2: todos aquellos, en efecto. que han tomado parte en vuestra administra­ción y gobierno me son testigos de ello, aque­llos a quienes, en tan gran número, he socorrido y a quienes he salvado de graves castigos. Así. pues, luego de haber sido frecuentemente colo­cado como señor al frente de la vigilancia de vuestra ciudad, he sido despedido más igno­miniosamente de lo que sería decoroso hacer con un mendigo, y he sido echado por vos con la orden de hacerme a la mar, ¡yo que tanto tiempo había pasado junto a vosotros!3.

Yo pensaré para en adelante en escoger un género de vida que me aleje más de los huma­nos, y tú, siendo como eres un tirano. quedarás• rodeado de soledad y aislamiento. La brillan­te suma de dinero que me has dado para mi ­partida, Bacqueio, el portador de esta carta. te la devolverá: era insuficiente para los gastos del viaje, a la vez que carecía de toda utili­dad en otros aspectos. Ella no podía procu­rarte a ti, -el dador, más que la peor de las deshonras, y casi la misma a mi, si la aceptaba. Por este motivo la rechazo. Evidentemente, para ti carece de importancia el recibir o dar una suma de dinero como esta: así. pues. tómala de nuevo y corteja con ella a algún otro de tus amigos, de la misma manera que me cortejaste a mi mismo; he sido, en efecto, suficientemente cortejado por ti. En cuanto a mi, no me queda mas que repetir el dicho aquel de Eurípides: cuando un día veas que todo se derrumba, desearas vehementemente tener un hombre así a tu lado­4

Recuerda también, te lo ruego, que casi todos los poetas trágicos, al representar a un tirano sucumbiendo a los golpes de un asesino, hacen que exclame:

privado de amigos, mísero de mí, muero5′.

en cambio, ninguno de ellos lo hace morir falto de dinero. Y así, también los versos si­guientes suelen gustar bastante a los espíritus sensatos:

ni el oro brillante, tan raro en la desesperanzada vida de los mortales,

ni el diamante, ni el resplandor de los lechos de plata, maravillosa riqueza de los humanos,

ni, sobre la tierra inmensa, las llanuras cargadas de frutos,

valen entre las personas de bien lo que la íntima com­penetración, de los pensamientos6

Adiós. Reconoce los grandes errores que has cometido conmigo, a fin de que trates me­jor a los demás.

1 No es posible una traducción exacta dé esta fór­mula introductoria. El sentido inmediato es ciertamente el de «éxito», solo que los platónicos le añaden un sentido o intención moral y ético: .el éxito que desean se refiere primariamente al triunfo del bien y de la sabiduría en el alma. Diógenes, ilí, 61, opone esta salutación pla­tónica a la de Epicuro, que podríamos traducir por un castellano «pasarlo bien» .

2 El sentido es: yo soportaba las calumnias,-_­bien lo sabía, nadie podía hacerme responsable :.r -_­tras crueldades.         .

3          En este primer párrafo. Platón se dirige :=uai-:-.r=

a todos los favoritos del tirano.  En el párrato •:g~ – se dirige ya tan solo a Dionisio

4 Trágicos griegos, Nauck, frag. 2. Euripides, 956.

5 Trágicos griegos, Nauck, frag. 2. Adespo[a, 347.

6 Líricos griegos, Bergk. Adespota,

.

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CARTA II

1. El tema de la carta es el siguiente: Algo ha turbado las buenas relaciones entre Dionisio y Platón. Dión y sus amigos se quejan del pro­ceder del tirano para con ellos, y Dionisio pare­ce culpar a Platón de ciertas críticas que este hubiera podido impedir. Platón se disculpa, ex­poniendo de manera muy libre y a veces tam­bién muy familiar su manera de comprender las relaciones entre el sabio y el jefe de Estado.

La carta tiene dos partes. La primera desarro­lla la idea de «cómo conviene que nos portemos tú y yo en nuestras relaciones mutuas», idea central, que va precedida de una amplificación retórica sobre la natural afinidad entre sabidu­ría y poder. La segunda parte está casi exclusi­vamente dedicada a cuestiones científicas. Dio­nisio ha hecho preguntar a Platón algo sobre este conocimiento maravilloso que es la tortura de los espíritus que sienten la avidez de lo ab­soluto. Esta doctrina se refiere a la naturaleza del ser Primero y se ve resumida en una fórmu­la misteriosa (312 e). El alma humana quiere comprender estas realidades trascendentes; pero, aprisionada en lo sensible, solo entrevé lo abso­luto a través de unas imperfecciones de que este está absolutamente puro. En esto radica su tormento y su angustia. Dionisio se imagina haber comprendido lo que nadie aún ha com­prendido enteramente. Pero inmediatamente co­mienza a dudar: ha confundido las sombras con la realidad. Hay que trabajar siempre para liberarse de las soluciones engañosas. Esa an­gustia que él siente es el comienzo de la libera­ción. Platón le recomienda este estudio paciente y difícil. Y que evite la indiscreción y el escribir sus descubrimientos. Platón mismo no ha escrito nunca. Lo que corre por ahí como obra suya es de Sócrates en su juventud.

Acaba rogando a Dionisio que, una vez aten­tamente leída la carta, la queme, y le pide varios favores en una especie de posdata.

2. La misteriosa fórmula de 312 e, acerca de los tres principios, ha intrigado en todo, tiempo a los intérpretes de la carta. Unos han visto aquí un indicio evidente de la inautenticidad de la misma. Otros han buscado puntos d/, referencia en los Diálogos. Desde la época alejandrina se han ensayado múltiples exégesis .Los escritores cristianos creyeron ver en la  carta un atisbo vago y vacilante de la Trinidad, Los modernos no se ponen de acuerdo en la identificación de cada *uno de los tres principios, Apelt identifica el primero con la divinidad el segundo con las Ideas y el tercero con Alma del mundo. Howald cree que estos principios o realidades son, respectivamente, las Ideas, lo sensible y la materia, y compara la fórmula de la carta con la de Timeo (52 a y ss.) Andre cree reconocer aquí los tres grados del conocimiento.

No obstante, si se trata de asignar un sentido a la fórmula enigmática, parece preferible atenernerse a la interpretación neoplatónica que se hecho tradicional. Plotino dice que el primero es el Bien-que está por encima de la Inteligencia y la esencia-; el segundo, la Inteligencia-la causa que tiene el papel de demiurgo-­y el tercero es el alma formada por aquella, en el cráter del Timeo-. Platón da el nombre de padre al Bien absoluto. el principio superior, a la inteligencia y la esencia, y del Bien no la Inteligencia, y de esta, a su vez, el alma, Enéadas (V, l). Proclo precisa más aún: el primero, principio de todo, es también la fuente de toda divinidad, ya que es origen, causa y de toda existencia. A él tienden todos los seres. No podemos, pues, expresar su naturaleza. sino tan solo las relaciones de que él es término. Solamente a él le conviene con propiedad la forma de divinidad, forma que él comunica a los demás dioses; de la misma manera, la natu­raleza propia y peculiar del espíritu procede de la primera inteligencia, y la vida procede del alma primera.

De hecho, es posible establecer una relación de dependencia o cercanía entre el primero de la carta y la Idea del Bien de los libros VI y VII de la República. En ambos escritos este prin­cipio tiene un dominio universal. Los otros dos términos, en cambio, quedan insuficientemente caracterizados; pero, según el autor de la carta, el alma está emparentada con ellos. Se podría, pues, pensar en la Inteligencia y el Alma del mundo, la Inteligencia demiúrgica del Timeo o la Inteligencia regia del Filebo (30 d), y el Alma universal, obra de la actividad or­ganizadora de la Inteligencia, según el origen de las almas humanas que nos expone el Ti­meo.

Si la interpretación neoplatónica es exacta, el pasaje denota ya una tentativa de sistemati­zación de las doctrinas de Platón y habría aquí un antecedente de las famosas tríadas, ya en boga en la Academia en tiempos de Espeusippo y, sobre todo, de Jenócrates, y de las que tanto abusó más tarde la escuela alejandrina.

Sin embargo, también es posible que el autor no haya tenido una idea tan exacta al escribir la carta y que simplemente haya escondido, en fórmulas espigadas acá y allá en los Diálogos, un pensamiento poco definido, y en tal caso no habría que interpretar demasiado estricta­mente dichas fórmulas. Esto nos lleva a discu­tir la autenticidad de la carta.

3. Por la actitud, confiada y simpática, y por la manera de enfocar las relaciones entre Dionisio y Platón, habría que fechar esta carta en el período anterior al tercer viaje a Sicilia. Este lenguaje sería absurdo e ininteligible luego de la ruptura definitiva. Hay, en cambio, otros indicios que harían pensar en una época mucho más tardía para su redacción. La alusión a la peregrinación a Olimpia (310 d) parece una réplica de la Carta VII (350 b), relatando un suceso posterior a la ruptura; las relaciones amistosas entre Espeusippo y el tirano que su­pone el pasaje 314 e son difíciles de explicar si ambos personajes no se conocían personalmente; pues bien: Espeusippo,fue a Sicilia mucho más tarde, cuando Platón estaba ya allí por tercera vez. Esta. falta de armonía entre los datos his­tóricos y la actitud psíquica que revela la carta suscita serias dudas sobre la autenticidad de la misma. Esta impresión se acentúa al compa­rar la Carta II con los pasajes paralelos de la VII. Salta a la vista la imitación, así como la manera en que se han falseado los datos originales. Por ejemplo, la conocida afirmación relativa al conocimiento supremo, que no se adquiere como las demás ciencias y que, por parte del filósofo, no puede ser objeto de un tratado sistemático (341 c), se convierte en la Carta II en la sor­prendente declaración de que no hay ni habrá ningún escrito de Platón (341 c).

Ritter, por otra parte, ha demostrado el parentesco lingüístico de las Cartas II y XIII. Todo ello, pues, aunque no nos permite concluir la identidad del verdadero autor, sí ciertamente parece llevarnos a la comprobación de que en estas cartas nos encontramos con un Platón distinto en todo al de los Diálogos y al de la Carta VII. Es sorprendente la coincidencia en ambas de un Platón pedante, lleno a veces de una ridícula suficiencia. Y en la lI, más aún que en la XIII, la doctrina, él método y el vocabula­rio parecen situarnos en un medio decididamente pitagórico: la fórmula de los tres principios, la insistencia en el secreto, la invitación a archivar en la memoria en lugar de escribir, procedi­miento este muy estimado, al decir de Aristoxe­no, de la escuela de Pitágoras.

Todas estas razones se oponen seriamente á la autenticidad. Parece proceder; pues, el escrito de un grupo platónico que se complace en sub­rayar el aspecto pitagórico de las enseñanzas platónicas, y donde se abre camino a las trans­formaciones que les impondrá la escuela ale­jandrina. Igual que la XIII, se debió de escribir en un momento en que el recuerdo de los sucesos de Sicilia comenzaba ya a difuminarse y las relaciones Platón-Dionisio se iban adentrando por lo legendario.

PLATÓN A DIONISIO: Mucho éxito.

He oído decir a Arquedemo1 que, según tú dices, no era yo solo quien debía guardar si­lencio en lo tocante a tu persona, sino que también mis amigos debían guardarse mucho de decir cualquier cosa que pudiera ser des­agradable referente a ti. No exceptuabas de ello más que a Dión. Ahora bien: precisa­mente esta expresión, «excepto Dión», signi­fica que yo no tengo ninguna influencia sobre mis amigos, pues si yo pudiera cualquier cosa sobre los demás, sobre ti o sobre Dión, se seguiría de ello, lo afirmo así, una mucho mayor abundancia de bienes a todos nosotros y a los demás griegos. Pero lo que actualmente constituye mi fuerza es que yo vivo de acuer­do con mis principios. Te digo esto porque Cratisbolo y Polixeno2 no te han contado nada que sea razonable. Uno de ellos dos preten­día haber oído en Olimpia a un buen número de los que estaban conmigo que te estaban difa­mando: es posible que él tenga mejor oído que yo. En todo caso, yo, por mi parte, no he oído nada. No hay más que una cosa que hacer, a mi modo de ver, si alguien repite una acusación como esta acerca de uno de nosotros: preguntarme por carta; yo te diré la verdad sin vacilaciones y sin falsas vergüenzas.

He aquí, pues, cuál es nuestra situación recíproca: nosotros no somos desconocidos, me atrevo a decir que para nadie en toda Grecia, y nuestras relaciones no son un se­creto. No debes ignorar igualmente que en el futuro tampoco se guardará silencio sobre ellas, ya que son muy numerosos los que han recibido de la tradición noticias sobre ellas, tratándose de una amistad que no tuvo nada de ligera ni de oculta. ¿Que qué quiero decir con esto? Te lo voy a explicar, remontándome al principio.

La sabiduría y el poder tienden naturalmente a unirse: se persiguen sin cesar uno y otra, se buscan, se unen; en consecuen­cia, los hombres gustan de hablar ellos mismos de esto o de oír hablar de ello en sus con­versaciones privadas o en los poemas. De esta manera, hablando de Hierón y de Pausanias de Lacedemonia, recuerdan con gusto sus re­laciones con Simónides, así como los actos y los dichos de este último respecto de ellos. Tienen la costumbre de asociar, en sus elogios, a Periandro de Corinto con Tales de Mileto, a Pericles con Anaxágoras, a Creso y Solón, en su papel de sabios, con Ciro en su función de soberano'. Los poetas, siguiendo estos ejemplos, unen los nombres de Creón y Tere­sias, de Poliedo y de Minos, de Agamenón y de Néstor, de Ulises y Palamedes... De esta manera, sin duda, los primeros hombres lle­garon a acercar y relacionar entre sí a Prome­teo y Zeus. Cantan la discordia de los unos y la amistad de los otros; las fluctuaciones de la buena inteligencia mutua o de la desavenencia, sus acuerdos y desacuerdos sucesivos. Todo esto te lo digo para demostrarte que, luego de nuestra muerte, no se va a callar la fama en lo que a nosotros se refiere: por eso hemos de velar nosotros sobre ella; es en efecto necesario, sin duda alguna, que nos preocupemos del futuro, pues suele ocurrir, por una especie de inevitable necesidad de la naturaleza, que son los espíritus más bastos los que no hacen ningún caso de esto, mientras que las personas de bien, por el contrario, lo hacen todo para merecer las alabanzas de la posteridad. Por otra parte, eso me viene a ser un indicio de que los muertos poseen algunos sentimientos sobre las cosas de aquí abajo: las almas más bellas presienten que esto es así; las más viciosas lo niegan, pero los oráculos de los hombres divinos pesan más que los de los otros. Y pienso que si a aquellos de que hablaba antes se les permitiera corregir los defectos que tuvieron sus relaciones, pondrían todo su em­peño en que su fama fuera mejor de lo que en la actualidad es. Ahora bien: todavía nos es posible a nosotros, con la ayuda de la divi­nidad, poner remedio, con nuestras obras y nuestras palabras, a lo que haya podido haber de imperfecto en nuestras anteriores rela­ciones. Afirmo que la opinión verdadera que se tenga de la filosofía será mejor4 si nosotros personalmente somos honrados; nuestra mal­dad, en cambio, conseguiría un efecto entera­mente opuesto. Y nosotros no podemos hacer nada más santo que el velar sobre ella, como tampoco podemos hacer nada más impío que el olvidarla.

Voy, pues, a exponerte la manera en que esto se debe hacer y lo que exige la justicia. Yo fui a Sicilia con la fama de superar en mucho a los demás filósofos, y llegué a Siracusa para recibir de ti el testimonio de ello, a fin de que la filosofía recibiera, en mi persona, los ho­menajes de la misma multitud. Pero no tuve éxito. ¿Cuál fue la causa de ello? No quiero repetir la que muchos darían como tal, pero tú no parecías tener ya una gran confianza en mí y ponías cara de quererme echar y llamar a otros: producías la impresión de andar buscando cuáles podían ser mis intenciones, porque desconfiabas de mí, me parece. No faltaron personas que con este motivo dijeran a gritos que tú me despreciabas y que tus preocupaciones iban por otros caminos; esta noticia se propaló por todas partes. Escucha, pues, lo que en justicia habremos de hacer ahora; esta será mi respuesta a tu pregunta de cuál había de ser nuestra actitud recíproca. Si menosprecias en absoluto la filosofía, déjala de lado; si has aprendido de otro o has encon­trado por ti mismo doctrinas superiores a las mías, resérvales tu estima. Pero si las que te gustan son las mías, es necesario testimoniar a mi persona las mayores atenciones. Así, pues, hoy, de la misma manera que al comienzo, abre el camino: yo te seguiré. Si soy honrado por ti, te honraré; si soy despreciado por ti, me abstendré de todo. Por lo demás, hon­rándome y tomando tú mismo la iniciativa, parecerá que honras la filosofía, y esto es precisamente-pues que tienes muy en cuenta a los demás-lo que te granjeará la estima de muchos en calidad de filósofo. En cuanto a mí, si diera muestras de honrarte sin ser corres­pondido en retorno, pasaría por ser un hom­bre que admiraba la riqueza y corría tras ella, y sabemos bien nosotros que esto, a los ojos de todo el mundo, no lleva un nombre muy bueno y bello. En una palabra: la deferencia que tú me muestres a mí es un motivo de honra para ambos a dos; la que yo te mostrara a ti sería una vergüenza tanto para el uno como para el otro. Y baste ya con ello sobre esta cuestión.

La pequeña esfera' no es exacta: Arque­demo te lo demostrará a su regreso. He de explicarle también a fondo esta otra cuestión, en verdad más importante y más divina que la anterior, y por la que lo has enviado tú buscando la solución de ella. Tú afirmas, "por lo que él cuenta, que no se te ha revelado su­ficientemente la naturaleza del «Primero». He de hablarte, pues, de él, pero por medio de enigmas. a fin de que si a esta carta le ocurre cualquier imprevisto en tierra o en el mar, al leerla, no la pueda comprender nadie. He ahí lo que hay que decir sobre ello. En torno al Rey del Universo gravitan todos los seres; él es el fin de todas las cosas y la causa de toda belleza; en torno al Segundo se encuentran las cosas segundas, y en torno al Tercero, las ter­ceras. El alma humana aspira a conocer sus cualidades, pues ella considera lo que está em­parentado con ella misma, sin que nada la satisfaga. Pero cuando se trata del Rey y de las realidades de que yo he hablado, no ocurre nada por este estilo. Entonces el alma pregunta: ¿cuál es, pues, esta naturaleza'? Esta pregunta, ¡oh hijo de Dionisio y de Doris!, es la que es causa de todos los males o, mejor aún, lo es el esfuerzo de generación que provoca en el alma, y mientras no se la libere de ello, ella no podrá alcanzar la verdad6. Tú me dijiste, en tus jardines, bajo los laureles, que habías reflexionado por ti mismo sobre ello y que este era tu propio descubrimiento. Yo te res­pondí que si era realmente así me ibas a ahorrar muchos razonamientos. Te añadí que aún no había encontrado a nadie que hubiese hecho un descubrimiento semejante, sino que toda mi actividad estaba concentrada en este pro­blema. Quizá hayas oído a alguien, quizá la gracia divina haya movido tu espíritu a estas investigaciones y, creyendo estar firmemente en posesión de las demostraciones, no las has captado. Por eso se van ellas de un lado para otro en torno a cada apariencia de las que, de hecho, ninguna tiene realidad. No eres el único a quien ha ocurrido semejante cosa. Sábete bien que nunca nadie ha podido ponerse a escucharme sin experimentar otro tanto al comienzo. Unos se han salido de ello más fá­cilmente, otros menos fácilmente, pero casi nadie sin esfuerzo7'.

Puesto que ha sido y es así, según mi opinión casi hemos ya resuelto tu cuestión, a saber: de cuáles han de ser nuestras relaciones mutuas. Desde el momento en que discutas estas doc­trinas, bien sea con otros, comparándolas a las que estos otros enseñan, bien sea considerán­dolas en sí mismas, verás que ellas se van ha­ciendo en ti más consistentes, con la condición de que este examen sea serio, y te familiarizarás con ellas, igual que con nosotros. ¿De qué ma­nera se realizará esto, así como todo lo que acabamos- de decir'? Has hecho bien en en­viarme a Arquedemo, y en adelante, cuando él esté ya de regreso y te haya llevado mi res­puesta, es posible que nazcan en ti nuevas dudas. Tú me volverás a enviar a este Arque­demo, si eres hombre que decide con rectitud, y él regresará a ti con su mercancía. Haz esto dos o tres veces, discute con cuidado lo que yo te comunique: mucho me sorprendería que tus dudas actuales no cambiaran de esta manera. Animo, pues, y obra así. Ciertamente, tú no podrías promover un comercio mejor ni más agradable a los dioses, ni Arquedemo podría emprender otro igual. Procura, sin embargo, que esto no llegue a conocimiento de los pro­fanos y legos, pues quizá no haya otras doc­trinas tan ridículas para el vulgo, mientras que para los espíritus ricos y bien dotados no las hay tampoco que sean más admirables y más inspiradas. Son necesarias muchas repeticiones, lecciones continuas, largos años, y apenas si, con grandes esfuerzos, se llega a purificarlas como se purifica el oro. Mas he aquí lo que es maravilloso en esta materia; escucha: hay hombres que han oído estas enseñanzas, y en un gran número; tienen estos facilidad para aprender, para retener, para juzgar y criticar a fondo; son ya ancianos y no hace menos de treinta años que las han recibido. Pues bien: hoy en día declaran que lo que entonces les parecía realmente increíble lo consideran ahora muy digno de crédito y absolutamente evi­dente, y les ocurre ahora lo contrario con lo que en otro tiempo les parecía merecer todo crédito. Reflexiona, pues, sobre ello y procura no tener que arrepentirte un día de haber dejado que esto se divulgara en este momento de manera indigna. La medida preventiva más acertada será la de no escribir, sino apren­dérselo de memoria, pues es imposible que los escritos no acaben por ir a parar al dominio público: Por esta razón, nunca jamás he es­crito yo mismo acerca de estas cuestiones. No hay ninguna obra de Platón sobre este tema, y jamás la habrá. Lo que actualmente se designa con este nombre es de Sócrates, escrito en el tiempo de su hermosa juventud. Adiós, y hazme caso. Tan pronto como hayas leído y releído esta carta, quémala.

Basta ya sobre este particular. Te sorprende que te haya enviado a Polixeno. Siempre te he repetido a propósito de Licofrón8 y de todos los que están a tu alrededor que en cuestiones de dialéctica tú les aventajabas tanto por tu talento natural como por tu método de dis­cusión. Nadie se deja refutar de buen grado, como imaginan algunos, sino que es bien a su pesar. Me parece que los has tratado con­venientemente y que les has recompensado tam­bién de manera adecuada. Baste con esto sobre esta cuestión, y aun me parece mucho para lo que ellos valen.

En cuanto a Filistión9, si lo necesitas, sír­vete de él; luego, si es posible, préstaselo a Speusipo y envíaselo: el mismo Speusipo per­sonalmente te lo ruega, y Filistión me ha pro­metido venir de buen grado a Atenas si tú lo dejabas venir. En cuanto a aquel que salía de las canteras, has hecho bien en soltarlo. La demanda que concierne a su familia y al hijo de Aristón, Hegesipo, es fácil: ¿acaso no me has hecho tú decir, en efecto, que si los unos o los otros tuvieran que padecer alguna injus­ticia y tú llegabas a saberlo no lo ibas a permi­tir? En cuanto a Lisiclides, es preciso decir la verdad: es el único entre los que han venido de Sicilia a Atenas que no ha cambiado de opinión acerca de nuestras relaciones, antes no deja de hablar bien de todo lo que se ha hecho y de comentarlo en los términos más favorables.

1 Se habla diversas veces de Arquedemo en las Cartas. Era un discípulo de Arquitas, el tirano de Tarento, y parece haber servido con frecuencia de intermediario entre Platón y Dionisio.

2 Cratistolo nos es desconocido. Polixeno es, sin duda, el famoso sofista, discípulo de Brison de Megara, al que se atribuye la objeción del «tercer hombre» contra la teoría de las Ideas

3   Periandro no es considerado aquí como sabio, sino como jefe de Estado, al igual que en Protágora.r, 343 a. El sabio es, en este caso, Tales de Mileto. Las relaciones que unieron a Pericles y Anaxágoras son conocidas. A Ciro, jefe de Estado, el autor de la carta le asocia no uno, sino dos sabios, Creso y Solón. Heródoto hace desempeñar a Creso el papel de consejero de Ciro. La tradición, por otra parte, ha fijado el recuerdo de las relaciones entre Solón y Creso, representado este come consejero del rico soberano. Estos tres nombres se han unido naturalmente en el espíritu del autor de la carta. Pero como le domina la idea y el recuerdo de un Creso destronado, se le atribuye aquí el papel de «sabio», desengañado ya de sus ilusiones de soberanía.

4 La significación del pasaje es clara: si nosotros somos honrados, se tendrá de la filosofía una opinión mejor. Pero, como la palabra «opinión» sugiere la idea 'de la «opinión verdadera» de los Diálogos, el autor no ha podido evitar el dar al texto este color platónico, desgraciadamente en perjuicio del sentido de este pasaje

5 Se podría quizá pensar en una de estas esferas celestes cuya invención atribuye Cicerón a Tales de Mi­leto y su perfeccionamiento a Eudoxo de Cnido, discí­pulo de Platón. (De República, i, 14J.

6 El alma quisiera conocer las cualidades de estos principios, pero precisamente estos principios no poseen esa «cualidad» que es esencialmente cambiante y varia­ble. Esto es lo que desconcierta al alma y próvoca sus esfuerzos hacia un conocimiento más perfecto. Este pasaje podría ser una imitación de la Carta VII, 343 c. '

7Todo este pasaje es, sin duda, una imitación o bien del Teeteto, 151 a y ss., o bien del Menón, 97 a, 98 a, 100 a.

8 En Aristóteles se hace mención a menudo de un sofista del mismo nombre.

9 Filistión era un médico de Dionisio

CARTA III

1. Luego de su tercer viaje a Sicilia, bien desafortunado por cierto, Platón ha vuelto a Arenas. De ahora en adelante se ha hecho im­posible toda colaboración entre el filósofo y el tirano. Dión ha aprovechado los ocios de su destierro para organizar el partido de la resis­tencia. Parece como sí, al escribirse la carta, la lucha se hubiese declarado ya abiertamente.-In­cluso se podría pensar, por alguna alusión de paso, que los planes de Dión han tenido un buen comienzo (319 b).

Los hechos que dan ocasión a la carta son brevemente los siguientes: Dionisio se ha que­jado a unos enviados extranjeros de la actitud de Platón, echándole en cara su falta de lealtad y el haberle quitado a él de entre las manos las mismas armas de que se sirve Dión para com­batirle a él: la transformación de la tiranía en realeza y la restauración de las ciudades helé­nicas de Sicilia (315 d). Los enemigos de Platón hacían responsable a este de la mala política de Sicilia.

Platón se defiende. Responde primero a la acusación de culpabilidad en los desastres políticos, afirmando que él no se mezcló para nada en la política; su trabajo solo consistió en iniciar la redacción de unos preámbulos legislativos. En cuanto a la otra acusación, responde adu­ciendo testimonios de una conversación suya con Dionisio veinte días antes de su partida. El autor reproduce dramáticamente el diálogo que de­cidió la ruptura. La frase oscura del texto, «lo

que para ti era entonces objeto de burla se ha convertido ahora de sueño en realidad», seria una como alusión a la venganza inminente y a los primeros éxitos de los partidarios de la libertad, en el sentido de que gracias a la .for­mación aquella que en otra tiempo le hizo reír, Díón es ahora capaz de realizar lo que Díonisio fue incapaz de hacer.

2.         Esta Carta III ha sido de las que más benevolencia han encontrado en los críticos. Ritter la considera tan auténtica como la VII o la VIII. Sin embargo, examinada con más de­talle, quizá no merezca un crédito tan absoluto.

Como carta privada está falta de la espon­taneidad y naturalidad que cabría esperar: el cuidado de la forma parece dominar todo lo demás. El juego-tan sofista y retorizante­ sobre las fórmulas de salutación, el paralelismo estructural entre ella y la Apología de Sócrates, escrita par el mismo Platón; las analogías con la Carta VII y los resúmenes de esta, etcétera, manifiestan una forma retórica de composición. Es lógico que ante una cercanía tan inmediata de la fuente platónica, reproduciendo constan­temente giros y expresiones de la Carta VII, el estilo se parezca mucho más al de Platón. Aún así, al escritor se le ha escapado alguna expresión anacrónica. La carta podría, pues, ser también obra de una escuela retórica del tiempo inmediatamente posterior a la muerte de Platón.

Platon  a Dionisio: ¡Alégrate!

¿He encontrado la mejor fórmula de saludo para mi carta? ¿O habré más bien de escribir, siguiendo mi costumbre cuando me dirijo a mis amigos: «mucho éxito»?'. Tú mismo, se­gún lo han contado los que entonces fueron testigos de ello, saludaste en Delfos al dios precisamente con esta fórmula, y escribiste, según se dice:

Alégrate y conserva dichosa la vida de un tirano.

Yo, por mi parte, no quisiera hacer estos votos en favor de un hombre; con mucho mayor razón no quisiera hacerlos en favor de un dios: no en favor de un dios, porque mis deseos serían incompatibles con la naturaleza divina, que se encuentra fija fuera del alcance del placer y el dolor2; no en favor de un hom­bre, pues lo más frecuente es que tanto el placer como el dolor sean fuentes del mal, ya que producen, en el alma, pesadez de espíritu, negligencia, necedad e insolencia. Esto sea dicho con ocasión del saludo. En cuanto a ti, cuando lo hayas leído, escoge el que te parezca bien.

Por aquí y por allá se van contando los razonamientos que tienes tú con muchos de los que te han sido enviados. Según se dice, yo habría oído de tu propia boca tus proyectos de rehacer las ciudades y aldeas griegas de Si­cilia y de aliviar a los siracusanos, transfor­mando en realeza la tiranía. Ahora bien: según 1 ú, en aquel momento yo te aparté de esta idea, a pesar de tus vivos deseos, y ahora encargo a Dión que realice estos mismos proyectos y, robándote tus propias ideas, intentamos qui­tarte tu poder. Tú eres el que debe juzgar si estos razonamientos redundan en tu provecho, pero, en todo caso, eres injusto conmigo al decir lo contrario a la verdad. Ya es suficiente que Filístídes3 y también muchos otros me hayan calumniado ante los mercenarios y el pueblo siracusano por haber permanecido en la acrópolis, y que los de fuera; a la mínima falta, hayan hecho recaer sobre mí toda la res­ponsabilidad, pretendiendo que tú me escu­chabas y me hacías caso en todo. Sin embargo, tú sabes muy bien que en cuestiones de polí­tica si he consentido en compartir un poco tus trabajos no fue así más que en los co­mienzos, cuando creía poder prestar algún ser­vicio, y que, fuera de asuntos de poca importancia, no me ocupaba un poco seriamente más que en los preámbulos de las leyes, ex­cluyendo las adiciones de las que tú o algún otro habéis sido los autores. Oigo decir, en efecto, que luego algunos de entre vosotros han retocado estos preámbulos, pero las dis­tintas redacciones se evidenciarán a los ojos de todo el que esté en disposición de juzgar mi manera de hacerlo. Así, pues, lo repito, no ten­go ninguna necesidad de ser calumniado una vez más ante los siracusanos y ante todos aque­llos a quienes tus palabras podían persuadir, sino más bien de ser defendido bien contra la acusación anterior, bien contra la que acaba de unírsele ahora y la agranda, mucho más importante y más grave. Contra este doble agra­vio, pues, he de intentar una doble apología: la primera, para demostrar que tuve razón para rechazarte toda participación en el go­bierno de la ciudad; la segunda, para probar que no procedieron de mí estas sugerencias o estos obstáculos de que hablas contra tu pro­yecto de rehacer las ciudades griegas, que yo habría impedido. Escúchame primero acerca del primer punto.

Fui a Siracusa llamado por ti y por Dión. Este último, a quien yo conocía a fondo, hués­

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3 .

ped mío en tiempos muy lejanos, se encontraba en toda la fuerza y madurez de la edad, con­diciones absolutamente necesarias en personas un poco sensatas por lo menos, llamadas a de­liberar sobre cuestiones tan graves como lo eran entonces tus asuntos. Tú eras entonces muy joven, carecías en absoluto de la expe­riencia que hubiera sido conveniente tener y  me eras totalmente desconocido. Muy pron­to-¿hay que acusar de ello a un hombre, a un dios, a la suerte, ayudada por ti?-Dión fue desterrado y tú quedaste solo. ¿Crees tú, pues, que en estas condiciones habría yo po­dido tomar parte contigo en los asuntos po­líticos, cuando yo perdía a este sabio com­pañero, y el otro, el insensato, veía yo se entre­gaba a una multitud de hombres malvados y que, mientras se imaginaba mandar, en lugar de ejercer el poder no hacía otra cosa que obedecer a esas gentes? ¿Cuál debía ser mi actitud en esas circunstancias ? ¿Acaso no era la que me vi forzado a adoptar? Despedirme para en adelante de los asuntos políticos, pre­pararme a soportar las calumnias de los envi­diosos y, en cuanto a vosotros, hacer todo lo posible, a pesar de vuestras divisiones y vues­tras desavenencias, para reanudar vuestra amis­tad. Tú mismo eres testigo de ello: jamás he dejado de tender a este objetivo. Fue penoso, pero, no obstante, se convino entre nosotros que yo me embarcaría para volver a mi país, puesto que la guerra os retenía a vosotros allí'. Pero que, una vez firmada la paz, vol­veríamos, Dión y yo, a Siracusa, y ello res­pondiendo a la invitación que tú nos harías. Esta es la verdad sobre mi primer viaje a Siracusa y de mi feliz retorno a la patria. En cuanto a mi segundo viaje, al concluirse la paz, tú me llamaste, pero, contrariamente a lo con­venido, me mandaste llegara solo. En cuanto a Dión, prometías hacer que volviera más tarde. Por esta razón yo no fui, pero entonces me granjeé también el descontento de Dión, pues él juzgaba preferible que partiera y me sometiera a tus órdenes. Luego, un año más tarde, llegó una trirreme con cartas tuyas. En estas cartas me decías primero que, si yo iba, los asuntos de Dión se arreglarían todos según mis deseos; si no, ocurriría lo contrario. En verdad, no me atrevería a recordar cuántas cartas enviaste, tú y otros, insistiendo en tus peticiones, de Italia y de Sicilia, dirigidas a tantos parientes y amigos. Todos me hacían presión para que partiera y me rogaban te obedeciera. Así, pues, todos, comenzando por Dión; opinaban que debía embarcarme sin vacilar'. En vano ponía yo como pretexto mi edad', insistía sobre el hecho de que tú eras incapaz de resistir a los que me calumniaban y soñaban en vernos enemistados, pues yo comprendía entonces y comprendo ahora que cuanto mayores y más desmesuradas son las riquezas de los particulares y así mismo de los reyes, tantos más calumniadores alimentan, camaradas para los placeres degradantes e in­fames, el mayor azote, sin discusión, que engen­dra la fortuna o cualquier otra forma de poder. Y, sin embargo, dejé de lado todas estas ra­zones y fui. No quería que ninguno de mis amigos pudiera acusarme de que, por desidia, había dejado se arruinara toda su fortuna, cuando yo la podía salvar. Fui entonces, y tú sabes bien todo lo que ocurrió en aquella oca­sión. Te pedí, al principio, de acuerdo con las promesas que contenían tus cartas, que hi­cieras llamar a Dión concediéndole tu fami­liaridad; hablo de aquella familiaridad gracias a la cual, si entonces me hubieras hecho caso, los sucesos se hubieran desarrollado probable­mente mucho más favorablemente de lo que han hecho para ti, para los siracusanos y para todos los griegos: así por lo menos lo con­jetura mi opinión. Te pedí luego confiaras los bienes de Dión a su familia y no dejaras los administraran los administradores' que tú co­noces; yo estimaba, por lo demás, que se le debían enviar cada año las rentas habituales y que incluso había que aprovechar mi presen­cia para aumentarlas, no para disminuirlas. Al no conseguir nada, pensé en partir. Entonces me persuadiste de que me quedara aún durante aquel año; decías que ibas a hacer efectiva toda la fortuna de Dión para mandar la mitad a Corinto y dejar el resto a su hijo. Mucho tendría que decir todavía sobre tantas y tantas promesas hechas por ti y que en manera alguna has cumplido, pero como ya son demasiadas, abrevio. Has vendido todos los bienes de Dión sin contar con su consentimiento, luego de haber afirmado que en, manera alguna lo ibas a hacer si él no consentía en ello, y así, hombre admirable, has puesto tope desvergonzada­mente a todos tus bellos compromisos: has imaginado un medio que no era ni elegante, ni ingenioso, ni justo, ni beneficioso: quisiste ate­morizarme, como si entonces ignorara lo que hacías bajo mano para impedirme que re­clamara en envío del dinero. Cuando, en efecto, desterraste a Heraclides9, ni los siracusanos ni yo encontramos justa esta medida. Acudí, pues, a ti con Teodoto'° y Eurybio11 para su­plicarte que no hicieras nada. Tú tomaste en­tonces pretexto de esto para decirme que desde hacía mucho tiempo advertías muy bien que yo no me preocupaba para nada de ti, antes solo me ocupaba de Dión y de sus parientes y amigos. Y que, puesto que en aquel momento Teodoto y Heraclides, amigos de Dión, se encontraban amenazados por una acusación, yo hacía todo lo posible para apartarles el castigo. Estas fueron nuestras relaciones mu­tuas en lo que concierne a la política. Si tú, por otra parte, has observado en mí una actitud poco amistosa para contigo, sabe bien que este fue el origen de todas nuestras diferencias. Y ello no debe sorprenderte. Porque con toda razón habría yo parecido vil y mezquino a los ojos

de todo hombre sensato si, seducido por la grandeza de tu poder, hubiera traicionado a un huésped mío ya muy antiguo y a un amigo desgraciado por tu delito, y tan bueno como tú, por no decir más, y si, poniéndome de parte del injusto, tú, hubiera obedecido todas tus órdenes, sin duda por ambición de dinero, nadie hubiera explicado de otra manera mi súbito cambio de actitud en el caso en que hubiera cambiado así. Esos son los hechos que, gracias a ti, han creado entre nosotros esta «amistad de lobos» y esta desunión.

Paso a paso por mis razonamientos, llego sin interrupción al segundo punto, acerca del que, según decía, debo defenderme. Escucha, pues, y mira atentamente si parece que te engaño y que me aparto de la verdad. Afirmo que en el jardín, en presencia de Arquedemo y de Aristócrito, unos veinte días antes de mi partida de Siracusa, me echaste en cara, como sigues aún haciéndolo en la actualidad, de llevar más en el corazón los intereses de He­raclides y de cualquier otro que los tuyos. Delante de ellos me preguntaste si me acordaba de haberte aconsejado, desde los primeros días de mi llegada, rehacer las ciudades griegas. Reconocí que lo recordaba y que seguía con­siderando aquello como el mejor partido que tomar.

Es preciso admitirlo, Dionisio, esto y lo que ocurrió luego, ya que yo a mi vez te pregunté si había sido yo quien te había dado este consejo o había sido algún otro además. Entonces, lleno de furor y creyendo ultrajarme -luego resultó que lo que para ti era entonces un insulto en estos momentos se está con­virtiendo de sueño en realidad-, me respon­diste, si bien lo recuerdo, con una risa forzada: «Tú me incitabas a que me instruyera antes de hacer todo esto, o si no me abstuviera de ha­cerlo.» Repliqué que tu memoria era excelente. Y tú seguiste: «¿Instruirme en geometría, o qué?» En este momento me contuve de decir lo que se me venía a la boca, por miedo de que, por una pequeña palabra, el permiso para embarcarme que yo estaba esperando no re­sultara difícil de conseguir y que yo dejara de tener campo libre. Pero he aquí el punto a que quiero ir a parar con estos relatos: no me calum­nies más pretendiendo que yo te he impedido reconstruir las ciudades griegas destruidas por

los bárbaros y que te estorbé el aligerar el peso que soportaban los siracusanos, trans­formando la tiranía en realeza. No podrías tramar contra mí ninguna acusación peor ele­gida que esta, y además de esto yo podría re­futarte con argumentos todavía más claros, si se encontrara un tribunal competente para juzgar de esto, y demostrar que los consejos procedían de mí, la negativa a ponerlos por obra, de ti. Y, sin embargo, no sería difícil hacer ver con toda evidencia que seguir estos consejos hubiera sido lo mejor, no solamente

para ti, sino también para los siracusanos y para todos los sicilianos. Pero, querido mío, si tú niegas haber pronunciado las palabras que has dicho, obtengo con ello satisfacción; si lo confiesas, si convencido de que Estesícoro era sabio te decides a imitar su palinodia, pasa de la mentira a la verdad 12.

I Acerca de la fórmula de salutación, véanse el comentario preliminar a esta carta y la nota 1 a la Carta 1. 2 Cfr. Epínomis, 985 a.

3 Según Meyer, este Filistides sería el mismo per­sonaje que Filistos, el historiador y político que, luego de haber ayudado a Dionisio el Viejo a conquistar la

tiranía, fue desterrado y vuelto a llamar. Parece haber sido el genio malo de Dionisio el Joven. Los sicilianos deseaban vivamente que Platón diera al traste con su influencia. Véase Plutarco, Dión, 19.

Dionisio guardaba aún a Platón en la acrópolis, cuando se produjo la revolución de los mercenarios que nos cuenta la Carta VII, 348 a/b. Esta misma carta alude todavía a la hostilidad y a las amenazas de los peltastas, aunque sin indicar el motivo de ello: 350 a. Según Plutarco-Di6n, 19-, los peltastas acusaban a Platón de impulsar a Dionisio a abandonar la tiranía y a pasarse, por tanto, sin los servicios de los mercenarios

5 Meyer pretende que se trata de la guerra contra los naturales de Lucania. Diodoro, XVI, 5, cuenta que Di onisio el Joven, menos belicioso que su padre, puso rápidamente fin a la guerra contra el enemigo tradicional, Cartago. Alargó más las hostilidades contra la Lucania, pero luchaba sin entusiasmo y, a pesar de los buenos resultados, se dio prisa en poner fin a las luchas extran­jeras y en aceptar las condiciones de paz

6          Esto es un resumen de la Carta Vil, 339 a, 340 b.

7          Platón tenia en ese momento cerca de setenta años. 8 Según la Carta VII, 345 c/d, Dionisio, por el con­trario, estaba molesto con los. administradores de los bienes de Dión, que querían enviar al exiliado sus rentas. Dionisio procuraba ponerse en lugar de estos, en calidad de tutor del hijo de Dión. No hay, pues, pleno acuerdo entre esta carta y la VII.

9 Heraclides pertenecía a la nobleza siracusana. Tiene una gran importancia en los acontecimientos políticos de toda esta época. Después de haberse unido al partido de Dión y haber contribuido a la caída de la tiranía, provocó toda clase de dificultades, por su ambición, a los vencedores de Dionisio.

10 Teodoto, tío de Heraclides, parece haber favo­recido siempre los propósitos y las ambiciones de su sobrino. Su nombre va generalmente asociado al de Heraclides bien en las Cartas, bien en Plutarco-Dión, 12, 45, 47.

I I         Eurybio no nos es conocido. Su nombre tan solo se encuentra aquí y en el pasaje de la Carta VII -348 e--, que cuenta con mucha mayor abundancia de detalles la aventura de Heraclides.

12 Según una leyenda que refiere Platón -Fedro, 243 a-, el poeta lírico Estesícoro-640/550-, que. en sus poemas había censurado la conducta de Helena, había sido cegado por los dioses; pero, después de haber cantado la «palinodia», recobró la vista.

CARTA IV

Esta carta supone como fecha el definitivo regreso de Platón a Grecia. La lucha entre Dio­nisio y Dión ha comenzado ya. No es hora de arreglos diplomáticos. La carta es portadora de aliento y estímulo a Dión y a los adversarios de la tiranía. Primero, para que procuren señalarse en la virtud: que Dión piense en igualarse a un Licurgo o a un Ciro, y que se esfuerce en dominar la ambición de los suyos-¿aludía quizá esto a Heraclides?-. En segundo lugar, para que luche: los que rodean a Platón están dispuestos a ayudar a quienes luchan por causa tan justa. Finalmente, recomienda a Dión la dulzura de carácter: que sea amable y que no olvide que la arrogancia lleva consigo la soledad.

Plutarco se hace eco de esta última idea y la cita como procedente de la carta. La tradición confirma esta noticia y Cornelio Nepote, con menos circunspección aún que Plutarco, recuer­da la aspereza de carácter del jefe siracusano (Dión, 6 y 7).

No hay ningún indicio suficientemente carac­terístico para pronunciarse de una manera cate­górica en favor o en contra de la autenticidad de la carta. Sería, sin embargo, un tanto sor­prendente quizá que Platón, luego de haberse manifestado en Olimpia por la negativa en lo tocante a la acción violenta, cambie ahora tan pronto de forma de pensar y estimule a los combatientes, ofreciéndoles una ayuda que va más

allá de la mediación diplomática.

Ritter designa como autor de la carta a Es­peusippo; pero sus argumentos no parecen muy convincentes. A Souilhé le parece ser más bien obra de un retórico: el balanceo de las frases, el tono enfático y, además, el fragmento (321 a) en que no puede dejar de reconocerse una imita­ción del Elogio de Evágoras (32, 3), de Isó­crates. ¿Iba a ser el mismo Platón el que en una carta seria y no escrita para el público se prestara a esta imitación ? Resulta un tanto difícil de creer. En definitiva, es quizá la impre­sión dominante la de que debió de ser obra de retórico.

PLATÓN A DIÓN DE SIRACUSA:

Mucho éxito.

Pienso que mi buena voluntad no ha dejado de manifestarse en todo este asunto', así como mi celo por llevarlo a término, sin que me moviera a ello ningún otro motivo que mi entusiasmo por todo lo que es bello. Considero,en efecto, justo que los hombres verdadera­mente virtuosos y que obran como tales ad­quieran el honor que merecen. Por el momento, pues, con la gracia de la divinidad, esto va bien, pero, en el futuro, la lucha será viva. La superioridad del valor de la agilidad, de la fuerza corporal, puede muy bien ser el patri­monio de muchas gentes; pero el de la verdad, de la justicia, de la generosidad y de la distin­ción que es inseparable de todas estas virtudes, se admitirá que probablemente corresponderá a los que hacen profesión de honrarlas. Esto que digo es de todo punto evidente, pero no por ello hemos de recordarnos menos a nos­otros mismos que ellos-los que tú sabes deben distinguirse de los demás hombres mu­cho más aún que estos de los niños'. Nos es, pues, necesario manifestar que somos verdade­ramente lo que pretendemos ser, y en la me­dida en que, con ayuda de la divinidad, eso será fácil. Los demás tienen necesidad de an­dar errantes de país en país para ser conocidos; tú, en cambio, estás actualmente en una situa­ción tal que, si es que puedo decirlo así sin dema­siado exagerar, toda la tierra tiene los ojos pues­tos en un solo lugar, y en este lugar de manera muy especial en ti. Dite, pues, a ti mismo que tú eres el centro de todas las miradas, disponte a hacer olvidar la fama de Licurgo y de Ciro y de todo el que nunca haya podido hacerse ilustre por su carácter y por las instituciones que haya podido establecer. Tanto más cuanto que muchas personas, y aquí casi todo el mun­do, afirman que hay que esperar a que, una vez desaparecido Dionisio, las cosas se vengan abajo por tu ambición, la de Heraclides, Teo­doto y otros notables. El ideal sería que ningu­no de entre vosotros se viera aquejado por este mal, pero si hay alguien que lo parezca, a ti te corresponde imponerte como médico, y todo cambiará en mejor. Quizá encontrarás ridículo que te diga todo esto: tú lo sabes ya perfec­tamente. Pero ¿acaso no veo, en los teatros, que los actores son dóciles a las voces de los niños que los incitan, y con mucha mayor razón a las muestras de aprobación de sus amigos, que, se puede bien pensar así, ponen todo su celo y su empeño en darles su aliento, si­guiendo los impulsos de su simpatía? Luchad, pues, ahora, y si tenéis necesidad de alguna cosa, hacédnoslo saber por carta.

Aquí todo se encuentra poco más o menos en el estado en que estaba cuando estabais aquí. Escribidnos lo que habéis hecho y lo que ha­céis, pues oímos muchos rumores y habladu­rías pero no sabemos nada. Acaban de llegar cartas de Teodoto y Heraclides a Lacedemonia y a Egina, pero, una vez más, circulan toda clase de rumores sobre lo que ocurre entre vosotros, y nosotros lo ignoramos todo.

Toma también muy a pecho lo siguiente: a algunos les pareces menos obsequioso y atento de lo que sería conveniente. No olvides que es dando gusto a las gentes como se puede obrar; la arrogancia, por el contrario, es ve­cina de la soledad. Buena suerte.

1 Se refiere evidentemente a la ayuda moral que Platón no ha dejado de conceder a Dión, favoreciendo, con sus consejos y sus enseñanzas, los planes de reforma referentes a Sicilia.

2          Estos que deben distinguirse de los demás hombres más de lo que los hombres se distinguen de los niños, son evidentemente los miembros de la Academia, que, bajo la guía de Platón, se forman en la virtud y en la ciencia

CARTA V

La carta socrática número 30, imitación quizá de una carta auténtica de Espeusippo a Filipo de Macedonia, alude a la influencia de Platón en la corte macedónica: bajo el reinado de Perdiccas, el filósofo puso realmente las bases del reino actualmente gobernado por Fi­lipo y luego se esforzó siempre por establecer, con su acción, la unión y la concordia.

La Carta V está dirigida precisamente a Perdiceas III, hermano de Filipo, que ocupó el trono durante cinco años: 365-360. Habría que situar, pues, el escrito entre el segundo y el tercer viaje a Sicilia. En la época de la carta se han iniciado ya las actividades científicas y docentes de la Academia, donde los jóvenes se forman, según el método y el espíritu socráticos, para la dirección intelectual de la política. Eufraio de Oreo u Orea-en Eubea-es en­viado a Perdiccas en calidad de consejero. El, mejor que cualquier otro, puede hacer compren­der al príncipe el verdadero lenguaje de la monarquía.

No es este el único fin y tema de la carta. Tiene también un objetivo apologético: el de explicar por qué Platón limita voluntariamente

su influencia política a los países extranjeros y por qué Atenas no recibe ninguna ayuda de las enseñanzas de la Academia. Solo hay una respuesta: Atenas no quiere esta colaboración o no tiene suficiente salud moral para soportar los consejos de sabiduría.

La carta es del género de las que los antiguos denominan «de consejo», y este mismo término forma como un leitmotiv a lo largo de la carta. El procedimiento retórico de la misma se hace en exceso evidente para pensar que se trata de una carta real, de una carta de negocios; fuera de que es muy visible la abierta imitación del comienzo de la Carta VII sobre la inutilidad de los consejos (compárense 322 b y 331 b-d): incluso las expresiones resultan muchas veces idénticas. También aquí tenemos un ejercicio escolar de esos que intentaban parafrasear los pensamientos más sobresalientes de la obra epistolar del filósofo, igual que hacían los falsos diálogos con los auténticos. Nos cabe también ver aquí de qué manera se miraba el importante papel de director que desempeñó, sin duda, Platón ante los príncipes amigos de la ciencia y cuál fue la influencia política de sus doctrinas.

PLATÓN A PERDICAS: Mucho éxito.

He recomendado a Eufraio1. como tú me lo has escrito, que ponga todo su empeño e interés en tus asuntos. Es justo que yo te dé el sagrado consejo del huésped 2, como se lo

llama, acerca de todo lo que tú podrías pre­guntarme y sobre el partido que se puede sacar de Eufraio. Este hombre puede serte útil en muchas cosas, pero muy especialmente para eso de que tú tienes necesidad ahora, a causa de tu edad y porque no suelen ser nume­rosos los que aconsejan a la juventud sobre una cuestión como esta. Los gobiernos tienen, en efecto, cada uno su lenguaje, exactamente como si fueran seres vivos. Uno es el lenguaje de la democracia, otro distinto el de la oligar­quía, otro el de la monarquía'. Muchos se imaginan que los conocen, pero se hallan muy lejos de comprenderlos, salvo raras ex­cepciones. Todo Estado que habla su propio lenguaje respecto de los dioses y de los hom­bres y que obra de conformidad con este mismo lenguaje, prospera siempre y se con­serva; pero si intenta imitar otro lenguaje, muere. Pues bien: de ninguna manera cabe decir que sea este el menor servicio que te pueda prestar Eufraio, sea cual sea su valer por otra parte. No creo, en efecto, que él sepa encontrar los razonamientos que se avie­nen con la monarquía menos que cualquiera de los que están a tu alrededor. Este es, pues, el punto en que él te será beneficioso y, a tu vez, le prestarás a él un gran servicio.

Es posible que al oírme alguien diga: «Pla­tón, según parece, pretende conocer lo que

es beneficioso para la democracia, y siendo así que en más de una ocasión le fue posible hablar al pueblo y darle excelentes consejos, jamás se ha levantado para hacer oír su voz.» A esto hay que responder: Platón ha nacido muy tarde en su patria y ha encontrado al pueblo ya demasiado viejo y formado por los antepasados en toda clase de maneras de vivir que están en oposición con sus consejos. ¡Ah! Ciertamente, hubiera sido, en efecto, muy feliz de dárselos, como a un padre', si no hubiera pensado que esto no era más que exponerse a perderlo todo, sin ninguna pro­babilidad de éxito.

Creo que ni mi mismo consejero obraría a su vez de otra manera. Si yo le produjera la impresión de ser incurable, me dirigiría un afectuoso saludo y se mantendría al margen de todo consejo que me concerniera a mí y a mis asuntos. Buena suerte.

1          Acerca de Eufraio y Perdiccas, véase el comentario preliminar a esta carta.

2 Cfr. Teages, 122 b.

3 El libro VI de la República compara también el Estado democrático a un ser vivo adulado por los sofistas, cuyos caprichos quieren ellos satisfacer y cuyo lenguaje intentan comprender para adaptar a él su enseñanza y su conducta-493, a, b, c.

4 Este tema se encuentra también desarrollado en Critón, 50 e, 51. En la Apología, 31 d, Sócrates se de­fiende de la acusación de haberse mezclado nunca en política, ya que estaba persuadido de que ni el pueblo ni él mismo hubieran sacado ningún provecho de su intervención.

CARTA VI

1.         Los tres destinatarios de la carta (Her­mias, Erasto y Corisco) son personajes histó­ricos sobre los que tenemos alguna información. Hermias, el rico tirano de Atarnea, es conocido por sus relaciones con Aristóteles y Jenócrates. Aristóteles casó con Pytias, sobrina e hija adoptiva del tirano filósofo, por expreso deseo de este. Diógenes Laercio (ZII, 46) menciona a Erasto y Corisco entre los discípulos de Platón. Laercio une sus nombres como si fueran her­manos. Estrabón (XIII, 54) nos dice que ambos eran de Escepsis, lugar próximo a Atarnea. Neleo, hijo de Corisco, fue el heredero de la biblioteca y obras de Aristóteles. Conservadas ocultas en Escepsis, fueron más tarde vendidas por los descendientes de Neleo a Apelicon de Teos.

El reinado de Hermias suele situarse en torno al año 351: Platón contaba entonces se­tenta y ocho años. Es el momento en que, de regreso definitivamente de Sicilia, Platón se dedica a la dirección de su escuela y a escribir sus últimas obras. De suponerla auténtica, sería una de las últimas cartas del filósofo.

El tema es, una vez más, el de la necesidad de establecer una alianza entre el poder y la sa­biduría, para bien de los Estados. Hermias suplirá la falta de experiencia práctica de los dos filósofos, quienes, en cambio, orientarán a aquel en el orden teórico y lo alentarán con su sincera amistad. Para el caso posible de que surgiera alguna disensión, Platón actuará de árbitro de esa «comunidad».

2. Durante estos últimos tiempos se ha considerado con benignidad la autenticidad

de esta carta. No obstante, existen dificultades para su plena admisión. Hay que señalar pri­mero una contradicción entre la carta y una noticia que nos da Estrabón. Según este, Her­mias, antes de subir al poder, siguió en Atenas una serie de lecciones de Platón y Aristóteles (III, 57). ¿Cómo armonizar esta información con la declaración del autor de la carta de que él no conoce personalmente a Hermias? Algún autor rechaza el testimonio de Estrabón, dada la frecuente inexactitud de los relatos del geógrafo, sobre todo en lo referente a los es­critos aristotélicos. Sin embargo, una estancia de Hermias 'en Atenas no resulta inverosímil, si se quiere explicar la amistad que une al tirano con Aristóteles y Jenócrates, amistad que dio lugar al viaje de ambos filósofos a la corte de Hermias al morir Platón.

La fórmula «ciencia de las Ideas» es cierta­mente extraña en la pluma de Platón. En todo caso sería expresión única en toda la obra platónica. Pero, además, la conclusión de la carta es poco conformé a la manera platónica y se halla mucho más cerca del doctrinarismo se­creto de los pitagóricos, del mismo modo que el final de la Carta II. En esa discutida doble divinidad en cuyo nombre han de jurar los tres amigos podrían verse las tendencias de una época en que, a tientas aún, se comenzaba a sistematizar la doctrina religiosa de Platón. En conjunto, esta carta está muy cerca de la II; en el tema, más teórico en la II; más cercano a la realidad, en la VI, y en el estilo, que Ritter ha demostrado, coincidente con el de la 77. Po­dría, pues, proceder del mismo medio pitagórico que dio lugar a las cartas II y XIII.

PLATÓN A HERMIAS, ERASTO Y CORISCO:

Mucha suerte.

Creo que una divinidad os prepara amable y generosamente una suerte dichosa si os sa­béis aprovechar de ella. Vivís en un trato y vecindad continuos y tenéis todas las facilida­des para prestaros mutuamente grandes ser­vicios. Pues el poder de Hermias se engrande­cerá menos, bajo todos los aspectos, por la multitud de los caballos y de todos los demás pertrechos de guerra o por el acrecentamiento de sus riquezas que por la posesión de amigos seguros y con el alma sana.

Erasto y Corisco (lo digo a pesar de mi an­cianidad'), además de la ciencia de las ideas, esta bella ciencia, tienen todavía necesidad de la que enseña a guardarse de los malvados y los injustos, así como necesitan aún una cierta fuerza defensiva: carecen de experien­cia por haber pasado una gran parte de su vida con nosotros, gentes tranquilas y sin malicia. Por esta razón pretendo que tienen necesidad de estas ayudas para no verse for­zados a olvidar la verdadera ciencia y entre­garse más de lo que conviene a las ciencias humanas y prácticas. Pues bien: esta capaci­dad la posee Hermias, tanto por naturaleza (al menos lo creo así, ya que no lo conozco personalmente) como por la habilidad que es fruto de su experiencia.

¿A qué quiero, pues, ir a parar con esto? Te afirmo, Hermias, yo que tengo de Erasto y de Corisco un conocimiento más experimen­tado que el tuyo, te declaro y te garantizo que no vas a encontrar fácilmente caracteres más

dignos de confianza que los de tus vecinos. Por consiguiente, te aconsejo te acerques y ligues a estos hombres todo lo que es lícito. No creas que esto carece de importancia. Y así mismo, a Corisco y a Erasto les aconsejo que, a su vez, se acerquen a Hermias e intenten formar, por medio de lazos recíprocos, una íntima unión de amistad. Y si alguna vez alguno de vosotros pensara en romperla (pues lo que es humano no posee una firmeza abso­luta), enviadnos acá, a mí y a mis amigos, una carta exponiendo las quejas que pueda haber. Espero que las palabras de justicia y de honor que os llevará desde aquí nuestra respuesta, si la ruptura no es demasiado profunda, sabrán, mejor que cualquier encantamiento, acercaros y restablecer vuestra antigua amistad y vuestra comunidad de sentimientos. Si todos nosotros nos entregamos con aplicación a esta vida de sabiduría, vosotros y yo, en la medida en que ello nos es posible y en que las fuerzas nos lo permiten a cada uno, mis predicciones se realizarán. En caso contrario..., prefiero ca­llarme, pues no quiero augurar otra cosa que dichas, y afirmo que llevaremos todo esto a buen fin, si a la divinidad le place.

Es conveniente que esta carta la leáis los tres juntos, a ser posible; si no, dos juntos y lo más a menudo que podáis. Miradla como la fórmula de un juramento y como un con­venio con fuerza de ley, sobre la que es legíti­mo jurar con una seriedad mezclada de gracia y ese tono de broma que es hermano de la seriedad 3. Tomad como testigo el dios que gobierna todas las cosas presentes y futuras, y el padre todopoderoso del que gobierna y de la causa, a quien todos nosotros conocere­mos, si filosofamos en verdad, con toda la claridad posible a hombres que gozan de la felicidad.

1          Souilhé entiende así este párrafo: mi vejez debería llevarme a mirar sobre todo del lado de la vida futura y de la pura ciencia de las Ideas. Por eso pido excusas por tener que recordaros la experiencia de la vida pre­sente, de la que, sin embargo, habéis de hacer caso.

2 Esta oposición entre la verdadera ciencia y las ciencias prácticas, necesarias, recuerda las exposiciones de la Epinomis, 974 6/e.

3 Véanse expresiones análogas en Leyes, V1, 761 d; Epinomi.s. 980 a, 992 b.

CARTA VII

l.          Forma parte del grupo de cartas dirigidas a Dión o a sus amigos. Los datos históricos que sitúan la carta son los siguientes. Dión de Siracusa, amigo de Platón, en quien este pusiera sus esperanzas políticas, acaba de morir. Era hermano político de Dionisio e/ Viejo de Si­racusa. Estuvo asociado al gobierno de Sicilia. Ya en este tiempo había llevado a la corte sici­liana al filósofo ateniense. Más tarde, bajo el reinado de Dionisio el Joven, Platón volvió a Siracusa, llamado siempre por su amigo. Se pensaba que entonces iba a ser posible reformar el gobierno de la ciudad, preparando una cons­titución en la que se aliaran la libertad y la autoridad. Pero la realidad fue muy otra. Dio­nisio desterró a Dión. Y luego de las vanas ten­tativas de Platón para influir en el espíritu del tirano, el filósofo regresó a Atenas. Dión, luego del último regreso de Platón, abandonó el Pelo­poneso: venció a Dionisio, reduciéndolo con su ejército a la acrópolis y forzó al tirano a que abandonara el país. Pero no era fácil organizar el país en medio de luchas incesantes. Heraclides, que había sido víctima de Dionisio y compañero de destierro de Dión, ambicionaba el primer puesto. No toleraba el papel preponderante del libertador de la ciudad y persuadió a sus conciu­dadanos de que debían liberarse de la influencia de Dión. Este tuvo que retirarse a Leontinos. Las querellas debilitaron el espíritu de opo­sición a la tiranía. Dionisio, que había sido olvidado, aprovechó la ocasión, se presentó en Siracusa y reconquistó el poder. La ciudad llamó de nuevo a Dión, quien, por segunda vez, entregó la ciudad a la siracusanos. Pero esto no significó el fin de las disensiones in­ternas. Heraclides recomenzó sus intrigas e hizo lo posible por hacer fracasar las sabias reformas de Dión, hasta que este toleró que

se condenara a muerte al intrigante. Tam­poco esto significó la paz. Esta vez el causante de las turbulencias fue un ateniense, Calipo, de quien Dión había sido huésped durante su destierro. Partidario primero de Dión, junto con su hermano Filóstrato, se señaló en la lucha de liberación de Sicilia. Pero muerto Heraclides, adversario peligroso, comenzó a organizar hi­pócritamente la muerte de Dión y su propia subida al poder. Asesinado Dión, Calipo se hizo con la tiranía, que, según Diodoro, ejerció durante trece meses. Esas son las circunstancias que supone la Carta VII: Calipo está en el poder y los amigos de Dión, desterrados, prepa­ran su venganza y la reconquista de Sicilia. El crimen había sido cometido en 354 0 353; Pla­tón tenia setenta y tres o setenta y cuatro años.

2.         Platón dirige la carta a los parientes y amigas de Dión, respondiendo al deseo de estos de que el filósofo colabore en sus proyectos de restauración. Os ayudaré-les dice-con tal que pretendáis lo mismo que deseaba él. Platón tuvo ocasión de conocer bien cuáles eran los proyectos del muerto. Para facilitar su comprensión va a exponerlos y a explicar su génesis. Incluso podría reivindicar la paterni­dad de dichos planes.

Comienza por explicar sus experiencias po­líticas y su estado de ánimo al ir a Sicilia, llevando su narración hasta el momento del destierro de Dión y su regreso a Atenas. Re­cuerda entonces que lo que debía constituir la parte principal de su carta eran sus consejos. Y recuerda así mismo que estos consejos se los había ya dado él a Dionlsio. Este no hizo caso y fue causa de [as desgracias de Sicilia. ¿Qué hay que hacer para realizar los planes de Dión? Emprender la reforma interior de los conciudadanos, restituir en el país los valores morales. Esta es la base indispensable de las reformas exteriores. Y luego hay que convocar una asamblea que establezca una Constitución. Reem­prende luego la narración de sus viajes y sus actividades en Sicilia. Al regresar definitivamen­te a Atenas, encuentra a Dión en Olimpia. Este, organizado el partido de la resistencia, prepara la guerra. Platón desaprueba el método, ofre­ciendo su colaboración solo para la acción di­plomática y pacífica. La conclusión se basa en reflexiones análogas a las de los consejos: la necesidad de una reforma moral personal.

3.         La autenticidad de la Carta VII apenas necesita demostración. Es esta, en efecto, la que lleva más marcado el sello platónico. Muy probablemente es la más antigua que se conser­va, la que ha proporcionado los materiales para redacciones más tardías.

Las objeciones más serias e importantes que se han presentado a la autenticidad de la carta son las de Karstern, que podemos reducir a tres capítulos: a) forma y composición de la carta; b) dificultades históricas; c) _filosofía de la carta.

a)         El estudio atento del relato del autor de la carta nos lleva a la conclusión de que se ha elegido la forma adecuada para desarrollar una serie de pensamientos que el autor quería dar a conocer y también la forma que le permitiera hacerlos llegar al mayor número posible de lectores. Es, en suma, lo que nuestros periódicos o revistas habrían llamado una «carta abierta». Así lo entendieron también los antiguos unáni­memente.

El fin real del escrito es el de legitimar su propia conducta en los asuntos de Sicilia. La parte parenética es, en realidad, un mero pre­texto para hacer frente a las críticas que los sucesos de Sicilia habían provocado. De la misma manera que en otros tiempos se había hecho a Sócrates responsable de las funestas empresas de sus discípulos, un Alcibíade,s o un Critias, resultaba natural se sospechara de la actitud de Platón junto a Dianisio. Las partida­rios de Dión quizá podían achacarle el haberle embarcado en una actitud que dio precisamente lugar a su muerte. Además, los autores del cri­men eran atenienses y habían estado relaciona­dos coa la Academia. Platón debía justificar su conducta por el honor de la escuela y el futuro de la misma, por el buen nombre de su patria, incluso por el destino de sus doctrinas más estimadas. Este es el sentido de la Carta VII. El interés de todo el drama se centra en tres personajes: Platón, Dión y Dionisio. Los acon­tecimientos externos tienen poca importancia, en relación con los motivos internos que los provocan. Este juego de las pasiones humanas está analizado en la carta con una agudeza de psicólogo que bien puede recordar la República y con un acento de verdad que solo puede pro­ceder de quien realmente ha vivido lo que escribe.

El primer argumento en contra de la autenti­cidad se basa en la aparente falta de composi­ción o estructura de la carta. La impresión es la de un mosaico de fragmentos dispersos. La composición difiere, evidentemente, de la de los sofistas y retóricos, tan limpiamente articulada. En cambio, se encuentra en ella esa agilidad de fondo tan característica de los Diálogos, esa insensible evolución del tema propuesto al co­mienzo, con esa composición que puede parecer caprichosa y que va de lo esencial a la digresión para regresar sin sentir al tema. Si se lee aten­tamente la carta, una segunda vez si es preciso, se verá hasta qué punto es imposible suprimir ni un solo párrafo sin dañar con ello el con­junto.

b)         Se presentan tres dificultades históricas. En 324 a-b se habla de un Hiparino. ¿De cuál se trata? Hubo un Hiparino hijo de Dión, y otro hermano de padre de Dionisio el Joven y sobrino de Dión. Sostienen algunos críticos que el autor de la carta solo pudo referirse al hijo de Dión. Pero según Plutarco y Cornelio Nepote, este Hiparino murió antes que su padre. Este anacronismo probaría, pues, la inautenticidad de la carta. Se han propuesto para ello varias soluciones, de las que la más evidente parece la que dice que se trataba aquí no del hijo de Dión, sino del sobrino que estaba muy vivo aún en­tonces. La cuestión de la edad no es obstáculo. Dión tenía unos veinte años cuando Platón fue a Sicilia por primera vez. Hacia 354, cuando se escribe la carta, Hiparino debe de tener esta misma edad. Ahora bien: Dionisio se casó con la hermana de Dión en 398, y no es imposible que esta hubiera dado a luz a los veinte años de casada. Por otra parte, el hijo de Dión careció

en absoluto de importancia, mientras que el sobrino, hijo de Dionisio el Viejo y hermanastro de Dionisio el Joven, era considerado verdadera­mente como e/ heredero de los pensamientos y proyectos del liberador de Sicilia. Muerto su tío, él estuvo al frente del partido de la resis­tencia contra Calipo, y unos meses más tarde se apodera él del reino y gobierna durante dos años.

La segunda dificultad se refiere a la organiza­ción política de la época de los Treinta. La descripción que da de ella el autor de la carta parece demostrar ignorancia de los asuntos po­líticos de Atenas. Las inexactitudes, empero, que en este aspecto veía el crítico mencionado han quedado rebatidas con la aparición de la Constitución de Atenas, de Aristóteles, que en su capítulo 35 describe una organización política en todo conforme con la de la carta. No hay, pues, aquí error histórico.

La tercera dificultad, la cuestión de Darío y el reparto de Persia, no es en realidad ninguna dificultad hoy día. No coincide, en efecto, con Heródoto (III, 89), pero sí, en cambio, está per­fectamente de acuerdo con las afirmaciones de las Leyes (III, 695 c).

c)         La digresión filosófica de la carta es el pasaje en que más hincapié hacen los adversarios de la autenticidad. Es imposible seguir punto por punto el razonamiento de Karstern sobre esta digresión. Todos sus puntos han sido re­visados hoy en día y carecen de fuerza. El sen­tido de este pasaje filosófico se ha demos­trado perfectamente platónico. No se trata de doctrinas esotéricas u ocultas, expuestas de ma­nera más o menos misteriosa y extraña a la manera de Platón. Basta una atenta compara­ción del fragmento con las doctrinas del Fedro para ver que esta parte de la Carta VII no es ni más ni menos que el eco de las teorías del diálogo. También en este insiste Platón en la idea de que, pintura o escritura, todo sistema representativo del pensamiento tiene un doble inconveniente: el de no ser más que una traduc­ción aproximativa del objeto, y el de no podernos dar, a causa de su fijeza o inmovilidad, las con­tinuas explicaciones que seria necesario aña­dirles. Véanse, por ejemplo, los pasajes 276 c y 277 d-278 b del Fedro. Lo específico de la carta (y gracias a estos matices deja de ser esta una burda imitación de aquel) está en una ex­posición más técnica de los motivos que impiden reconocer un valor científico a un escrito cual­quiera. Porque todo elemento de expresión tiene algo de convencional, como nos enseñó el Cra­tilo (432 b-e-435).

Resumiendo, pues: la tradición, el relato de los sucesos, la marcha doctrinal del texto, la composición en apariencia caprichosa y descui­dada, así como las imperfecciones del estilo, que permitirían incluso fechar la carta por solo estas, son todo razones que convergen a la auten­ticidad platónica indiscutible de la Carta VII.

PLATÓN A LOS PARIENTES Y AMIGOS DE DION: Mucho éxito.

Me habéis escrito diciéndome que podía estar bien seguro de la conformidad de vues­tros pensamientos con los de Dión y me mo­véis así insistentemente a que, en la medida de lo posible, os ayude con mis obras y con mis pa­labras. Ciertamente, si en verdad vuestra ma­nera de ver las cosas y vuestros deseos son los mismos que los suyos, consiento en colaborar; si no es así, necesito reflexionar mucho sobre ello. De sus pensamientos y sus proyectos puedo yo, sin duda, hablar, no por conjeturas,sino con certeza. Cuando yo, en efecto, vine por vez primera a Siracusa', tenía cerca de cuarenta años; Dión tenía la edad que tiene en la actualidad Hiparino2, y él veía entonces las cosas como no dejó de verlas: los siracu­sanos, según su opinión, debían ser libres y debían regirse de acuerdo con las mejores leyes. No tendrá, pues, nada de sorprendente que una divinidad haya conformado las ideas políticas de Hiparino a las de Dión. Vale la pena que los jóvenes y los viejos sepan cuál fue la forma en que estas se engendraron. Por eso voy a intentar contaros esto desde sus co­mienzos: las circunstancias presentes me brin­dan una buena ocasión para ello.

Desde tiempo atrás, en mi juventud, sentía yo lo que sienten tantos jóvenes. Tenía el pro­yecto, para el día en que pudiera disponer de mí mismo, de entrarme en seguida por la política. Pues bien, ved cuál era el estado en que se me ofrecían los asuntos del país: aco­sada la forma existente de gobierno por todos lados, se produjo una revolución; en cabeza del nuevo orden establecido fueron puestos, como jefes, cincuenta y un ciudadanos: once en la capital, diez en el Pireo (estos dos grupos fueron puestos al frente del ágora y de todo lo concerniente a la administración de las ciu­dades), mientras que los otros treinta consti­tuían la autoridad superior con poder absoluto. Bastantes de entre ellos eran o bien parientes míos o mis conocidos, que me invitaron a cola­borar inmediatamente en trabajos que, según decían, me convenían 3. Yo me hice unas ilusio­nes que nada tenían de sorprendente a causa de mi juventud. Me imaginaba, en efecto, que ellos iban a gobernar la ciudad, conduciéndola de los caminos de la injusticia a los de ¡ajusticia. Por eso observaba yo afanosamente lo que ellos iban a hacer. Ahora bien: yo vi a estos hombres hacer que, en poco tiempo, se echara de menos el antiguo orden de cosas, como si hubiera sido una edad de oro. Entre otros, a mi querido y viejo amigo Sócrates, a quien no temo proclamar el hombre más justo de su tiempo, quisieron asociarlo a otros encargados de llevar por fuerza a un ciudadano para con­denarlo a muerte, y esto con el fin de mezclarlo en su política por las buenas o por las malas. Sócrates no obedeció y prefirió exponerse a los peores peligros antes que hacerse cómplice

de acciones criminales4. A la vista de todas estas cosas, y de muchas otras del mismo tipo y de no menor importancia, me sentí lleno de indignación y me aparté de las desgracias de esta época. Muy pronto cayeron los Treinta, y con ellos cayó su régimen. Nuevamente, aunque con más calma, me sentía movido por el deseo de mezclarme en los asuntos del Es­tado. Por ser aquel un período de mucha tur­bación, sucedieron muchos hechos turbulentos, y no es extraordinario que las revoluciones sirvieran para multiplicar los actos de ven­ganza personal. No obstante, los que en aquel momento regresaron utilizaron una gran mo­deración'. Pero (yo no sé cómo ocurrió esto) he aquí que gentes poderosas llevan a los tri­bunales a este mismo Sócrates, nuestro amigo, y presentan contra él una acusación de las más graves, que él ciertamente no merecía en manera alguna: fue por impiedad por lo que los unos lo procesaron y los otros lo conde­naron, e hicieron morir al hombre que no había querido tener parte en el criminal arresto de uno de los amigos de aquellos, desterrado entonces, cuando, desterrados, ellos mismos estaban en desgracia. A1 ver esto y al ver los hombres que llevaban la política, cuanto más consideraba yo las leyes y las costumbres y más iba avanzando en edad, tanto más difícil me fue pareciendo administrar bien los asun­tos del Estado. Por una parte, sin amigos y sin colaboradores fieles, me parecía ello im­posible. (Ahora bien: no era fácil encontrarlos entre los ciudadanos de entonces, porque nues­tra ciudad no se regía ya por los usos y cos­tumbres de nuestros antepasados. Y no se podía pensar en adquirirlos nuevos sin grandes dificultades.) En segundo lugar, la legislación y la moralidad estaban corrompidas hasta tal grado que yo, lleno de ardor al comienzo para trabajar por el bien público, considerando esta situación y de qué manera iba todo a la deriva, acabé por quedar aturdido. Sin embargo, no dejaba de espiar los posibles signos de una mejoría en estos sucesos y, de manera especial, en el régimen político, pero siempre esperaba el momento adecuado para obrar. Finalmente llegué a comprender que todos los Estados actuales están mal gobernados, pues su legisla­ción es prácticamente incurable sin unir unos preparativos enérgicos a unas circunstancias felices. Entonces me sentí irresistiblemente mo­vido a alabar la verdadera filosofía y a pro­clamar que solo con su luz se puede reconocer dónde está la justicia en la vida pública y en la vida privada. Así, pues, no acabarán los males para los hombres hasta que llegue la raza de los puros y auténticos filósofos al po­der o hasta que los jefes de las ciudades, por una especial gracia de la divinidad, no se pon­gan verdaderamente a filosofar6.

Esta era la marcha de mis pensamientos cuando llegué a Italia y a Sicilia por vez pri­mera. Entonces esa vida llamada allí feliz, llenada por esos perpetuos banquetes italianos y siracusanos, me desagradó en absoluto: atra­carse de comida dos veces al día, nunca acos­tarse solo por la noche y todo lo que acompaña a esta clase de existencia'. Con semejantes cos­tumbres no hay ningún hombre bajo la capa del cielo que, viviendo esta vida desde su niñez, pueda llegar a ser sensato (¿,qué naturaleza podría haber tan maravillosamente equili­brada?) no adquirir jamás la sabiduría, y lo mismo diré de todas las demás virtudes. De igual manera, no hay ninguna ciudad que pueda llegar a mantenerse en paz bajo sus leyes, por muy buenas que estas sean, si los ciudadanos creen deberse entregar a dispendios locos y, por otra parte, vivir en las más completa inacti­vidad, excepto para los banquetes y las reu­niones para beber (y cuando ponen todos sus esfuerzos en ir tras sus amoríos). Tales Estados necesariamente no dejarán de moverse, de forma revolucionaria, de la tiranía a la oligarquía y a la democracia8 y los que se hallen en el poder no soportarán ni tan siquiera oír el nombre de una forma de gobierno de justicia y equidad o igualdad.

.Así, pues, durante mi viaje a Siracusa, yo me hacía estas reflexiones y las precedentes. ¿Se debía ello al azar? Más bien creo que al­guna divinidad se esforzaba entonces en pre­parar todos los hechos que han sucedido ahora relativos a Dión y a los siracusanos9 (y es preciso temer aún peores males si vosotros no seguís ahora los consejos que os doy por se­gunda vez10). Pero ¿de qué manera puedo yo mantener que entonces mi llegada a Sicilia fue el origen de todos estos acontecimientos? En mis relaciones con Dión, que era joven aún, exponiéndole mis puntos de vista sobre lo que me parecía mejor para los hombres y esti­mulándolo a realizarlo, es muy probable que yo no me diera cuenta de que de alguna manera trabajaba inconscientemente en la caída de la tiranía. Pues Dión, muy abierto a todas las cosas y de manera especial a los razonamientos que yo le hacía, me comprendía admirable­mente, mejor que todos los jóvenes con quienes nunca haya podido tener yo trato frecuente. El decidió llevar, desde entonces, una vida distinta de la de la mayoría de los ítalos o sicilianos, haciendo mucho más caso de la virtud que de una existencia de placer y sensua­lidad. Desde entonces, su actitud se hizo más y más odiosa a los partidarios del régimen tiráni­co, y esto llegó hasta la muerte de Dionisio.

Luego de este suceso, él hizo el propósito de no guardar ya más para sí solo estos sen­timientos que le había hecho adquirir la verdadera filosofía. Comprobó, por los de­más, que habían sido ganados otros espíritus, pocos sin duda, pero algunos, sin embargo, y entre ellos creyó muy pronto él se podía contar, con la ayuda de los dioses, el joven Dionisio. Pues bien, si ello era así, ¡qué vida de increíble felicidad iba a ser para él, Dioni­sio, así como para todos los siracusanos! Por otra parte, juzgó él que yo debía ir lo más rápidamente posible a Siracusa para colabo­rar en sus designios: él no había olvidado con qué facilidad nuestra amistad le había inspi­rado el deseo de la vida bella y dichosa. Si en aquel momento lograba inspirar este mismo deseo a Dionisio, como intentaba hacerlo, tenía las mayores esperanzas de establecer en todo el país, sin carnicerías, sin matanzas, sin todos los males que se producen actualmente, una vida feliz y verdadera. Lleno de estos jus­tos pensamientos, Dión convenció a Dionisio de que me hiciera llamar, y él mismo me hizo rogar que fuera lo más aprisa posible, no im­portaba cómo, antes que otras influencias` se dejaran sentir sobre Dionisio, llevándolo a una existencia que pudiera ser distinta de la vida perfecta. He aquí cuáles eran las razones con que me presionaba, aun cuando con ello deba alargarme un poco: «¿Qué mejor oca­sión podríamos esperar nosotros-decía él­ que la que actualmente nos ofrece la divini­dad?» Junto a esto me hacía ver él este impe­rio de Italia y Sicilia y el poder que él tenía allí, la juventud de Dionisio y el gusto tan vivo que sentía por la filosofía y la ciencia, sus so­brinos y sus parientes`, tan fáciles de ganar para la doctrina y la vida que yo no dejaba de predicar, y dispuestos todos a presionar a Dionisio. En una palabra, nunca como en aquel momento era posible esperar conseguir la unión, en unos mismos hombres, de la filo­sofía y del gobierno de las grandes ciudades. Esas eran sus exhortaciones y otras muchas de este mismo género. Pero yo, por una parte,no dejaba de sentir inquietud respecto de los jóvenes, por lo que un día pudiera ocurrir (pues sus deseos son prontos y cambian a me­nudo en sentidos contrarios); y sabía, por otra parte, que Dión poseía un carácter natural­mente grave y que era ya de edad madura. Habiendo reflexionado y habiéndome pre­guntado con vacilaciones si era conveniente o no ponerme en ruta y ceder a lo que se me pedía, lo que, sin embargo, hizo que la balanza se inclinara, fue el pensamiento de que si al­guna vez se podía emprender la realización de mis planes legislativos y políticos, este era el momento de intentarlo: no había que hacer sino persuadir suficientemente a un solo hom­bre y todo estaba ganado.

Con estas disposiciones de espíritu, me aventuré a partir. Ciertamente, no iba empu­jado por los motivos que algunos imaginan, pero me avergonzaba sobre todo de pasar a mis propios ojos por un charlatán de feria14, que nunca quiere ponerse de manos a la obra (y también el aventurarme a traicionar en primer lugar" la hospitalidad de Dión y la amistad del mismo, en un momento en que él corría peligros bastante serios). Pues bien, si le llegaba la desgracia, si, expulsado por Dionisio y sus demás adversarios, se presen­taba ante mí como un desterrado y me decía: «¡Oh Platón!, llego a ti como un proscrito; no me han faltado hoplitas ni caballeros para defenderme contra mis enemigos, sino estos razonamientos persuasivos por medio de los cuales tú puedes, yo lo sé bien, impulsar a los jóvenes al bien y a la justicia, al mismo tiempo que crear entre ellos, en toda ocasión, vínculos de amistad y de camaradería. Esto me ha falta­do por negligencia y culpa tuya, y este es el motivo por el que ahora he abandonado como desterrado Siracusa y por el que me encuentro f aquí. Pero la suerte que yo he corrido es aún para ti el menor motivo de vergüenza: esa filosofía que tú tienes en la boca siempre y que tú dices es menospreciada por los demás hombres, ¿cómo no habrás traicionado su causa junto con la mía, en cuanto dependía de ti? Así es; si hubiéramos vivido en Megara16b, ante mi llamada, habrías acudido a toda prisa a mi llamada sin ninguna duda o te hubieras juzgado el último de los hombres. Y ahora pones como excusa la longitud del viaje, la importancia de la travesía, la fatiga. ¿ Crees que en el futuro vas a poder escapar al repro­che de debilidad? Ciertamente, está muy lejos de ello.» Pues bien, a estas palabras, ¿qué respuesta habría podido yo dar que pareciera razonable? Ninguna. Así, pues, partí por motivos razonables y justos, en la medida en que los motivos humanos pueden serlo, dejando a causa de ellos mis habituales ocu­paciones, que no eran oscuras, para irme a vivir bajo una tiranía que no parecía avenirse ni con mis enseñanzas ni con mi persona. A1 trasladarme a vuestro país cumplía yo un deber con Zeus Hospitalario" y liberada a la filosofía del reproche que se le hubiera hecho en mi persona si por amor de las comodidades y por timidez me hubiera deshonrado.

A mi llegada (no conviene, en efecto, que me alargue) no encontré más que enredos en torno a Dionisio: se calumniaba a Dión ante el tirano. Yo lo defendí con todas mis fuerzas, pero mi poder era muy mezquino, y al cabo de unos tres meses, Dionisio acusaba a Dión de conspirar contra la tiranía, lo hizo embarcar en un pequeño navío y lo desterró ignominio­samente. Luego de esto, todos nosotros, los amigos de Dión, temíamos ver que se culpaba a uno u otro de nosotros de complicidad en las intrigas de Dión y que se nos castigaba por ello. Respecto de mí, llegó a Siracusa el rumor de que yo había sido condenado a muerte por Dionisio, por ser la causa de todo lo que había ocurrido. Pero este último, vién­dome alarmado de esta manera y temiendo que nuestro miedo no nos llevara a actos más graves, nos trataba a todos con benevolencia, y a mí en particular me animaba y me compro­metía a que tuviera confianza, rogándome insistentemente que me quedara, ya que, si lo abandonaba, esto no iba a representar para él ningún bien, y que ocurriría lo contrario si yo me quedaba. Por este motivo fingía su­plicarme esto insistentemente. Pero nosotros sabemos bien hasta qué punto las peticiones de los tiranos van mezcladas con la coacción. El tomó sus medidas para impedir mi partida: hizo que me condujeran y alojaran en la acrópolis18 . Ni un solo capitán de navío me hu­biera podido sacar de allí, no digo yo en con­tra de la voluntad de Dionisio, pero ni tan si­quiera sin una orden expresa de embarcarme emanada de él. Tampoco había un solo mer­cader ni uno solo de los funcionarios que te­nían a su cargo las fronteras que, de sorpren­derme en plan de abandonar solo el país, no me hubiera detenido y me hubiera llevado a Dionisio, tanto más cuanto que por aquel entonces se difundía un nuevo rumor total­mente contrario al anterior: Dionisio, se decía, abrigaba una hermosa amistad para con Pla­tón. ¿Qué había efectivamente de ello? Es muy conveniente decir la verdad. Con el tiempo, sin duda, me quería siempre más a medida que se familiarizaba con mi modo de ser y mi carácter, pero él quería ver que yo manifes­taba más estima por él que por Dión y que yo creía mucho más en su amistad que en la de Dión. Es maravilloso ver cómo hacía de esto un punto de honra. Pero vacilaba en emplear para ello el medio que hubiera sido el más seguro si esto hubiera debido hacerse, es decir, frecuentar mis lecciones filosóficas en calidad de discípulo y oyente: temía, haciendo caso de las afirmaciones de los calumniadores, que esto disminuyera de alguna manera su liber­tad y que no fuera Dión el que hubiera ma­quinado todo esto19`. En cuanto a mí, lo so­portaba todo, fiel al primer objetivo que me había llevado allí, para el caso en que el deseo de la vida filosófica llegara a apoderarse de él. Pero sus resistencias lo dominaron.

Estas son, pues, las vicisitudes entre las que transcurrió el primer período de mi llegada y mi estancia en Sicilia. Partí inmediatamente 20, pero volví todavía ante las súplicas insisten­tes de Dionisio. ¡Cuán razonables y justos fueron mis motivos y todas mis acciones! Sin embargo, antes de contároslo, os daré mis consejos y os expondré qué es lo que hay que hacer en la situación presente, dejando para más tarde el responder a los que me preguntan sobre mis intenciones al ir allá por segunda vez, para que lo que es accesorio en mi na­rración no se convierta en el punto principal21. He ahí, pues, lo que tengo que decir.

El consejero de un hombre enfermo, si este enfermo sigue un régimen malo, ¿no tiene acaso como primer deber el hacerle modificar su género de vida? 22. Si el enfermo quiere obedecer, él le dará entonces nuevas prescrip­ciones. Si el enfermo se niega a ello, sostengo que es propio de un hombre recto y de un verdadero médico el no prestarse más a nue­vas consultas. A1 que se resignara a ello lo consideraría yo, por el contrario, como un hombre débil y un medicastro. Lo mismo hay que decir de un Estado a cuyo frente haya un solo jefe o varios. Si está gobernado nor­malmente, sigue el buen camino y desea un consejo sobre un punto útil, y será razonable dárselo. Si, por el contrario, se trata de Es­tados que se apartan del todo de una legisla­ción justa y se niegan en absoluto a seguir sus pasos, antes ordenan a su consejero que deje la Constitución tranquila y que no cam­bie nada de ella bajo pena de muerte, para

que, atento a sus instrucciones, venga a ruu vertirse en el servidor de su voluntad y sus caprichos, mostrándole por qué medios todo les resultará en adelante más cómodo y más fácil; al hombre que soportara un papel conut este le tendría yo como un cobarde y un débil; por el contrario, consideraría valiente al que se negara a prestarse a ello. Esos son mis sentimientos, y'cuando alguien me consulta sobre un punto o cuestión importante relacio­nada con su vida, sea cuestión de dinero o de higiene de alma o cuerpo, si su conducta habitual me parece responde a ciertas exigen­cias o si, por lo menos, parece querer confor­marse a mis prescripciones en las materias que sujeta a mi consejo, con mucho gusto me hago su consejero y no me desembarazo de él dejando de asistirle. Pero si no se me pide nada o si es evidente que no se me va a escu­char por nada del mundo, yo no voy por mí mismo a ofrecer mis consejos a esas personas y tampoco haré violencia a nadie, aunque sea mi propio hijo. A mi esclavo, sí, le daré consejos, y si se niega a hacerles caso, se los impondré. Pero considero impío coaccionar a un padre o a una madre, excepto en los casos de locura 23 Aunque ellos abracen un género de vida que les agrada a ellos y no a mí, no me parece conveniente irritarlos vana­mente con reproches, como tampoco adularlos con mis plácemes, procurándoles con qué satisfacer unos deseos que yo, por mi parte, no admitiría el vivir acariciándolos por mí .mismo. Estas son las disposiciones en que debe vivir un sabio frente a su país. En el caso en que este no le parezca bien gobernado, que hable, pero solamente si no ha de hablar en vano o si no arriesga la vida24; pero que no emplee la violencia para cambiar la Constitu­ción de su patria cuando no sea posible obte­ner un buen régimen más que a costa de exilios y de carnicerías; en tal caso, que permanezca tranquilo e implore de los dioses los bienes para sí mismo y para la ciudad.

De esta manera, pues, podría yo daros mis consejos, y así es como, de acuerdo con Dión,

encargaba a Dionisio, al comienzo, a que cada día viviera de forma que se fuera hacien­do cada vez más dueño de sí mismo y se ga­nara fieles amigos y partidarios, no fuera a ocurrirle a él lo que a su padre. Este último había adquirido en Sicilia un gran número de ciudades importantes devastadas por los bárbaros. Pero luego de haberlas reconstruido, no fue capaz de constituir en ellas gobiernos firmes, puestos en manos de amigos escogidos por él, bien entre los extranjeros, fuera cual fuera su lugar de procedencia, bien entre sus hermanos 25, a los que había educado él mis­mo, ya que eran menores que él, y a los que, de simples particulares, había hecho magis­trados públicos y, de pobres que eran, inmen­samente ricos. Pese a sus esfuerzos, no pudo hacer de ninguno de ellos un socio o compa­ñero de su poder, ni empleando la-persuasión, ni utilizando la instrucción, ni por medio de sus beneficios o su afecto de familia. En esto se mostró siete veces inferior a Darío, quien, fiándose de gentes que no eran sus hermanos ni habían sido educados por él, antes eran tan solo aliados suyos en la victoria sobre el eunuco medo, dividió su reino en siete partes, cada una de ellas mayor que toda Sicilia, y encontró en ellos colaboradores fieles que no le crearon ninguna dificultad, como tampo­co se las crearon los unos a los otros26. De esta manera, dio ejemplo de lo que había de ser el buen legislador y el buen rey, ya que, gracias a las leyes que él promulgó, ha conser­vado hasta ahora el imperio persa. Veamos también los atenienses. Ellos no colonizaron personalmente las numerosas ciudades griegas

invadidas por los bárbaros, sino que las to­maron pobladas. Sin embargo, conservaron el poder en ellas durante setenta años, porque en todas las ciudades poseían partidarios. Dionisio, en cambio, que había reunido toda Sicilia en un solo Estado, al no fiarse de nadie en su sabiduría, se mantuvo con dificultades, pues escaseaba en amigos y gentes que le fueran fieles. Ahora bien: no hay señal más evidente de virtud o vicio que la abundancia o escasez de tales hombres. Ved también los consejos que Dión y yo dábamos a Dionisio, puesto que la situación que su padre le había creado le privaba de la sociabilidad que da la educación y de la que procuran las buenas re­laciones. Nosotros le exhortábamos a que se preocupara primeramente de asegurarse; en­tre sus parientes y los compañeros de su misma edad, otros amigos que estuvieran de acuerdo entre sí para tender a la virtud, y le exhortá­bamos, sobre todo, a que reinara el acuerdo en él mismo, ya que tenía extraordinaria ne­cesidad de ello. No hablábamos tan abierta­mente (esto hubiera sido peligroso), sino con palabras encubiertas, e insistíamos en el hecho de que ahí estaba, para todo hombre, el medio de mantenerse y guardarse a sí mismo y a los que él gobernara, y de que obrar de otra ma­nera significaba ir a parar a los resultados opuestos. Si caminando por el camino que nosotros le señalábamos, haciéndose reflexivo y prudente, reconstruía las ciudades devas­tadas de Sicilia, las ligaba entre sí por medio de leyes y constituciones que estrecharan su mutua unión y su inteligencia con él de cara a defenderse contra los bárbaros, no solamente llegaría él a duplicar o doblar el reino de su padre, sino que realmente lo multiplicaría va­rias veces. Pues se encontraría en mucho me­jores condiciones para someter a los cartagi­neses de las que había tenido GelónZ', mien­ tras que en la actualidad, por el-contrario, su padre se había visto obligado a pagar un tri­buto a los bárbaros. Estos eran nuestros razo­namientos y nuestros consejos, los que dába­mos nosotros, que conspirábamos contra Dio­nisio, según se insinuaba por diversos lados, rumores estos que encontraron acogida y cré­dito en el espíritu de Dionisio, que hicieron se desterrara a Dión y que nos causaron un gran temor. Para poner fin a esta relación de los numerosos sucesos que tuvieron lugar en bre­ve tiempo, Dión volvió del Peloponeso y de Atenas y dio a Dionisio una lección con los hechos. Así, pues, cuando hubo liberado la ciudad y la hubo entregado por dos veces a los siracusanos, se vio pagado por ellos de la misma manera que lo había sido por Dioni­sio, cuando, formándolo y preparando en él un rey digno de ocupar el poder, se esforzaba por establecer entre ellos una total familiari­dad de vida. Pero Dionísio prefería todavía la familiaridad de los calumniadores, que acu­saron a Dión de aspirar a la tiranía y de que con esta finalidad realizaba todas sus empre­sas de esta época. Se decía que él esperaba que, dejándose coger por los encantos del estudio, Dionisio se desinteresaría del gobier­no y se lo confiara a él, y que él, Dión, hacién­dose fraudulentamente con el poder, expul­saría de esta manera a Dionisio. Vencieron entonces estas calumnias, como vencieron tam­bién cuando fueron divulgadas por segunda vez en Siracusa: victoria por lo demás absur­da y vergonzosa para los que la habían con­seguido.

¿Qué sucedió, pues? Es preciso que lo sepan los que reclaman mi colaboración y mi ayuda en los actuales asuntos. Yo, ateniense, amigo de Dión y aliado suyo, fui a casa del tirano con el fin de hacer ceder la discordia ante la amistad. Pero sucumbí en mi lucha contra los calumniadores. Y cuando Dionisio, por me­dio de honores y de riquezas, quiso arrastrar­me a su lado y hacer de mí un testigo y un amigo dispuesto a justificar el exilio de Dión, todos sus esfuerzos fracasaron. Ahora bien: más tarde, volviendo a su patria, Dión llevó consigo dos hermanos; hermanos que no había creado la filosofía; sino esta camaradería corriente,lazo de las amistades vulgares que hacen nacer las relaciones de hospitalidad o las que pueda haber entre iniciados en los diversos miste­rios28. Estos fueron, pues, sus compañeros de regreso, unidos a él por los motivos que he dicho y por la ayuda que ellos le prestaron en el viaje. Así llegaron a Sicilia. Una vez allí, advirtiendo que Dión era, ante esos mismos sicilianos que él había liberado, sospechoso de aspirar a la tiranía, traicionaron a su amigo y a su huésped y, más aún, fueron, por así de­cirlo; sus propios asesinos, acudiendo, con las armas en la mano, a prestar su ayuda a los que en realidad le asesinaron. Esta acción sacrílega y vergonzosa no la quiero mantener oculta, pero tampoco quiero volver a con­tarla más (¡hay tantas gentes que se han encar­gado de contarla en todas partes y se encarga­rán de hacerlo en el futuro!). Pero yo arran­caré la opinión que se ha difundido respecto de Atenas, de que esos dos miserables habrían puesto una nota infamante a nuestra ciudad, pues afirmo que también era un ateniense aquel que nunca ha traicionado a Dión, cuan­do le hubiera sido fácil procurarse, a este precio, riquezas y tantos otros honores. No es, en efecto, una amistad vulgar la que los unía, sino una común educación libre: en sola ella debe confiar el hombre sensato, mucho más que a las afinidades de alma y de cuerpo. Por eso no es en manera alguna justo que nuestra ciudad sufra el oprobio por los ase­sinos de Dión, como si estos hubieran sido alguna vez de esos hombres que cuentan.

He dicho todo esto para que sirva de adver­tencia a los amigos y parientes de Dión. Por lo demás, repito por tercera vez el mismo aviso dirigido a vosotros los terceros`. Que Sicilia no esté sometida a los déspotas, como ninguna otra ciudad (este es al menos mi consejo), sino a las leyes. Pues aquello no es bueno ni para los que esclavizan ni para los que son esclavi­zados, ni para ellos, ni para sus hijos, ni para los hijos de sus hijos. Es incluso una empresa enteramente nefasta. Solo los espíritus mezquinos y serviles pueden gustar de echarse sobre semejantes ganancias, solo las gentes que ignoran todo lo que es justo y bueno en las cosas divinas y humanas, tanto de cara al futuro como en las circunstancias presentes. He procurado convencer de estos a Dión pri­mero, en segundo lugar a Dionisio y en tercer lugar, ahora, a vosotros. Escuchadme, por el amor de Zeus tercer salvador30. Mirad en seguida a Dionisio y a Dión : el primero no me ha hecho caso, y vive todavía, aunque misera­blemente; el segundo, que ha seguido mis con­sejos, ha muerto, pero con honra, pues al que aspira al bien supremo para sí mismo y para la ciudad, sea lo que sea lo que tenga que su­frir, no le puede ocurrir nada que no sea justo y bello. Ninguno de nosotros es, natural­mente, inmortal y el que llegara a serlo no encontraría la felicidad, como tanta gente la imagina. No hay, en efecto, verdadero bien ni verdadero mal para aquel que carece abso­lutamente de alma, sino solamente para el alma, unida al cuerpo o separada de él. Hay que creer verdaderamente en esas antiguas y santas tradiciones que nos revelan la inmorta­lidad del alma, y la existencia de juicios y de terribles castigos que experimentar, cuando ella se vea libre del cuerpo. Por esta razón consideramos un mal menor el ser víctimas de grandes crímenes o grandes injusticias que el cometerlos31. El hombre que ambiciona las riquezas y tiene el alma pobre no escucha este lenguaje. Si lo escucha, cree que debe reírse de él, y sin ninguna clase de pudor se echa, como un animal salvaje, sobre todo lo que puede comer o beber o sobre todo lo que es capaz de procurarle hasta la saciedad el indigno y grosero placer que se llama equivo­cadamente amor3z. Es un ciego que no ve cuáles de sus acciones llevan en sí la impiedad

ni qué mal va siempre unido a sus crímenes, impiedad que el alma injusta arrastra necesa­riamente consigo, sobre esta tierra y debajo de ella, en todas sus vergonzosas y miserables peregrinaciones. Con estos razonamientos, pues, o con otros del mismo género persuadía yo a Dión, de manera que podría indignarme muy justificadamente contra los que le han dado muerte tanto como contra Dionisio: unos y otros me han causado el daño más grave, a mí, y también puedo decir que a todos los hombres. Los primeros han dado muerte a un hombre que quería practicar la justicia; el segundo se ha desviado de la justicia du­rante todo su reinado. Y, sin embargo, él tenía el poder supremo, y si hubiera unido verdaderamente en una sola persona la filoso­fía y el poder, habría hecho brillar a los ojos de todos, griegos y bárbaros, y habría grabado suficientemente en el espíritu de todos esta verdad, a saber: que ni la ciudad ni el indivi­duo pueden ser felices sin una vida de sabidu­ría gobernada por la justicia, bien porque poseen estas virtudes por sí mismos, bien porque hayan sido educados e instruidos de manera justa en las costumbres de unos maes­tros piadosos. Este es el daño que ha causado Dionisio; todo lo demás me parece de poca importancia al lado de esto. Y el asesino de Dión, por su parte, ha obrado sin saberlo exactamente como Dionisio. Pues Dión, ten­go la certeza de ello en la medida en que un hombre puede responder de los hombres, si hubiera poseído el poder, no habría gobernado sino de la manera siguiente: cuando, primera­mente, hubiera liberado de la servidumbre, hubiera purificado y aderezado como una dama libre a Siracusa, su patria, hubiera adoptado todas las medidas posibles para do­tar a los ciudadanos del ornato de las mejores y más justas leyes, luego de lo cual se habría tomado con todo empeño la tarea de repoblar Sicilia y librarla de los bárbaros, expulsando a los unos y sometiendo a los otros con más facilidad que lo hiciera Hierón 33. Si todo esto hubiera sido realizado por un hombre justo, valeroso, al tiempo que sabio y filósofo, esta estima de la virtud se hubiera ganado a sí la gran masa del pueblo, y si Dionisio me hu­biera escuchado, difundida esta virtud entre casi todos los hombres, los habría salvado. Pero de hecho se ha abatido sobre las cosas algún genio o alguna divinidad vengativa: a causa del menosprecio de las leyes y de los dioses y, sobre todo, por la audacia de la nece­dad en la que los males echan en todos raíces, con las que crecen y producen luego frutos de una extremada amargura a los que los han hecho crecer`; esta divinidad lo ha revuelto y destruido todo por segunda vez.

Pero por el momento no vamos a tener más que palabras de buen augurio, a fin de evitar los malos presagios por tercera vez. Y no me­nos os aconsejo a vosotros, sus amigos, que imitéis a Dión, su amor a la patria y la sabi­duría de su vida, y también que intentéis, con mejores auspicios, realizar sus designios (vos­otros me habéis oído explicar cuáles eran estos). A aquel de entre vosotros que no pueda vivir según el sistema dórico, a la manera de los antepasados, y quiera seguir el tipo de existencia que llevaron los asesinos de Dión y las costumbres sicilianas, no lo llaméis para que acuda en vuestra ayuda, no vayáis a creer que se puede contar con él ni que este tal vaya nunca a obrar sanamente. A los demás, con­vocadlos para colonizar Sicilia y para vivir bajo leyes comunes iguales; que vengan o bien de la misma Sicilia o bien de cualquier parte del Peloponeso. Y no temáis tampoco a Ate­nas", pues también allí hay hombres que aven­tajan a todos los demás en virtud y odian a los audaces asesinos de sus huéspedes. Ahora bien: si todo esto tardara en llegar y os encontráis metidos en sediciones continuas y en toda clase de turbulencias que renacen cada día, todo el que ha recibido de la divinidad el mínimo destello de buen sentido comprenderá que los males de las revoluciones no acaba­rán nunca mientras los vencedores no renun­cien a devolver mal por mal en batallas, destierros y asesinatos, y tomando venganza de sus enemigos. Que, por el contrario, se do­minen lo suficiente para establecer leyes co­munes, tan favorables a los vencidos como a ellos y para exigir la observancia de las mis­mas, empleando dos medios de coacción: el respeto y el temor. Conseguirán el temor dan­do muestras de la superioridad de sus fuerzas materiales, y se granjearán el respeto mos­trándose hombres que, sabiendo dominar sus propios deseos, prefieren servir a las leyes y pueden hacerlo. No es posible que una ciudad en la que germina la revolución ponga fin a sus miserias de otra manera, antes en el interior de ciudades así reinan las turbulencias, las ene­mistades, los odios, las traiciones36. Y los vencedores, sean quienes sean, si quieren ver­daderamente la conservación del Estado, esco­gerán entre ellos a los hombres que saben son los mejores entre los griegos, ante todo, hom­bres de edad ya avanzada, casados y con hijos, y descendientes de una numerosa línea de antepasados virtuosos e ilustres, y todos ellos en posesión de una fortuna suficiente (para una ciudad de diez mil habitantes habrá bastante con cincuenta). Hay que ganárselos a fuerza de ruegos y honores, luego suplicarles y coaccionarles, luego de haber prestado jura­mento, a promulgar leyes, a no favorecer ni a los vencedores ni a los vencidos, antes a es­tablecer la igualdad y la comunidad de dcrc­chos en toda la ciudad". Una vez puestas las leyes, todo radica en este punto. Pues si los vencedores se muestran más sumisos a las leyes que los vencidos, la salvación y la felici­dad reinarán en todo y los males habrán sido exterminados. De lo contrario, no me llaméis a mí ni a nadie para que colabore con personas que hacen caso omiso de estos consejos.Se parecen, en efecto, como si fueran hermanos, a los planes que Dión y yo, movidos por el afecto que profesamos a Siracusa, hemos intentado llevar a la práctica de común acuerdo, y ello por segunda vez. La primera vez fue en aquel primer intento realizado con el mismo Dioni­sio para conseguir realizar el bien común, si bien una fatalidad más fuerte que los hombres dio al traste con él. Esforzaos, pues, ahora por ser más dichosos y conseguir vuestro fin, con la ayuda del destino y la asistencia de los dioses'38.

Esos son, pues, mis consejos y mis prescrip­ciones, así como el relato de mi primer viaje a casa de Dionisio. En cuanto a mi segunda partida y mi segunda travesía, aquellos a quie­nes esto interese podrán ver ahora cuán justo y razonable fue el hacerlo. El primer período de mi estancia en Sicilia39 se acabó tal como lo he contado antes de mis consejos a los parientes y amigos de Dión. Después de ello me esforcé por convencer a Dionisio de que me dejara partir. Sin embargo, para el momento en que se restableciera la paz (había entonces guerra en Sicilia40°) pactamos nuestros convenios: Dionisio prometió volvernos a llamar, a Dión y a mí, cuando hubiera reforzado su poder, y pidió a Dión que no considerara su partida de Sicilia como un exilio, sino como un sim­ple cambio de alojamiento. Ante estas pala­bras me declaré dispuesto a volver. Al concluir­se la paz me volvió a llamar, pero rogó a Dión que esperara todavía un año. En cuanto a mí, me mandaba que regresara a cualquier precio. Dión me empujaba a que me pusiera en ca­mino y me instaba a ello con razones de Sici­lia, en efecto, venía el rumor de que Dionisio había sido nuevamente dominado por un maravilloso celo en favor de la filosofía. Por eso Dión me rogaba ardientemente que respon­diera a esta llamada. Yo sabía bien que los jóvenes experimentan a menudo, ante la filosofía, sentimientos semejantes. Me pareció, sin embargo, más seguro, por el momento al menos, dejar de lado a Dión y a Dionisio, y les causé a ambos mucho descontento, res­pondiendo que yo era muy viejo y que no se obraba en absoluto de acuerdo con nuestros convenios. Creo que con este motivo Arqui­tas41 fue a ver a Dionisio (pues, antes de mi partida, había establecido yo relaciones amis­tosas entre Arquitas, el Gobierno de Tarento y Dionisio); también en Siracusa había perso­nas que habían oído conversaciones de Dión, y otras que los habían conocido por estas úl­timas y tenían la cabeza llena de fórmulas filosóficas. Ellos intentaron, supongo, de dis­cutirlas con Dionisio, convencidos de que él había aprendido de mí toda mi doctrina. Este, que, por otra parte, no tenía el espíritu total­mente cerrado, era extremadamente vanidoso. Quizá también hallara placer en estas cuestio­nes y tenía vergüenza de manifestar demasiado que no había aprendido nada durante mi estan­cia allí. De ello nació su deseo de ser instruido más a fondo, al tiempo que se sentía movido a ello por la vanidad. (Ya he contado anterior­mente por qué no había seguido él mis lecciones cuando mi primer viaje42 .) Así, pues, al ver que yo me había vuelto felizmente a mi tierra y que me negaba a hacer caso de su segunda llamada, tal como acabo de decirlo, Dionisio, me parece, se vio dominado por la inquietud vanidosa de que ciertas personas pudieran creer que él no contaba a mis ojos, como si al haber experimentado sus dotes naturales, su carácter y su manera de vivir, estuviera yo tan descontento como para no querer volver a su lado. Pero, en toda justicia, he de decir la verdad y admitir que, luego de conocidos los hechos, se menosprecia mi propia filosofía y, por el contrario, se estima la sabiduría del tirano. Así, pues, Dionisio, llamándome por tercera vez43, me envió una trirreme para facilitarme el viaje; me envió así mismo a Ar­quedemo, uno de los naturales de Sicilia de quienes, pensaba él, hacía yo más caso, uno de los discípulos de Arquitas, y algunos otros conocidos míos de Sicilia. Todos me contaban las mismas noticias, acerca de los maravillosos progresos que había hecho Dionisio en la filosofía. Me mandó también una carta muy larga, mostrándose buen conocedor de mis sentimientos para con Dión y el deseo de este último de verme embarcar para Siracusa". La carta, concebida según todos estos datos, comenzaba poco más o menos así: «Dionisio a Platón.» Venían luego los cumplidos habitua­les y añadía inmediatamente: «Si te dejaras convencer por mí de venir ahora a Sicilia, primeramente se arreglarían según tus deseos los asuntos de Dión (tus deseos no serán sino razonables, lo sé bien y yo los atenderé). Si no, ninguna de las cosas que dicen relación con la persona de Dión o con sus asuntos se arreglará a tu gusto.» Esas eran sus expresio­nes. Resultaría demasiado largo y fuera de lo que pretende esta carta el contar lo demás. Me llegaban igualmente otras cartas de Ar­quitas y de los tarentinos, haciéndome grandes elogios de la filosofía de Dionisio, y me aña­dían que si yo no iba ahora a Sicilia, esto sig­nificaría la ruptura completa de sus lazos de amistad con Dionisio, lazos de los que yo había sido el autor y que no tenían poca im­portancia para la política. Tales eran, pues, las instancias que se me dirigían: los amigos de Sicilia y de Italia me tiraban hacia ellos; los de Atenas me empujaban literalmente afuera con sus súplicas, siempre con la misma canti­nela: no hay que traicionar a Dión ni a los

huéspedes y amigos de Tarento. Yo mismo reflexionaba, pensando que nada hay de sor­prendente en que un hombre joven bien dotado, al oír hablar de cosas elevadas, se sienta lleno de un bello amor a la vida perfecta. Era, pues, conveniente verificar con todo cuidado lo que pudiera haber en todo ello y no hurtar el cuer­po ni asumir la responsabilidad de una ofensa como esta, ya que esto iba a ser efectivamente una ofensa, si realmente se me había dicho la verdad. Partí, cerrándome los ojos con este razonamiento. Tenía yo muchas aprehensiones y los presagios no parecían nada favorables. Fui, pues (y a Zeus Salvador le debo la tercera copa: al menos en esto tuve éxito45); fui, en efecto, felizmente salvado, y luego del dios, he de dar las gracias a Dionisio: muchos eran los que querían mi muerte; él se opuso a ello y manifestó una sombra de vergüenza ante mí.

A mi llegada creí que, en primer lugar, me debía asegurar de si Dionisio era realmente como un fuego frente a la filosofía o si todo lo que se me había contado en Atenas carecía de todo fundamento. Pues bien: para hacer esta comprobación existe un método que es muy elegante. Da un resultado perfecto aplicada a los tiranos, sobre todo si ellos están llenos de expresiones filosóficas mal comprendidas, como era exactamente el caso de Dionisio; inmediatamente me di cuenta de ello: es ne­cesario mostrarles qué es la obra filosófica en toda su extensión, cuál es su propio carácter, sus dificultades y el trabajo que ella exige. Si el oyente es un verdadero filósofo, apto para esta ciencia y digno de ella, por estar dotado de una naturaleza divina, la ruta que se le enseña le parece maravillosa y siente la nece­sidad inmediata de emprender este camino, pues no podría vivir de otra manera. Entonces, redoblando con sus esfuerzos los de su guía, no afloja su paso hasta haber alcanzado ple­namente el objetivo o bien hasta haber con­seguido suficiente fuerza para caminar sin su instructor. Este es el estado de ánimo en que vive este hombre: se entrega, sin duda, a sus actividades ordinarias, pero, en todo y siem­pre, se conforma con la filosofía, este género de vida que le confiere, junto con la sobriedad, una inteligencia pronta y una memoria tenaz, así como la capacidad de razonar". Cualquier otra clase de conducta no deja de resultarle espantosa. En cambio, los que se contentan con el barniz de las opiniones, sin ser verdade­ramente filósofos, como son las personas-cuyo cuerpo está bronceado por el sol, al ver que hay tantas cosas que aprender, que hay tanto que penar, al considerar este régimen cotidiano el único suficientemente regulado para adecuarse a este objetivo, encuentran que es difícil y que para ellos es imposible esto: ni tan siquiera son capaces de ejercitarse en ello, y algunos llegan a convencerse de que ya han oído bastante sobre ello y no tienen necesidad de sufrir más por ello. He ahí un experimento claro e infalible cuando se trata de gentes da­das a los placeres e incapaces de esfuerzo al­guno: esas gentes no tienen por qué acusar a su maestro, sino a sí mismos, si no pueden practicar lo que es necesario para la filosofía.

Este es el sentido en que yo hablaba enton­ces a Dionisio. Sin embargo, no lo desarrollaba todo y Dionisio no me lo pedía: él se las daba de hombre que sabe muchas cosas y las más sublimes, de hombre que no tiene nada más que aprender, satisfecho con las frases oídas a otros. Incluso más tarde, así lo he oído decir, acerca de estas cuestiones que entonces apren­diera compuso un tratado que dio como su propia enseñanza, de ninguna manera como una reproducción de lo que había recibido. ¿Qué hay de todo ello? No sé nada de ello. Otros, no lo ignoro, han escrito sobre estas mismas materias. ¿Quiénes? Ni ellos mismos podrían decirlo'. En todo caso, he ahí lo que

yo puedo afirmar respecto de todos los que han escrito o han de escribir y pretenden ser competentes acerca de aquello que constituye el objeto de mis preocupaciones, por haber sido instruidos sobre ello por mí o por otros o por haberlo descubierto personalmente: se­gún mi modo de ver, es imposible que hayan comprendido, sea lo que sea, la materia. Por lo menos, bien de cierto que no hay ni habrá ninguna obra sobre semejantes temas. No hay, en efecto, ningún medio de reducirlos a fórmu­las, como se hace con las demás ciencias, sino que cuando se han frecuentado durante largo tiempo estos problemas y cuando se ha convi­vido con ellos, entonces brota repentinamente la verdad en el alma, como de la chispa brota la luz, y en seguida crece por sí misma. Sin duda, yo sé muy bien que si fuera necesario exponerlos por escrito o de viva voz, yo sería quien mejor podría hacerlo; pero también sé que si la exposición fuera defectuosa, yo sufri­ría por ello más que nadie. Si yo hubiera creído que era posible escribir y formular estos problemas para el pueblo de una manera sa­tisfactoria, ¿qué otra cosa más bella habría podido realizar yo en mi vida que manifestar una doctrina tan saludable para los hombres y hacer llegar a todos la verdadera naturaleza de las cosas? Ahora bien: yo no creo que el razonar sobre esto sea, como se dice, un bien para los hombres, excepción hecha de una selección, a la que le bastan unas indicaciones para descubrir por sí misma la verdad. A los demás, o bien los llenaríamos de un menospre­cio injusto respecto de estos problemas, cosa inconveniente, o bien los llenaríamos de una vana y necia suficiencia por la sublimidad de las enseñanzas recibidas. Por lo demás, tengo la intención de extenderme más largamente sobre esta cuestión: quizá alguno de los pun­tos que trato resultará más claro, una vez me haya explicado. Hay, en efecto, una razón seria que se opone a que uno intente escribir cualquier cosa en materias como estas, una razón que ya he aducido yo a menudo, pero que creo he de repetir aún.

En todos los seres hay que distinguir tres elementos, que son los que permiten adquirir la ciencia de estos mismos seres: ella misma, la ciencia, es un cuarto elemento; en quinto lugar hay que poner el objeto, verdaderamente conocible y real. El primer elemento es el nombre; el segundo es la definición; el ter­cero es la imagen; el cuarto, la ciencia. Pon­gamos un ejemplo para que se comprenda mi pensamiento y que sirva para aplicarlo a todo. «Círculo» es la expresión de una cosa, cuyo nombre es este mismo que acabo de pronun­ciar. En segundo lugar, su definición, com­puesta de nombres y verbos: aquello cuyos extremos equidistan perfectamente del centro. Esta es la definición de lo que se llama redondo, círculo, circunferencia. En tercer lugar está el dibujo que se traza y se borra, la forma que se delinea en forma circular y que es perecedera. En cambio, el círculo en sí, al que referimos todas estas representaciones, no experimenta nada semejante a esto, pues es totalmente dis­tinto. En cuarto lugar está la ciencia, la intelec­ción, la opinión verdadera, relativas a estos objetos: esas cosas constituyen una clase úni­ca y no residen ni en los sonidos proferidos ni en las figuras materiales, sino en las almas. De donde resulta evidente que se distinguen tanto del círculo real como de los tres modos que he dicho. De entre estos elementos, la inteligencia es la que, por afinidad y seme­janza, está más cerca del quinto elemento; los otros se alejan más de este. Las mismas dis­tinciones podrían hacerse respecto de las fi­guras, rectas o circulares, así como respecto de los colores, de lo bueno, de lo bello, de lo justo, de un cuerpo cualquiera, fabricado ar­tificialmente o natural, del fuego, del agua y de todas las cosas semejantes, de toda especie de seres vivos, de las cualidades del alma y de las acciones y pasiones de toda clase48. Si al­guien no llega a captar, de cualquier manera, las cuatro representaciones de estos objetos, no obtendrá nunca una perfecta ciencia del quinto elemento. Por otra parte, todo esto ex­presa tanto la cualidad como el ser de cada cosa, por medio de este débil auxiliar que son las palabras; por eso, ningún hombre razonable se arriesgará a confiar sus pensamientos a este vehículo, y mucho menos cuando este queda fijo, como ocurre con los caracteres es­critos. Y hay aún una cosa que hay que en­tender bien. Todo círculo concreto, dibujado o hecho con el torno, está lleno del elemento contrario al quinto: en todas sus partes, en efecto, limita con la línea recta, mientras que el círculo en sí, decimos nosotros, no contiene ni poco ni mucho la naturaleza opuesta a la suya. El nombre, decimos, no tiene en ningu­na parte fijeza. ¿Quién nos impide llamar rec­to a lo que llamamos circular o circular a lo que llamamos recto? El valor significativo no será menos fijo cuando se haya-,hecho esta transfor­mación y se haya modificado el nombre". Otro tanto diremos de la definición, puesto que ella se compone de nombres y de verbos: no tiene nada que sea suficientemente firme. Y hay mil razones para demostrar la oscuridad de estos cuatro elementos. La principal de ellas es la que dábamos un poco más arriba, a saber, que de los dos principios, la esencia y la cualidad, el alma busca el conocimiento, no de la cualidad, sino de la esencia. Pues bien: ella no busca que estos cuatro modos le pre­senten esto en los razonamientos o en los hechos, ya que la expresión y la manifestación que ellos nos dan es siempre fácilmente re­futada por los sentidos, lo cual coloca al hombre, por así decirlo, ante un paso sin salida y lo llena de incertidumbre. Por eso, donde nos falta el entrenamiento en la búsqueda de la verdad, a causa de nuestra educación defi­ciente, y donde nos basta la primera imagen que se nos da, podemos interrogar y responder sin provocarnos la risa unos a otros, supuesto que estamos en disposición de avanzar como sea o de refutar estos cuatro modos de expre­sión. Pero donde hay que responder por el quinto elemento y hay que sacarlo a la luz, el primero de los que saben refutar tiene la superioridad y hace que el que explica, tanto si habla como si escribe o responde, produzca a la mayoría de sus oyentes la impresión de que no sabe nada de lo que él se esfuerza en escribir o decir; a veces, en efecto, se ignora que lo que se refuta es menos el alma del escritor o del orador que la naturaleza de cada uno de los cuatro grados de conocimientos, esencialmente defectuosos. Pero, a fuerza de

manejarlos todos subiendo y bajando del uno al otro, se llega penosamente a crear la ciencia cuando el objeto y el espíritu son ambos de buena calidad"`. Si, por el contrario, las dis­posiciones naturales no son buenas-y esta es la disposición de la mayoría frente al co­nocimiento o lo que se llama costumbres-, si falta todo esto, ni el mismo Linceo` podría dar la vista a estas gentes. En una palabra, el que no tiene ninguna afinidad con el objeto no conseguirá la visión ni gracias a la facilidad de su entendimiento ni gracias a su memoria -primeramente porque no encontrarán nin­guna raíz en una naturaleza extraña-. Por eso, sea que se trate de los que no sienten in­clinación ninguna hacia lo justo y lo bello y no armonizan con estas virtudes-por muy dotados que, por otra parte, puedan estar para aprender y retener-, o de los que, po­seyendo este parentesco del alma, son reacios a la ciencia y carecen de memoria, ninguno de entre ellos aprenderá nunca toda la verdad que es posible conocer sobre la virtud y el vicio. Es, en efecto, necesario aprender ambas cosas a la vez, lo falso y lo verdadero de la esencia entera, a costa de mucho trabajo y tiempo, como decía al comienzo. Solamente cuando uno ha rozado, unos contra otros, nombres, definiciones, percepciones de la vista e impre­siones de los sentidos; cuando se ha discutido en discusiones benévolas, donde las respuestas no las dicta la envidia y tampoco ella dicta las cuestiones, solamente entonces, digo, sobre el objeto estudiado, se hace la luz de la sabidu­ría y la inteligencia con toda la intensidad que pueden soportar las fuerzas humanas. Por esta razón todo hombre serio se guardará mucho de tratar por escrito cuestiones serias y de entre­gar, de esta manera, sus pensamientos a la

envidia y a la falta de inteligencia de la multi­tud. De ahí hay que sacar esta simple conclu­sión: cuando nosotros vemos un trabajo escrito por un legislador, por ejemplo, acerca de las leyes, o por cualquier otro sobre otro tema cualquiera, decimos que el autor no se ha tomado esto muy en serio, si él mismo es serio, y que su pensamiento permanece ence­rrado en la parte más preciosa del escritor. Que si realmente él hubiera confiado sus re­flexiones a los caracteres escritos, como si fueran cosas de una extremada importancia, «será seguramente porque» no los dioses, sino los mortales, «le han hecho perder su espíritu52»`.

El que haya seguido esta exposición y digre­sión comprenderá lo que de ella se deduce: que el mismo Dionisio, o cualquier otro de mayor o menor categoría, haya escrito un libro acerca de los elementos primordiales de la naturaleza: según mi opinión, en lo que haya escrito no hay nada que atestigüe unas leccio­nes sanas o unos estudios sanos. De no ser así habría sentido para con estas verdades el mismo respeto que yo, y no se habría atrevido a entregarlas a una publicidad inoportuna. Ciertamente, él no las escribió para recordar­las, pues no se corre el peligro de olvidarlas una vez uno las ha recibido en su alma, ya que nada hay más corto53 Más bien será por ambición, y en tal caso es bien despreciable, por lo que él habrá expuesto como suya esta doctrina, o bien por darse la importancia de compartir una educación de la que no es digno, ambicioso de la gloria que esta participación lleva consigo. Si una sola conversación le hubiera bastado a Dionisio para adueñarse de todo esto, uno podría explicarse la cosa; pero ¿cómo ha ocurrido esto? Zeus lo sabe, como dice el tebano54. Yo hablé con él de la manera que he contado, una sola vez, y nunca más luego. Quien quiera conocer la manera en que se han desarrollado los hechos en ver­dad debe darse cuenta en este momento del motivo por el cual no hemos tenido una segunda conversación, ni una tercera, ni otra alguna. Dionisio, luego de haberme escucha­do una sola vez, ¿creía realmente saber ya

bastante de  ello, y sabía verdaderamente bastante de ello, enseñado por sus propios descubrimientos o por las lecciones de otros maestros? ¿O bien pensaba que mi enseñanza carecía de valor? ¿O bien, tercera hipótesis; juzgaba que estas lecciones no eran para él, sino que estaban por encima de él, y se sentía positivamente incapaz de llevar una vida de sabiduría y virtud? Si juzga que mi doctrina es insignificante, está con ello en oposición con numerosos testigos que afirman lo contrario y que, en estas cuestiones, podrían conside­rarse jueces mucho más competentes que él. ¿Había él inventado o adquirido estos conoci­mientos? Pensaba entonces que eran preciosos para la educación de un alma libre. ¿Por qué, en tal caso, a menos de ser un ser bien extraño, habría fácilmente desdeñado a su guía y a su maestro? Voy a contaros cómo, de hecho, me ha desdeñado.

Poco después de estos acontecimientos, él, que hasta entonces había dejado a Dión la disposición libre de sus bienes y el usufructo de sus rentas, pensó en prohibir a los encar­gados de ello que se las siguieran enviando al Peloponeso, como si hubiera olvidado por completo su carta; estos bienes, pretendía él, no corresponden a Dión, sino al hijo de Dión, que es su propio sobrino y del que, por con­siguiente, él es legalmente el tutor55`. Esto es todo lo que había ocurrido hasta esta época. En estas condiciones, yo veía exacta­mente a qué tendía la filosofía del tirano, y había motivo suficiente para indignarme con ello, aun a pesar mío. Estábamos entonces en verano y los navíos se hacían a la mar. No es solamente contra Dionisio, sino también con­tra mí mismo, pensaba yo, con quien debía irritarme, así como contra los que me habían hecho fuerza para obligarme a franquear por tercera vez el estrecho de Escila

Para afrontar aún la funesta caribdis56

Me decidí a decir a Dionisio que me era imposible prolongar mi estancia cuando se le estaban haciendo a Dión tales injusticias. Pero él se esforzaba por calmarme y me rogaba que me quedara, no juzgando bueno para su per­sona el que yo pudiera partir tan pronto con tales hechos que divulgar. A1 ver que no podía persuadirme me afirmó que él mismo quería preparar mi viaje. Pues yo pensaba subir al primer navío que fuera a partir, profundamente te irritado como estaba, y estaba muy decidido a arrostrarlo todo si alguien me ponía obstácu­los, puesto que, evidentemente; yo no era en manera alguna el ofensor, sino todo lo con­trario, el ofendido. Y él, viendo que yo no admitía de ningún modo la idea de permanecer, imaginó el siguiente medio para retenerme du­rante este período de navegación. A1 día si­guiente de la conversación dicha fue a verme y me habló en este tono tan hábil: «Que no haya más entre nosotros dos-dijo-este obs­táculo de Dión y de sus intereses, y deshagá­monos ya de una causa incesante de discor­dias.

He ahí, pues, lo que voy a hacer, en tu favor, por Dión. Le pido que, después de haber recuperado su fortuna, habite en el Pelopo­neso, y en manera alguna como un desterrado, sino con el permiso de volver cuando él, yo y vosotros, sus amigos, nos hayamos puesto de acuerdo en ello57. Pero esto, evidentemente, con la condición de que no conspire contra mí.

Vosotros me seréis fiadores de ello, tú y los tuyos58, así como los parientes de Dión que

346 b/348 a se encuentran aquí: que os dé, pues, garantías a vosotros. Los bienes que él quiera tomar consigo serán depositados en el Peloponeso y en Atenas, en casa de quien vosotros os pa­rezca oportuno. Dión percibirá los intereses de ellos, pero no podrá disponer del capital sin contar con vuestro consentimiento. En cuanto a mí, no tengo suficiente confianza en él para creer que me había de ser leal en el uso que hiciera de sus riquezas, ya que estas son con­siderables. Me Fio más de ti y de los tuyos. Mira, pues, si esto te agrada y, en este caso, quédate aquí aún este año; en verano partirás, llevándote esta fortuna. Estoy seguro de que Dión te estará muy reconocido si haces esto por él».» Yo escuchaba este razonamiento con desgana. Respondí, con todo, que quería reflexionar y que al día siguiente le iba a dar mi opinión sobre el particular. Esto es lo que entonces se convino. Pero luego, cuando en­trando dentro de mí mismo, deliberaba, me hallaba en una gran perplejidad. He ahí en principio el pensamiento predominante: «Vea­mos si Dionisio no tiene la menor intención de cumplir su promesa; al partir yo, ¿no es­cribirá quizá Dión, con alguna verosimilitud, con lo que me acaba de decir, tanto él mismo, como, por orden suya, muchos otros de sus partidarios? E1 daba su consentimiento y yo, lejos de querer entrar por sus puntos de vista, no había tenido ningún cuidado de los asuntos de Dión. Por lo demás, si le molestaba verme partir y si, sin haber dado él la orden a cual­quiera de las naves, deja entender fácilmente a todos que yo no me voy de su plena voluntad, ¿quién querrá embarcarme, una vez me haya evadido del palacio de Dionisio?59. Para colmo de desgracias, en efecto, yo habitaba en el jardín contiguo a palacio, y el portero nunca me hubiera dejado salir sin una orden expresa de Dionisio. Si, por el contrario, permanezco allí durante este año, puedo hacer saber a Dión en qué situación me encuentro y lo que pre­tendo hacer, y si Dionisio cumple, por poco que sea, lo que promete, mi manera de obrar no habrá sido ridícula, ya que la fortuna de Dión, evaluada con justicia, no se eleva a menos de cien talentos. Pero si las cosas ocurren como con probabilidad se pueden prever en

la actualidad, seguramente no sabré qué par­tido tomar. Sin embargo, quizá sea necesario tener aún paciencia durante un año e intentar la experiencia de los hechos para desenmas­carar las malas mañas de Dionisio.»

Habiéndome decidido, al día siguiente di mi respuesta a Dionisio : «He decidido que­darme, mas, sin embargo, te pido-añadí-que no me consideres como el apoderado de Dión. Escribámosle los dos nuestras actuales deci­siones, preguntémosle si las encuentra sufi­cientes y, en caso contrario, si desea y pide se introduzcan algunos cambios, que nos lo haga saber lo más aprisa posible, y tú, en espera de esto, no modificarás nada su situación.» Esto fue lo que se dijo y se convino entre nosotros, poco más o menos en estos términos. Con esto, los navíos se hicieron a la vela y no me fue ya posible embarcarme, y fue entonces cuan­do Dionisio pensó en advertirme que sola­mente la mitad de los bienes debía pertenecer a Dión y la otra mitad a su hijo. Por eso, añadió él, iba a valorar esta fortuna, me daría a mí la mitad, para que me la llevara conmigo, y reservaría la otra mitad para el niño: ese era el partido más justo. Estas palabras me consternaron, pero juzgué ridículo añadir una palabra más. Hice con todo la observación de que era preciso esperar la carta de Dión y hacerle saber esta nueva cláusula. Pero Dio­nisio se puso en seguida a vender audazmente la fortuna entera del desterrado, donde y como le agradaba y a quien le parecía bien a él. A mí no me dijo ni palabra del asunto, y yo, por mi parte, no le volví a hablar de los inte­reses de Dión, pues veía que era inútil"`.

Hasta ahí, pues, acudí en ayuda de la fi­losofia y dé mis amigos de la manera dicha. De allí en adelante, para Dionisio y para mí, la existencia discurrió así: yo miraba hacia fuera, como un pájaro que desea volar de su jaula`, y él tramaba el medio de apaciguar­me"' sin entregarme nada de los bienes de Dión. No obstante, pretendíamos ser amigos ante Sicilia entera.

Mientras tanto, Dionisio quiso disminuir la paga de los mercenarios veteranos, en con­tra de las tradiciones de su padre. Pero los soldados, furiosos, se reunieron y decidieron oponerse a ello. El tirano intentó recurrir a la fuerza haciendo cerrar las puertas de la acró­polis; ellos se dirigieron inmediatamente con­tra las murallas, cantando el peán guerrero de los bárbaros. Entonces Dionisio, muy asus­tado, cedió completamente e incluso concedió a los peltastas que entonces se habían reunido más de lo que reclamaban. Corrió en seguida el rumor de que el autor de estas turbulencias había sido Heraclides. A1 oír estos rumores. Heráclides huyó y se mantuvo escondido. Dionisio quería detenerlo, pero no sabía cómo hacerlo. Envió, pues, a Teódoto a su jardín. Yo me encontraba entonces casualmente allí y me paseaba. Ignoro qué es lo que dijeron al principio, pues no lo oí, pero sé y recuerdo perfectamente las razones que tuvo Teodoto con Dionisio en mi presencia: «Platón--dijo-, yo intento persuadir a Dionisio de que, si consigo traer aquí a Heraclides.para que res­ponda a las acusaciones presentadas contra él, y en el caso en que no se juzgue oportuno per­mitirle que permanezca en Sicilia, se le permita se embarque para el Peloponeso, con su hijo y su mujer, y que viva allí sin intentar nada contra Dionisio, con el pleno disfrute de sus bienes. He enviado ya un mensajero a él y voy a enviar otro aún: es posible que, de esta ma­nera, ceda a una de mis dos llamadas. Pero yo suplico a Dionisio y le pido por gracia, para el caso en que se encontrara a Heraclides en el campo o aquí, de que no se le inflija otr< agravio que el destierro del país hasta nueva decisión de Dionisio. ¿Consientes tú en ello?», añadió, dirigiéndose a Dionisio. «Consiento en ello--dijo este último-, y lo mismo si se le encuentra en los alrededores de tu casa, no le ocurrirá otro mal que el que se acaba de decir.» Pues bien: al día siguiente, por la tarde, Eury­bio y Teódoto, llenos de turbación, acudieron a mí a toda prisa: «Platón-me dijo Teódoto-, ¿fuiste testigo ayer de las promesas hechas por Dionisio a ti y a mí respecto de Heraclides?» «Sin duda», respondí yo. «Pues bien: ahora -continuó él-los peltastas corren por todas partes para buscarlo y hay peligro de que se encuentre por los alrededores. Es absoluta­mente necesario que nos acompañes a ver a Dionisio.»

Partimos, pues, y fuimos introducidos ante el tirano. Los otros dos, con los ojos llenoslIde lágrimas, guardaban silencio. Yo tomé la pa­labra: «Mis compañeros tienen miedo de que no pretendas tomar contra Heraclides medidas contrarias a lo que convinimos ayer. Se ha observado, en efecto, me parece, que se escon­de por aquí.» Apenas me hubo oído, Dionisio se encolerizó; su rostro pasó por todos los colores, como le ocurre al hombre que se en­ciende en ira. Teódoto, cayendo a sus pies, le cogió la mano llorando y suplicándole que no hiciera nada semejante. Yo, para animarlo, repliqué: «Tranquilízate, Teódoto; Dionisio no se atreverá a obrar contra sus promesas de ayer.» Entonces él, mirándome con ojos de verdadero tirano, dijo: «A ti no te he prometido absolutamente nada.» «Sí, ciertamente-repli­qué yo-, y precisamente la gracia que este hombre te pide.» E inmediatamente después de estas palabras le volví la espalda y me mar­ché. Entonces Dionisio se puso a hacer que apresaran a Heraclides, pero Teódoto envió emisarios a este último para darle prisa a que huyera. El tirano lanzó en su seguimiento a Tixlas, al frente de una compañía de peltastas, pero Heraclides, se dice, le adelantó unas cuantas horas y pudo salvarse en el territorio de Cartago63.

Luego de este suceso, el antiguo proyecto de no entregar los bienes de Dión le pareció a Dionisio que encontraba un motivo justifi­cado en sus relaciones de enemistad conmigo y, en primer lugar, me hizo salir de la acrópolis, con el pretexto de que las mujeres habían de ofrecer un sacrificio de diez días en el jardín en que vivía yo. Me ordenó que pasara este tiempo fuera, en casa de Arquedemo. Me en­contraba allí, cuando Teódoto me hizo ir a su casa, me expresó su viva indignación por todo lo que había ocurrido y se deshizo en queja's contra Dionisio. Este último supo que yo había ido a casa de Teódoto. Esto le sirvió de otro pretexto excelente de desacuerdo con­migo, en todo semejante al primero. Me hizo preguntar si verdaderamente había ido a casa de Teódoto por invitación de este. «Sin duda», respondí yo. «Así, pues-replicó el enviado-, me ordena él que te diga que obras muy mal haciendo más caso de Dión y de sus amigos que de él mismo.» Luego de esta comunica­ción, nunca más me volvió a llamar a su pa­lacio, como si desde aquel momento en ade­lante fuera ya evidente que yo estaba unido en amistad con Teódoto y Heraclides y que era su enemigo. Además, suponía que yo no podía albergar ningún sentimiento de benevo­lencia hacia un hombre que había dilapidado totalmente los bienes de Dión. En adelante, pues, habité fuera de la acrópolis, entre los mercenarios. Recibí entonces varias visitas, entre otras la de algunos servidores atenienses, compatriotas míos. Ellos me hicieron saber que corrían calumnias sobre mi persona entre los peltastas y que algunos habían proferido amenazas de muerte contra mí si llegaban a cogerme64. Imaginé, pues, para salvarme, el medio siguiente: hice saber a Arquitas y a mis otros amigos de Tarento la situación en que me encontraba. Estos, encubiertos en una embajada que partía de su país, enviaron un navío con treinta remos con uno de entre ellos, Lamisco, quien, apenas llegado, fue a interce­der por mí ante Dionisio; le dijo que yo de­seaba partir y le rogó que no se opusiera a ello. Dionisio dio su consentimiento, y me despidió, pagándome los gastos del camino. En cuanto a los bienes de Dión, yo no reclamé ni la más pequeña parte de ellos, y no se me dio nada de ellos tampoco.

Llegado al Peloponeso, a Olimpia, me en­contré con Dión, que asistía a los juegos, y le conté todo lo que había pasado. El, tomando a Zeus por testigo, nos exhortó inmediata­mente, a mí, a mis parientes y a mis amigos, a que preparáramos nuestra venganza contra Dionisio, nosotros por sus trapacerías fraudu­lentas con quienes eran huéspedes-así cali­ficaba y juzgaba él su conducta-, y él por el destierro y exilio injustos. A estas palabras suyas le permití yo que llamara a nuestros amigos, si ellos consentían en ello. «En cuanto a mí-añadí-, he compartido la mesa, la habitación y los sacrificios de Dionisio casi forzado por ti y por los demás. El tirano creía quizá, porque así lo afirmaban numerosos calumniadores, que. yo conspiraba contigo contra él y contra la tiranía, y, sin embargo, no me ha condenado a muerte y ha retrocedido ante este crimen. Además, no tengo ya edad para asociarme a nadie en una empresa gue­rrera. Por el contrario, soy de los vuestros, si alguna vez, experimentando la necesidad de uniros por la amistad, queréis hacer alguna cosa buena. Pero, en la medida en que ello sirva para causaros mal, buscad en otra parte.»

Así me expresé yo, luego de haber malde­cido mi expedición aventurera` y mi fracaso en Sicilia. Pero ellos no me escucharon y no se dejaron persuadir por mis tentativas de conciliación. Por eso son ellos responsables de todas las desgracias que les han sobreveni­do ahora. Si Dionisio hubiera entregado los bienes de Dión o se hubiera reconciliado plenamente con él, no habría ocurrido nada de todo esto, al menos dentro de lo que humanamente cabe conjeturar-pues a Dión hubiera tenido yo suficiente voluntad y poder para retenerlo fácilmente-. Pero ahora, al marchar el uno contra el otro, han desenca­denado desastres por todas partes. Dión, no obstante, sin ninguna duda, no habría tenido otro deseo que este mismo del que creo estar animado yo, yo y todo hombre moderado,

podría bien decir, y en relación con su poder, con sus amigos, con su propia ciudad, no habría él pensado, de haber sido poderoso y honrado, más que en difundir sus mayores beneficios en medio de las grandezas. Ahora bien: no es este el caso del que se enriquece, él, sus amigos y su ciudad, tramando reuniones secretas y convocando conjurados; él, pobre e incapaz de dominarse a sí mismo, cobarde víctima de sus pasiones; y que condenando inmediata­mente a muerte a los que poseen bienes, llamados por él con el nombre de enemigos, dilapida su fortuna y estimula o envalentona así a sus auxiliares y a sus cómplices, para que ninguno de ellos vaya a echarle en cara su pobreza. No son estas las condiciones de aquel a quien una ciudad honra como a su bienhechor por haber distribuido legalmente a la masa los bienes de algunos, ni del que, en cabeza de una ciudad importante, la cual es a su vez cabeza de una serie de ciudades menos importantes, asigna a la suya los bienes de las ciudades más pequeñas, menospreciando toda justicia. Pues ciertamente ni Dión ni otro alguno aceptaría, deliberadamente, un poder eternamente funesto a sí mismo y a su linaje, sino que buscaría preferentemente una Cons­titución y una legislación verdaderamente jus­tas y buenas que se impusieran sin el más pequeño derramamiento de sangre, sin un solo exilio. Dión, siguiendo esta línea de conducta, ha preferido sufrir las injusticias que cometerlas, tomando empero sus precauciones para evitar ser víctima' de ellas". No obstante, sucumbió en el momento de ir a alcanzar su meta, la victoria sobre sus enemigos. Su suerte no tiene nada de sorprendente. Un hombre justo, prudente y reflexivo no puede nunca engañarse del todo sobre el carácter de los hombres injustos, pero no tiene nada de extraño que sufra el destino del piloto hábil que, sin ignorar por completo la menaza de la tempestad, no puede prever ],u violencia extraordinaria e inesperada, y forzosamente naufraga. Esto es también lo que ha engañado un poco a Dión. No le pasaba ciertamente inadvertida la malicia de los que lo han per­dido, pero lo que él no podía sospechar era la profundidad de su necedad, de toda su maldad y de su codicia. Este error lo ha llevado a la tumba, y un duelo inmenso ha caído sobre Si­cilia.

Luego de esto que os acabo de contar, os he dado ya sumariamente mis consejos, y esto basta. Si he repetido la narración de mi segun­do viaje a Sicilia ha sido por parecerme nece­sario contároslo, a causa de lo raro y la poca verosimilitud de los acontecimientos. Si, pues, mis explicaciones parecen razonables y si se juzgan satisfactorios los motivos que dan cuenta de mis obras, la exposición que acaba de hacer habrá conseguido su buena y justa medida.

I Platón cuenta más adelante su viaje a Siracusa bajo Dionisio el Viejo. Dión tenía entonces algo más de veinte años.

2 Se trata de Hiparino, hijo de Dionisiu el Viejo y sobrino de Dión. Véase, sobre esta cuestión, el comenta­rio preliminar a esta carta.

3 Critias, uno de los oligarcas más detestados, se hallaba entre los treinta tiranos e incluso era uno de los principales de ellos. Era primo de la madre de Platón. Cármides, tío materno del filósofo, había estado en esta época al frente del Pireo. Es conocido el régimen de terror que los Treinta impusieron a Atenas, hasta provocar la reacción democrática. Sobre la exactitud de lo que aquí dice Platón, efr. el comentario preliminar.

4 Designado con otros cuatro ciudadanos para de­tener a León de Salamina, adversario del régimen oli­gárquico, Sócrates se negó a esta misión que consideraba ilegal. Cfr. Apologia, 32 c.

5 El yugo de los Treinta se hizo tan insoportable que, con la ayuda del pueblo, los exiliados del partido democrático pudieron rehacerse bajo la dirección de Trasíbulo y Trasilo y volver a Atenas. Los oligarcas fueron derrocados y se restableció la democracia. Para poner fin a la guerra civil, se votó una amnistía. Pero Platón no hallaba ya en el nuevo régimen quienes le pudieran iniciar en la vida política, como antes Critias y Cármides. Debería haberse afiliado a algún partido y no le convenía ninguno -325 d-. Además, luego de la condenación de Sócrates, se apartó definitivamente de los asuntos públicos de su país.

6 Cfr. República, V, 473 d.

7 El lujo de los banquetes italianos y siracusanos era casi proverbial en la antigüedad.

quía y a la democracia8, y los que se hallen en el poder no soportarán ni tan siquiera oír el nombre de una forma de gobierno de justicia y equidad o igualdad

8 Esas son las tres formas defectuosas de gobierno que se oponen a las tres formas legítimas: la realeza, la aristocracia y una especie de república constitucional. Cfr. Política, 291 d/293, 302 b/303 c. Aristóteles adopta esta misma distinción entre formas defectuosas y legí­timas, y la desarrolla sobre todo en el libro V de la Po­lítica.

9 Véase Plutarco, Dión, 4.

10 La primera vez fue cuando Platón dio consejos de moderación a Dión y a sus partidarios reunidos en Olimpia. Cfr., 350 d.

II Dionisio el Viejo murió el año 367.

12 En este tiempo se encontraban en la corte de Dionisio diversos filósofos o sofistas: Polixeno, Esqui­nes el socrático, Aristipo de Cirene fueron huéspedes del tirano. Este último, que se las daba de espíritu inge­nioso, atraía fácilmente por sus prodigalidades una nube de aduladores. Se comprende que Dión desconfiara de las intenciones poco desinteresadas de estos seudofiló­sofos.

13        No se habla aquí de Hiparino, que era entonces demasiado joven para poder ejercer una influencia sobre su medio hermano. Pero, según el Escoliasta de la Carta IV, los dos hermanos de Dionisio el Viejo se habrían casado con las hermanas de Dión. Había, pues, proba­blemente, en la corte de Siracusa varios sobrinos de Dión de la misma edad poco más o menos de Dionisio el Joven.

14 Cfr. Plutarco, Dibn, Il.

15        Platón teme dos cosas, si se niega a partir: pri­mera, traicionar la amistad de Dión; segunda, traicionar igualmente la causa de la filosofía

16 Megara no estaba muy alejada de Atenas. Allí se refugiaron los discípulos de Sócrates y probablemente el mismo Platón, luego de la condenación y muerte de su maestro.

17 Zeus en su advocación de protector de los ex­tranjeros, bajo cuyos auspicios Platón se había trasla­dado la primera vez a Sicilia

18 Dionisio se alojaba en la ciudadela o acrópolis y allí mantuvo a Platón durante sus dos estancias en Sicilia, hasta el momento de la ruptura definitiva. Con la excusa de concederle este honor, en realidad mantenía al filósofo bajo un estrecho control y vigilancia. Al abrigo de las poderosas murallas que circundaban la acrópolis. Dionisio pudo mantener largo tiempo en jaque a Dión, cuando este se apoderó de Siracusa. Véase Plutarco, Dión, 16.

19 Filisto y los adversarios de las reformas, al ver la creciente autoridad de Platón, temieron unos cambios de los que ellos iban a ser las primeras víctimas, y aca­baron por persuadir de que Dión intrigaba a Dionisio. Decían ellos que Dión se servía de la elocuencia de Pla­tón para acusar en él, en Dionisio, el disgusto del poder, y llevarle así a abdicar en favor de sus propios sobrinos, hijos de su hermana Aristbmaca. Cfr. 333 c y Plutarco. Dión, 15.

20 Platón resume la relación de su segundo viaje a Sicilia. De hecho, debió partir a causa de la guerra que acababa de estallar entre Sicilia y Lucania. Con fróntese Carta lll, 317 a; Plutareo, Dibn, 16.

21 La finalidad expresa de la carta es responder a los deseos de los amigos de Dión, dándoles unos consejos. Sin embargo, en la realidad su fin es escribir una defensa de su actuación en Sicilia.        .

22 Esta comparación entre el consejero político y el médico es familiar a Platón. Cfr. República, IV, 425 e y ss.: Leyes, IX, 720 a y ss. Sin embargo, salta a la vista que la carta no es un plagio de las otras obras: en los tres pasajes se trata el mismo tema de manera distinta.

23 Véase Critón, 51 c. La cuestión del respeto que los hijos deben a los padres se desarrolla también en el mismo sentido en Leyes, libro IV, 717 b.

24 Cfr. Carta V, 322 b

25 Dionisio tenía tres hermanos: Leptino, Teárides y Testa. Los dos primeros son los más conocidos. Fueron nombrados por Dionisio jefes de la flota. Leptino estuvo en desgracia durante algún tiempo y compartió el destierro con Filistos, pero recobró muy pronto la amistad de su hermano. Cfr. Diodoro, XIV, 102, XV, 7.

26 Con la ayuda de los seis jefes de las grandes familias señoriales de Persia, Darío dio muerte al falso Esmerdis, el mago Gaumata, que había usurpado frau­dulentamente el poder. Darío fue proclamado soberano. Según Heródoto-Ilí, 89-dividió sus Estados no en siete, como dice Platón, sino en veinte satrapías. Una inscripción de Persópolis habla de veinticuatro. El número ciertamente no se ha determinado con seguridad. Lo cierto es que las satrapías más importantes correspon­dieron a las seis grandes familias y sus descendientes, y esto es lo que seguramente retuvo Platón, al hablarnos de siete satrapías.

27 Gelón, maestro de caballería del tirano de Gelia, Hippócrates, se hizo con la tiranía al morir este último hacia 490. Conquistó Siracusa y escogió como residencia suya esta ciudad. Según Heródoto–Vll, 156 -hizo prós­perar su capital. En el 430, los cartagineses, mandados por Amílcar, marcharon contra Sicilia y pusieron sitio a Himera. Gelón los venció en una famosa victoria, que el poeta Simónides de Ceos cantó al igual que las famosas acciones de Salamina y Platea. Los cartagi­neses, atemorizados, pidieron la paz. Gelón no tocó para nada las colonias fenicias de Sicilia, pero exigió de los vencidos una indemnización de guerra de dos mil  talentos y la construcción de dos templos en que se depositó el texto del tratado.

28 Platón emplea aquí los términos usuales pao:o designar la iniciación en las pequeñas y grandes Elo•tulmv, que tenían lugar cada año en Atenas en la primaveiu y el otoño. Luego de los pequeños misterios, el iniciadm recibe el nombre de my.sré.v o «iniciado»; luego (ti- 1— grandes misterios, es «vidente».

29 Cfr. 334 d.

30 Véase más abajo 340 a. Esta fórmula alude a las costumbres de los banquetes, en que se ofrecía la tercera y última copa al dios salvador. Platón alude diversas veces a ello en los Diálogos.

~ 31 Tal es el tema del Gorgia.s y la República. Al ser ‘ la justicia la virtud principal, es un mal mayor el cometer la justicia que el padecerla, y cuando se tiene la desgracia de cometerla, es conveniente desear el castigo para devolver al alma su estado de pureza primitiva. A1 final del Gorgia.s, Platón apoya su tesis en una de estas «an­tiguas y santas tradiciones» que afirman la existencia de juicios y sanciones después de la muerte.

32 Cfr. Gargia.s, 493 c; Fedón, 81 b.

33        Hierón-478;466-sucedió a su’ hermano Gelón, como tirano de Siracusa. Esta ciudad adquirió un gran prestigio bajo su gobierno. Acudió en ayuda de Cumas, atacada por los cartagineses y los etruscos en 473, y dispersó la flota enemiga en una gran batalla naval que conmemora Píndaro en su primera PíNca -136/ I55–. Se apoderó de Naxos y Catania, trasladó los habitantes a Leontinos y los sustituyó por cinco mil siracusanos y cinco mil colonos traídos del Peloponeso. 34 La ignorancia es siempre considerada por Platón como la fuente principal de los males y las faltas, sobre todo la ignorancia-que se desconoce a sí misma y toma aires de ciencia, Leves. III, 688 e(689 c; 1X, 863 c y ss. 35 Dice «no temáis ni tan siquiera a Atenas», a pesar del crimen del ateniense Calipo. Era preciso tran­quilizar a los sicilianos, que siempre temían que Atenas se mezclara en sus asuntos interiores y querían ser se­ñores de sí mismos,

36 Platón repite aquí una idea yuc le es f:nmilcii v que desarrolla de manera especial en el libro IV do L— Leyes, 715. Quizá pensara en las desgracias (le Si¡¡¡( —i cuando en este diálogo describe la situación luibuirioa de los Estados entregados a las luchas de pariolo,

37 Platón se limita aquí a unas indic;i—onv, unit generales. Las circunstancias no son aún favur:ahlm paia la ejecución de sus proyectos políticos. 1:1 plan u,lwnu~l~~ aquí se completa en la Carta VIII, 356 c.

38 Los amigos de Dión, bajo la dirección de Hippa­rino, se organizan nuevamente, a fin de echar del poder al usurpador Falipo.

39        Luego^el largo paréntesis dedicado a los consejos, la relación de los acontecimientos reanuda su curso; la parte que comienza aquí debe unirse a 330 c.

40 Véase la Carta [H, 317 a. La expresión «en Si­cilia» no quiere decir necesariamente que Sicilia fuera el teatro de la guerra y no está en contradicción con la opinión que ve aquí una alusión a las expediciones de Dionisio contra los naturales de Lucania

41 Arquitas, tirano de Tarentó, célebre pitagórico, era amigo de Platón. Este lo conoció cuando su primer viaje a Italia, en 388.

42 Cfr. 330 b.

43 La segunda llamada se explica por la negativa mencionada más arriba: 338 e. No supone, pues, un tercer viaje de Platón, bajo el reinado de Dionisio el Joven. La expresión significa tan solo que Dionisin debió in­sistir dos veces ante Platón, para decidirle a que reali­zara este segundo viaje.

44 Véase Ia Carta III, 317. Plutarco-Dibn, 18-re­sume igualmente esas discusiones entre Dionisio y Pla­tón. El emplea las enseñanzas que le brinda la Carta VII, si bien añade a ello algunos detalles que proceden de fuentes distintas. Sus aclaraciones se refieren sobre todo a los motivos que empujaban a Dionisio a llamar de nuevo a Platón, y a los intermediarios de que se servía el tirano para hacer presión en el filósofo. Según el historiador, Dionisio se había formado una pequeña corte de filósofos, con quienes discutía. Pero dándose cuenta muy pronto de su torpeza, creyó que los consejos y las lecciones de Platón lo harían más apto para la dialéctica. Estas fueron las razones que le movieron a traer de nuevo a Platón, y para ello empleó todos los medios, promesas y aun amenazas veladas, y todas las personas, discípulos o amigos de Platón, y aun mujeres, como la esposa y la hermana de Dion.

45 Cfr. 334 d. El único éxito que puede mencionar Platón es el de haber regresado sano y salvo de esta desgraciada expedición. La concisión de la frase griega hace que el sentido sea muy poco claro. Lo que quiere decir es esto: aA Zeus Salvador le debo con razón la tercera copa, ya que por lo menos la salvación ha sido una vez más un hecho para mí, ya que no ha sido otro el resultado que he obtenido.»

46 Todo este pasaje recuerda las exposiciones del libro Vi] de la República.        .

47 Esta frase es bastante oscura y se presta a di­versas interpretaciones. Howald lo interpreta así, luego de alguna corrección textual: «otros, lo sé, han escrito sobre semejantes materias, pero los que lo han hecho no se han dado al menos como los autores de ello». Con eso, Platón opondría aquí a Dionisio el plagiario y los intérpretes equivocados, pero no deshonestos. Pero quizá no sea necesaria esta interpretación forzada. Más bien habría que ver aquí un rasgo de humor.unaalusión a la valía de estos autores, ,pc~ a su identidad: «Pero ¿qué son esas gentes? ¿Qué /Galen? Ni ellas mismas lo saben, ellas no se conocen.» (Cfr. Souilhé, l. c.)

48        Este texto no está de acuerdo, en manera alguna, con la crítica de Aristóteles, según la cual Platón no habría sido consecuente y lógico consigo mismo, al negarse            a          admitir  una       Idea      de        las        cosas   artificiales ‘ Fuera de que, aun prescindiendo de la afirmación de la Carta, la objeción de Aristóteles suscita numerosas dificultades.

49 Cfr. Cratilo, 384 d/e.

50 Gracias a este trabajo de comparación entre esos modos humanos, los únicos que nos permiten expresar alguna parte de la verdad, gracias a este «roce» que entre sí tienen las imágenes, las nociones y las definiciones, se llega a la intuición del espiritu: 344 b. Dice así Bergson: «pues no se consigue una intuición de la realidad, es decir, una simpatía intelectual con lo que ella tiene de más interior, si no se ha ganado su confianza por una larga camaradería con sus manifestaciones superficia­les». Introduction a !a MétapHy.rique», Revue de Méta­phy.sique et de Morule, 1903, pág. 36.

5I         Uno de los argonautas, cuya vista penetrante era ya proverbial. Por hipérbole, Platon hace aquí de él un dispensador del don de la vista.

52 Cfr. llíada, VII, 360; XII, 234.

53 Cfr. Fedro, 275 d. 278 x.

54 Cfr. Fedtin, 62

55 Dionisio, que, hasta el momento, no había pen­sado en los bienes de Dión, sueña en este momento en confiscarlos. Por esta razón, sin duda, considera al desterrado como civilmente muerto y, por consiguiente, como pariente más cercano, se declara legalmente ad­ministrador de una fortuna que corresponde al hijo de Dión. Su táctica, empero, será en seguida distinta, ya que, para aplacar a Platón, consentirá en mirar el destierro de Dión como un simple cambio de domicilio.

56 Cfr. Odi.cea, XII, 428.

57 El relato de Plutarco-Dión, 15-no corcuerda del todo con el de Platón. Según el historiador, no fue en la época del tercer viaje cuando Dionisio fingió sen­timientos de menor malevolencia respecto a Dión, sino cuando el segundo viaje. Además, la actitud de Platón no habría sido la causa de este cambio. Dionisio habría primero hecho deportar a Dión a Italia-c. 14-, pero por miedo a las turbulencias que esta medida hubiera podido suscitar, habría declarado que esto no era una proscripción, y habría permitido a los servidores de Dión que llevaran a su señor al Peloponeso todo lo que pudieran de sus bienes.

58        Dionisio opone Platón y los suyos a los parientes de Dión; ciudadanos de Siracusa, Platón no había em­prendido solo el viaje de Sicilia. Lo acompañaba Es­peusipo, su sobrino-Plutarco. Dión, 22-y Jenócrates -Diógenes Laercio, IV, 6-. Quizá también hubiera otros discípulos que hubieran conocido a Dión en la Academia.

59 Respecto de las analogías de situación entre los dos últimos viajes, cfr. 329 e.

60 El resumen de todo este relato y de la escena siguiente se halla en la Carta Ili. Los términos se repro­ducen a veces textualmente, pero algunas divergencias en la redacción demuestran que no todos se han com­prendido en su verdadero sentido. Véase el Preámbulo a estas Cartas.

61        Cfr. Fedro, 249 d.

62        El verbo griego tiene aquí, no solamente el sentido común de atemorizar, sino también el significado del resultado producido por el temor, que es reducir al silencio, calmar. Dionisio, en efecto, busca la manera de apaciguar a Platón, sin dejar de realizar sus proyectos, es decir, sin dejar de confiscar los bienes de Dión

63 Este incidente no es contado ni por Diodoro ni por Plutarco. Diodoro cuenta de manera distinta el exilio de Heraclides. Dión, al ser sospechoso a Dionisio, se escapó primero a las amenazas del tirano, escondién­dose en casa de sus amigos, y huyendo luego al Pelopo­neso, adonde le acompañaría Heraclides. (Diodoro, XVI, 6.) Plutarco-Dión, 32-señala también la presencia de Heraclides en el Peloponeso y se limita a mencionar su situación de exiliado. Habla sobre todo de sus disen­siones con Dión, que comenzaron en esta época y lo llevaron a separarse del jefe de la oposición y a formar un partido distinto. Son conocidas las dificultades que en adelante creó a Dión.

64 Según Plutarco-Dibn, 19-, los mercenarios re­prochaban a Dtón su influencia sobre Dionisio. Lo acu­saban de impulsar al tirano a la renuncia de su poder autócrata y, por tanto, a licenciarlos a ellos, que eran el sostén de la tiranía. El historiador no alude para nada a la revolución de los mercenarios. Por lo demás, este usa fuentes distintas de las de la carta y tiene cuidado en hacer notar esta divergencia –I. c.

65        El término griego recuerda las expediciones aven­tureras de Ulises, en las que ya pensaba Platón en 345 e.

66 En esta página nerviosa, muy densa y un tanto desordenada, se pueden reconocer los retratos del oli­garca o del tirano, tal como los vemos en el libro VIII de la República. Los lectores de esta no se llamaban a engaño y pensaban evidentemente en Dionisio. A estos tipos representativos de la injusticia, Platón les opone el tipo del sabio, personificado aquí en Dión, y, exacta­mente de la misma manera que en el diálogo, la tesis del bien moral y del derecho se resume en la fórmula de que es preferible sufrir la injusticia que cometerla. Pero la expresión que provoca ciertas páginas de la República se atenúa en la Carta y recuerda más bien lo que se dice en las Leyes. Se puede_ comparar, por ejemplo, este pasaje con el comienzo derlibro VIII de las Leyes, 829 a, donde Platón hace notar que, para vivir de veras en la felicidad, no solamente es necesario no cometer ninguna injusticia, sino ‘también no exponerse a padecerla.

CARTA VIII

1. La carta tiene los mismos destinatarios que la anterior. Sin embargo, ha cambiado el tono: la melancolía, el acento de desaliento que predominaba en la VII se han endulzado aquí y dejan lugar a una visión más esperanza­da del futuro. Cuando se escribió la VII, no había lugar a entretenerse en planes políticos. Platón se contenta con unos consejos generales, más bien teóricos, consejos de ética individual y social, que preparan las almas para las futu­ras reformas. Aquí, por el contrario, Platón describe un plan preciso y concreto de gobierno, y traza las grandes líneas de un régimen cons­titucional, ya que en este momento es posible pensar en ello. Luego de trece meses de dicta­dura anárquica, Calipo; el asesino de Dión, ha sido echado del poder (años 353-352) por el que había llegado a ser el alma de la resisten­cia, Hiparino, hijo de Dionisio el Viejo y sobrino de Dión. Podían revivir todas las es­peranzas de otros tiempos. Pero ¿cómo hacer reinar de repente el orden donde había domina­do la sedición durante tanto tiempo? Una vez más se recurre al filósofo cuyos sabios consejos dirigieran a Dión. Platón cree quizá poder reali­zar aún sus sueños de Sicilia. La carta se dirige a los parientes y amigos de Dión, así como tam­bién a todos los siracusanos. Más aún, se dirige también a los adversarios. Solo queda excluido Calipo: no hay perdón para el que asesinó a Dión, el amigo. Tenemos nuevamente una «carta abierta».

2. Platón adopta ahora el papel de con­ciliador que siempre había soñado. Con un poco de escepticismo en el corazón, más o menos velado, el filósofo da los consejos que se le piden. Primero, un consejo general y teórico. Miremos al pasado. La familia de Dionisio

salvó a Sicilia de los bárbaros. Se le debe, pues, gratitud y reconocimiento. Es verdad que la tiranía ha abusado del poder que se le confió en aquella circunstancias. Bien sufre ahora el castigo de ello y lo seguirá sufriendo. Sin embargo, para prevenir un mal mayor es pre­ciso reconciliarse con el tirano destronado. Sin ello, renacerán continuamente las disensiones, y esto significará la muerte de la civilización grie­ga. Los dos partidos, el que está en el poder y el del pueblo, deben llegar a una inteligencia en la forma de gobierno. Hay que evitar la tiranía, hay que transformar el régimen constitucional anterior en una realeza moderada, al estilo de la instituida por Licurgo. Pero al misma tiempo hay que evitar el régimen de absoluta libertad del pueblo.

Siguen a estos, en segundo lugar, una serie de consejos inmediatamente prácticos. Para que ellos cobren una mayor autoridad a los ojos de los lectores pone Platón esos consejos en boca de Dión, usando un artificio literario que ha empleado ya en los Diálogos: la voz del difunto Dión será ya la que hable hasta el fin de la carta.

3. La Carta -VIII es de las más unánime­mente respetadas por la critica en lo que toca a su autenticidad. Hay sin embargo, algunos aspec­tos que podrían hacer vacilar esta creencia. Vamos a recorrer brevemente estas dificultades.

a) Parece haber una discrepancia entre lo que dice la carta acerca del origen de la tiranía y la que cuentan Diodoro y Plutarco sobre el particular. La dificultad yace sobre todo en la sorprendente expresión «tirano autócrata», auto­ridad de que, según la carta, fue investido Dio­nisio. La expresión que usan los historiadores es la de «general autócrata», que está realmente en consonancia con las costumbres sicilianas para casos de urgencia política, insistiendo en el hecho de que compartió esa «jefatura» suprema con Hiparino. Aristóteles, en la Política (V, S), cuando explica el paso de la oligarquía a la tiranía, explica ese intento de «los mismos jefes» de asumir todo el mando. Ahora bien: la carta alude a esa misma especie de aclamación popular de que hablan Diodoro y Plutarco. ¿Sería, pues, temerario pensar que el autor originariamente escribiera «general» y que el término «tirano» se debiera a un error de copista apresurado y rutinario ?

b)         El segundo punto que podría plantear al­guna dificultad es el pasaje que habla de la ins­titución de los éforos (354 b). Este texto, en efecto, discrepa así del de las Leyes, (Ili, 692 a). La carta atribuye a Licurgo la institución del Senado y los éforos. En las Leyes, junto a una divinidad y a un hombre casi divino-sin duda Licurgo-, se nos cita a un «tercer salvador» del Estado–quizá Teopompo-, que moderó aún más el absolutismo real con la autoridad de los éforos. Ahora bien: es muy raro que un plagiario o falsificador, que en otras cosas debía haber sido tan fiel imitador de las Leyes, hu­biera dejado que se le deslizara aquí una falta de exactitud tan notable. Lo más lógico es pen­sar, como sugiere Wilamowitz, que el autor de la carta atienda más al espíritu que a la letra de la historia, y que atribuye a Licurgo la Cons­titución espartana de una manera general, igual que sé atribuía a Solón la democracia ateniense.

c)         Respecto del pasaje 354 d, se discute el hecho de la lapidación ilegal de los diez generales que mandaban antes de Dionisio; esto, en efecto, habría ocurrido en Agrigento, no en Siracusa. Sin embargo, las fuentes con que contamos en la actualidad no contradicen el hecho que cuenta la carta. Diodoro no menciona la ejecución, sino tan solo el levantamiento del pueblo contra estos generales, bajo la instigación de Dionisio. No podemos, pues, considerar a priori falsos los detalles que omite Diodoro. Por el contrario, las coincidencias con el historiador en lo demás hacen más verosímil y valioso el testimonio de la carta.

d)         En la cuestión del hijo de Dión (355 e/ 356 a) es donde parece hallarse la dificultad más grave, ya que parece un anacronismo ab­surdo. Plutarco y Cornelio Nepote afirman que el hijo de Dión, Hiparino, murió antes que su padre. Esta dificultad coincide en parte con la de la carta anterior; solo que allí la alusión era más ambigua. Las principales soluciones apun­tadas-ninguna satisfactoria-son las siguien­tes: Apelt rechaza el testimonio de Plutarco y Cornelio Nepote; Ritter achaca el error de,

Platón a los obstáculos que impedían entonces que un ateniense estuviera bien informado de los acontecimientos de Sicilia, sobre todo los de menor importancia. La explicación de Post pa­rece más satisfactoria. Aquí se habla de un se­gundo hijo de Dión, cuyo nombre nos es des­conocido. E1 mismo Plutarco atestigua su exis­tencia: vino al mundo una vez muerto su padre (Dión, 57, 58). No parece aventurado pensar que Platón se refiera a él, aun cuando en aquel momento fuera un niño. El mismo texto favorece esta interpretación. Los otros dos candidatos, en efecto, son presentados con determinaciones muy precisas; el hijo de Dión, en cambio, es presen­tado como representante de su padre y de su abuelo, pero sin otro rasgo característico que permita su identificación. Pero ¿cómo puede decir el autor que aquel niño posee el ideal de su padre? Sin recurrir a la creencia del filósofo en los factores hereditarios del carácter y la educación, basta observar la forma en que se expresa: su manera de hablar supone que este espíritu que él exige para su régimen político no existe todavía en el alma de los futuros so­beranos, sino que ellos lo van a adquirir gracias a la reflexión y al ejercicio de la razón (357 b).

4. En su contenido, la carta coincide con las ideas políticas de la anterior y, sobre todo, de una manera sorprendente, con los sueños de ciudad ideal que expone el Ateniense en las Leyes. Ambos textos presentan una honda con­formidad, sin que la carta produzca por ello la impresión de un arreglo servil o una imitación burda. Las dificultades de tipo histórico no son suficientes para probar la inautenticidad, ni son inexplicables. También la pureza del lenguaje -afín a las mejores páginas de los últimos diálogos-contribuye a la conclusión de que lo más lógico y natural es atribuir la carta al mismo Platón.

PLATÓN A LOS PARIENTES Y AMIGOS DE DIÓN:

Mucho éxito..

Voy a hacer lo posible por explicaros cuáles deben ser vuestros sentimientos, para que ver­daderamente podáis vivir una vida de bien y de dicha. Y espero poderos dar consejos sa­ludables, a vosotros sin duda y esto en prime­rísimo lugar, pero no tan solo a vosotros, sino también y en segundo lugar a todos los sira­cusanos, y finalmente, en tercer lugar, a vues­tros adversarios y a vuestros enemigos, excep­tuando, sin embargo, a todo el que se haya portado de manera criminal, pues no existe remedio alguno para acciones tales y nadie podría nunca purificarse de ellas1. Prestad, pues, atención a lo que os voy a decir.

Desde la caída de la tiranía hay entre vos­otros en Sicilia disensiones sin fin por esta misma cuestión: los unos buscan la manera de recuperar el poder; los otros quieren hacer definitiva la supresión de la tiranía. Ahora bien: el único consejo que en tales circunstan­cias parece justo siempre a la multitud es el de hacer el mayor mal posible a los enemigos y el mayor bien a los amigos. Pero no es ni mucho menos fácil hacer mucho mal a los otros sin padecer uno mismo a la vez mucho mal. Y no es necesario ir muy lejos para verlo claramente. Basta con mirar lo que pasa ahí mismo, en Sicilia, donde los unos intentan obrar y donde los otros se defienden contra las actividades de los primeros. Incluso, si vosotros se lo contarais a otros, podríais darles siempre lecciones pro­vechosas. Ciertamente no hay escasez de ejem­plos de esta clase; en cambio, qué medidas podrían ser útiles a todos, enemigos y amigos, o lo menos nocivas a los unos y a los otros, esto sí que es difícil de ver, así como de rea­lizar una vez se ha comprendido, y un consejo en semejante materia o un intento de explica­ción se asemeja más bien a un deseo piadoso2.

Que sea esto, pues, un piadoso deseo ya que los dioses deben ser siempre el principio de todas nuestras palabras y de todos nuestros pensamientos-y que encuentre su realización, inspirándonos reflexiones como las que van a seguir a continuación.

En la actualidad, vosotros y vuestros ene­migos, poco más o menos desde el tiempo en que la guerra hizo estragos entre vosotros3, no habéis dejado de obedecer a una familia que vuestros padres elevaron en otro tiempo al po­der en un momento de extremado peligro, cuan­do Sicilia, tierra de los griegos, corría el riesgo inminente de ser enteramente devastada y re­ducida a la barbarie por los cartagineses. Vues­tros padres, en efecto, escogieron entonces a Dionisio a causa de su juventud y de su valor guerrero, para que se hiciera cargo de los asun­tos militares que eran de su competencia, y tomaron como consejero, a causa de la expe­riencia de la edad, a Hiparino, y para salvar Sicilia se dice que los nombraron dictadores militares. La salvación que se consiguió enton­ces, ¿hay que atribuirla a una buena suerte divina y a un dios, o bien al valor de los jefes, o bien a estas dos causas, ayudadas por el concurso de los ciudadanos de aquel tiempo?4. Dejemos a cada uno con su opinión; en todo caso, esto fue ciertamente la salvación para aquella generación. Es, por tanto, justo que, puesto que estos salvadores se mostraron tan notables, todos conserven un espíritu de re­conocimiento para con ellos. Si, luego de esto, la tiranía abusó del momento presente de la ciudad, ella ha sufrido ya en parte el castigo de ello y todavía habrá de ser castigada por ello5. Pero ¿cuál sería la pena necesariamente justa para los responsables del actual estado de las cosas? Si vosotros pudierais esquivarlos fácilmente sin grandes peligros y sin esfuerzos, o bien si ellos pudieran, por su parte, volver a tomar fácilmente el poder, dejaría de ser oportuno que os diera los consejos que os quiero sugerir. Por el momento es necesario que por ambas partes tengáis bien presente en vuestro espíritu y recordéis cuántas veces, tanto los unos como los otros, habéis tenido la espe­ranza en cada ocasión de veros separados del éxito total por una nadería, y esta nadería, sin embargo, ha sido siempre la causa de in­mensos e innumerables males; no se ve nunca el fin de ellos, antes continuamente lo que parece ser el fin de una dificultad antigua se une con el nacimiento de un nuevo problema, y bajo el peso de esta cadena corre peligro de ve­nirse abajo tanto el partido de la tiranía en su totalidad como el partido democrático. Enton­ces, si se produce esta cosa horrible, pero muy verosímil, morirá en toda Sicilia la lengua grie­ga, por haber caído el territorio en manos y bajo el poder de los fenicios o los oscos6. Contra esta eventualidad, todos los griegos han de buscar, con todas sus energías, un remedio. Ahora bien: si alguien sabe alguno más eficaz y mejor que el mío, este de que os voy a hablar, que lo proponga: este tal merecerá a buen tí­tulo el nombre de amigo de los griegos.

Lo que yo en estos momentos pienso inten­taré decíroslo con toda sinceridad y haciendo uso de un razonamiento justo e imparcial. Hablo, por así decirlo, como árbitro que se dirige a las dos partes7, al partido que ha ejercido la tiranía y al partido que la ha sufrido, y a cada uno de ellos, como si solo estuviera él, le doy mi consejo, que no es nuevo. En pri­mer lugar, al menos por mi parte, yo com­prometería a todo tirano a que evitara el nom­bre y la realidad de esto y que, de ser posible,

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transformara su poder en una realeza. Ahora bien: esto es posible, como lo ha demostrado de hecho el sabio y virtuoso Licurgo: vio que sus parientes, en Argos y en Mesenia, habían pasado de la realeza a la tiranía y que de esta manera habían sido causa, cada uno por su parte, dé su propia ruina y de la de la ciudad. Entonces, temiendo a la vez por su patria y por su familia, les dio como remedio la ins­titución del Senado y la atadura de los éforos, saludable al poder real. Gracias a esto, este poder real se ha conservado gloriosamente durante tantas generaciones, pues era la ley la que mandaba como reina a los hombres y no los hombres los que se hacían tiranos de las leyes. Esto es, pues, lo que mi razonamiento aconseja ahora a todos: a los partidarios de la tiranía les aconsejo que se aparten y que huyan sin compasión de lo que las gentes insaciables e insensatas miran como la felicidad, que in­tenten transformar el régimen en realeza y obe­dezcan a las leyes reales, no aceptando los honores supremos más que de la voluntad de los hombres y de las leyes. En cuanto a los que buscan unas instituciones liberales y hu­yen del yugo de la servidumbre como un mal, les diré que se guarden de caer, por el deseo insaciable de una libertad sin freno, en la enfer­medad de sus antepasados, enfermedad que estos padecieron a causa de la falta de autori­dad, lo cual era a su vez consecuencia de su exagerado amor a la libertad. Antes del go­bierno de Hiparino y Dionisio, los sicilianos vivían felices, según ellos mismos creían, llevan­do una vida de placer y haciéndose al mismo tiempo jefes de sus jefes. Hicieron lapidar a los diez generales que gobernaban antes de Dioni­sio sin someterlos a ningún juicio legal, y esto para no tener que obedecer a ningún dominio justo o conforme a la ley y para ser completa­mente libres. Pues bien: esto fue para ellos el origen de las tiranías. La esclavitud y la liber­tad exageradas son las dos un muy grande mal; moderadas, son magníficas. La sumisión a la divinidad se conforma con la medida; sobre­pasa toda medida, si se dirige al hombre. Aho­ra bien: para las personas sabias, la divinidad es la ley; para los insensatos, es el placer’8.

Puesto que ello es así, los consejos que doy ruego a los amigos de Dión los hagan llegar a todos los siracusanos, por ser la opinión común de los dos, la suya y la mía. En cuanto a mí, voy a interpretar lo que él os diría en estos momentos si aún viviera y pudiera hablar. Pues bien, alguien podría preguntarnos: ¿qué nos dice el consejo de Dión acerca de los asun­tos presentes? Lo siguiente:

«Ante todo, siracusanos, recibid unas leyes cuya naturaleza no os lleve a dirigir vuestros pensamientos hacia .la pasión del lucro y la riqueza. Antes bien: de estas tres cosas, el alma, el cuerpo y las riquezas, de lo que hay que ha­cer más caso es de la virtud del alma’9; en se­gundo lugar, hay que atender a la del cuerpo, que se halla por debajo de la virtud del alma; en tercer y último lugar se encuentran las ri­quezas, hechas para el servicio del alma y el cuerpo. Una institución que diera realidad, en­tre vosotros, a este orden sería una ley bien establecida, que daría la verdadera felicidad a los que a ella se sometieran”. En cambio, lla­mar dichosos a los ricos es un lenguaje en sí funesto, un lenguaje insensato, propio de mu­jeres y de niños, que hace igualmente insensa­tos y necios a los que creen en él. Lo que yo os aconsejo es la verdad, y si vosotros so­metéis a la experiencia lo que ahora os digo sobre las leyes, probaréis el efecto de ello, ya que en todo la experiencia es la mejor piedra de toque. Con tales leyes, puesto que Sicilia está en peligro y vosotros no sois suficiente­mente vencedores ni suficientemente venci­dos”, quizá os fuera justo y útil el tomar un

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partido intermedio, tanto los que huís de la opresión del poder absoluto como los que aspi­ran a reconquistarlo. En cuanto a estos últi­mos, sus antepasados de otros tiempos, hecho notable, salvaron a los griegos de los bárbaros. Gracias a ellos podéis deliberar ahora sobre la forma de gobierno. Si hubieran sido derrota­dos, no os habría quedado nada de todo ello, ni discusión ni esperanza. Ahora, pues, para unos, la libertad bajo el poder real; para los otros, la autoridad real responsable y sumisa a las leyes que gobiernan a los ciudadanos y a los mismos reyes, si no obran legalmente. Para organizar todo esto sanamente y sin se­gundas intenciones, con la ayuda de los dioses, tomad como reyes, primero a mi hijo, con una doble muestra de gratitud a mí y a mi padre -él, en otro tiempo, liberó la ciudad de los bárbaros; yo, en los tiempos presentes, os he liberado dos veces de la tiranía, vosotros ha­béis sido testigos de ello12-; luego, como se­gundo rey, el que lleva el mismo nombre que mi padre, el hijo de Dionisio, por la ayuda que nos ha prestado actualmente y por la rectitud de su carácter. Hijo de un tirano, ha liberado voluntariamente la ciudad y se ha granjeado, para sí y para su familia, un honor eterno en lugar de una tiranía efímera e injusta; en tercer lugar, hay que llamar a la realeza de Siracusa, como rey voluntario de una ciudad libremente sometida, a Dionisio hijo de Dionisio, actual jefe del ejército enemigo, si quiere transformar su poder en monarquía, por temor de los vira­jes de la fortuna, por piedad para con la patria, para con los templos y las tumbas desampa­radas y para que su ambición no lo arruine absolutamente todo, con gran alegría de los bárbaros. Así, pues, a estos tres reyes, a quie­nes conferiréis el poder de los reyes de Lace­demonia o una autoridad menor13, y esto de común acuerdo, los constituiréis de la siguiente manera, que es, por lo demás, la que yo he indicado ya14. Oídla, con todo, una vez más. Si la familia de Dionisio y de Hiparino quiere, para salvación de Sicilia, poner término a los males presentes aceptando estas dignidades para ellos y su descendencia en el presente y el futuro, convocad con este fin, como se ha dicho ya, diputados o representantes, los que ellos quieran, con plenos poderes para concluir la reconciliación-que sean del mismo país o de fuera, o una mezcla de ambos-, y en el número que les plazca. Estos encargados, a su llegada, comenzarán por establecer leyes y una Constitución, según la cual los reyes, como es lógico, tendrán la alta dirección de los asuntos sagrados y de todo lo que es decoroso se so­meta a bienhechores antiguos. Para que go­biernen en la guerra y en la paz, es necesario crear guardianes de las leyes en número de treinta y cinco, de acuerdo con el pueblo y el Consejo. Habrá tribunales especiales para cada clase de casos, pero la pena de muerte y el exilio será de exclusiva jurisdicción de los trein­ta y cinco. Por lo demás, se elegirán jueces, siempre entre los magistrados del año prece­dente, uno de cada magistratura, el que parezca mejor y más justo: a ellos corresponderá la responsabilidad de pronunciarse, durante el año siguiente, sobre la muerte, el encarcela­miento y el exilio de los ciudadanos. Al rey no se le permitirá ser juez en causas como estas: en su calidad de sacerdote, debe mantenerse puro de homicidios, de encarcelamientos y de proscripciones15.

Esos eran los proyectos que durante mi vida hacía yo para vosotros, y esos son aún los que pretendo imponer. Luego de haber vencido con vosotros a mis enemigos, si las Erinias, con una máscara de hospitalidad, no me hubiesen puesto trabas, ciertamente hace ya tiempo que hubiera llevado a buen fin mi plan. Y después de ello hubiera colonizado todo el resto de Sicilia, si los hechos hubieran respondido a mis deseos; habría echado a los bárbaros que hoy en día la tienen ocupada, y a todos cuantos no han combatido por la libertad común contra la tiranía: habría llevado a los antiguos ha­bitantes de los territorios griegos a sus antiguas moradas, las moradas de sus padres.

Esto es, pues, lo que aconsejo ahora a todos los que quieran unánimemente y que realicen y que exhorten a todo el mundo a que se ponga a hacerlo. A1 que se niegue o resista a ello, consideradlo como un enemigo público. No; esto no es imposible, pues tener aún como im­posible lo que conciben dos almas, lo que es evidentemente el mejor partido a tomar que puedan haber encontrado las personas que han reflexionado sobre ello, sería una falta absoluta de juicio. Me refiero a las dos almas, la del hijo de Dionisio, Hiparino, y la de mi propio hijo. Si ellos dos están de acuerdo, si llegan a un entendimiento, pienso yo, con los demás sira­cusanos, con aquellos al menos que sienten preocupación por el país. Ofreced, pues, a los dioses vuestros homenajes junto con vuestras plegarias, y también a todos aquellos que es conveniente unir con los dioses en vuestras ala­banzas; invitad, haced presión a los amigos y a los enemigos, de manera amistosa y sin debi­lidad, hasta que llegue el día en que todas nues­tras palabras, semejantes a un sueño divino que nos visitara durante la vigilia, llegarán a ser una brillante y feliz realidad.»

1          Alude al asesino de Dión, Calipo.

2 Platón emplea con frecuencia esta expresión de «piadoso deseo», es decir, de deseo del que apenas se espera la realización

3 La guerra es, para los sicilianos, la guerra contra el enemigo tradicional, los cartagineses. Esta duró más o menos unos setenta años, casi sin interrupción desde 409.

4 Diodoro-XIII, 91/9ó-cuenta largamente los acontecimientos que llevaron al poder a Dionisio y contribuyeron a la salvación de Sicilia. Las turbaciones ocasionadas por las victorias cartaginesas y la incapa­cidad de los jefes siracusanos amenazaron con la aniqui­lación de toda Sicilia XII, 91 . Se imponía, pues, una dictadura para la salvación del pais.

5 En la época en que se escribió la carta, Dionisio había huido y Sicilia estaba en poder de sus adversarios políticos.

6          ¿Se trata de los romanos, como pretende Niebuhr? Parece que es demasiado pronto para hablar de ellos; quizá se podría pensar más razonablemente en los samnitas…

7 Se alude al papel del árbitro en el derecho ate­niense: el árbitro formula las decisiones de transacción de las dos partes. Cfr. Aristóteles, Constitución de Ate­nas,53

8 La lógica que une estas dos últimas proposiciones se encuentra más en el pensamiento de Platón que en la expresión que él nos da. Hay que suponer una idea intermedia, y entender así su frase: La divinidad o Dios es, para las gentes sensatas, la ley que expresa la volun­tad divina; los insensatos se forjan una divinidad suya, el placer, que no tiene nada de divino y no exige nuestra sumisión. En Leyes, Vi, 762 e, la obediencia a las leyes se identifica con el servicio a los dioses.

9          La doctrina de la jerarquía de los bienes se encuen­tra ya en el Gorgias, 477 c y ss.

10 Ese es para Platón el distintivo de las buenas leyes: hacer felices a los que las observan.

11 Hiparino había arrojado a Calipo del poder, pero los partidos, muy divididos, carecían de fuerza. Dionisio mantenía sus contactos con la ciudad y acechaba el momento favorable para su regreso. De hecho, luego de haber gobernado dos años, Hiparino fue también de­rribado del poder. Se sucedieron entonces una serie de tiranos. Y diez años después de su caída, Dionisio volvió a tomar el poder por algún tiempo: Plutarco, Timo(eón, l

12 Cfr. Carta Vil, 333 b.

13 De hecho, la autoridad de los reyes espartanos era casi nula y su cargo era casi exclusivamente hono­ríGco y sobre todo religioso.

14        Probable alusión a la Carta VII, 337 6 y siguientes.

15 Platón ha dejado ya indicados los grandes trazos de este plan político en la Carta VII, 337 6 y ss. Lo volverá a tomar y lo desarrollará en las Leyes. Las divergencias que podemos comprobar entre el diálogo y las Cartas se refieren solamente a puntos secundarios, siendo el mismo el espíritu.

CARTA IX

Seguimos sin alejarnos del medio pitagórico que creó las Cartas 77, VI y XIII. El destinatario es Arquitas de Tarento, jefe de Estado y filó­sofo, discípulo de Filolao y amigo de Platón. Gracias a Platón se había creado una amistad de carácter científico y político entre Arquitas y Dionisio de Siracusa. El tirano de Tarento se hizo célebre por sus inventos mecánicos y sus descubrimientos matemáticos.

La carta no puede referirse a antes de 388, cuando Platón volvió de su primer viaje a Italia, durante el cual conoció a Arquitas. No es po­sible precisar más en qué fecha se situaría, real o ficticiamente, la carta.

La que tenemos delante responde a una de Arquita.s, llevada a Platón por Arquipo y Filó­nides. El filósofo ateniense responde a sus quejas de no poder abandonar sus quehaceres políticos para entregarse del todo a sus estudios pitagó­ricos predilectos. No hemos nacido para nos­otros solos, dice Platón; nuestra vida se reparte entre la patria, los parientes, los amigos y las circunstancias que orientan nuestra actividad.

Cicerón cita dos veces este pensamiento, refi­riéndolo a Platón (De fin., II, 14; De off., I, 7). En la misma carta no hay ningún indicio bien’ claro que permita corroborar o impugnar el tes­timonio de Cicerón en favor de la autenticidad. No es imposible que Platón expresara esta idea, aun cuando esta era ya un tópico al alcance de cualquier retórico.

Hay, sin embargo, dos puntos difíciles. No nos dan una razón definitiva contra la autentici­dad, pero quizá debilitan la autoridad de Cicerón como testimonio. Uno de ellos es el uso único en todo Platón de una expresión que parece ser típica de la lengua helenística. Esto, empe­ro, podría aún explicarse por una rutina de co­pista.

El otro está en la atribución del epíteto «joven» a Ejécrates o Echécrates, si se admite, como pretenden incluso los que defienden tenazmente la autenticidad de la carta, que se trata del mismo Ejécrates de que habla el Fedón y que fue discípulo de Sócrates: en 388 no era ya ciertamente un «joven».

PLATÓN A ARQUITAS DE TARENTO:

Mucho éxito.

Arquipo y Filónides, así como sus com­pañeros, han llegado con la carta que les has confiado y nos han dado noticias tuyas. Han negociado fácilmente los asuntos referentes a la ciudad; por lo demás, no eran muy com­plicados. En cuanto a ti se refiere, nos han contado tu enojo por no poderte ver libre de los negocios públicos. Sin duda, en la vida es muy agradable poder entregarse a sus propias ocupaciones, sobre todo cuando uno ha esco­gido las que tú has querido para ti; resulta ello demasiado evidente. Sin embargo, te conviene reflexionar en esto: ninguno de nosotros existe tan solo para sí mismo, sino que la patria reivindica una parte de nuestra existencia, nuestros padres exigen otra, así como nuestros parientes, otra aún nuestros amigos y, final­mente, una gran parte queda consagrada a las circunstancias que se apoderan de nuestra vida.

Pues bien: cuando la patria nos llama a tomar entre manos los intereses públicos, ¿no sería inconveniente negarse a ello? Pues con ello viene a suceder que uno deja el lugar a gentes malas que, si se emplean en los asuntos del Estado, no se dejan llevar en absoluto en su gestión por el deseo del bien. Pero baste ya so­bre esta cuestión lo dicho. En cuanto a Eque­crato, nos cuidamos de él actualmente y se­guiremos haciéndolo en el futuro, por conside­ración a ti, a su padre Frinion y al mismo joven en persona.

CARTA X

Aristodoro, el personaje a quien va dirigido este brevísimo billete, nos es totalmente des­conocido. Se trata de un amigo de Dión, y el autor de la carta alaba su constante fidelidad para con el exiliado: fidelidad y lealtad, firmeza, salud moral y sinceridad; esas cosas constituyen la verdadera filosofía o sabiduría. Los demás conocimientos son sutilezas.

La carta es demasiado breve para poder juz­gar de su autenticidad o inautenticidad. Nada se opone a que sea de Platón. Las reminiscencias

‘ de los Diálogos son abundantes, aun en la es­cueta brevedad de la misma, y el espíritu es muy platónico. En Gorgias, Teeteto, Fedón, hemos visto oponer la verdadera filosofa al saber práctico de los sofistas y a sus sutilezas. Y los distintivos de la verdad son esos mismos caracteres que, para el autor de la carta, cons­tituyen la filosofa verdadera: Fedón, Filebo, Timeo, Carta VII. Pero más aún parece ser fuente de estas líneas el libro VI de la Repú­blica, especialmente 499 y ss., donde Platón describe el carácter naturalmente filosófico.

Si la carta, pues, no fuera de Platón y fuera solo un ejercicio de escuela y una imitación de los Diálogos, habría que reconocer que re­produce con maravillosa exactitud las ideas y el estilo mismo de Platón.

X

Oigo decir que te cuentas entre los amigos más íntimos de Dión y que siempre lo has sido, manifestando la sabiduría de carácter propia de la filosofía: pues la firmeza, la fi­delidad, la sinceridad, eso es lo que llamo la

verdadera filosofía. En cuanto a las demás ciencias, a las otras capacidades o habi­lidades, cuyos fines son distintos, creo de­signarlas con exactitud al calificarlas de sutilezas. Así, pues, pórtate bien y conserva la actitud que hasta el momento has con­servado.

CARTA XI

El destinatario de esta carta es Laodamas. ¿Es acaso el discípulo aquel de Platón de que nos hablan Proclo y Diógenes Laercio (III, 24), el matemático de Taso que, orientado por las enseñanzas de su maestro, introdujo el método analítico en la geometría? Nada hay en el texto de la carta que nos permita determinar este punto. En ella se nos presenta como político deseoso de dar una buena legislación a una colo­nia recién fundada. Laodamas no puede ir perso­nalmente a Atenas y ruega que vaya el mismo Platón o que le envíe a Sócrates-Sócrates el Joven, claro está, de quien se habla en los úl­timos diálogos platónicos.

Platón responde negativamente. Sócrates está enfermo. Y él cree no debe acceder personal­mente a los deseos de Laodamas. La razón prin­cipal de la negativa está en que no confía en el éxito de la empresa y no quiere comprometer su nombre ni cargar con la responsabilidad de ello. Le da su consejo, muy sencillo: es inútil pensar en imponer una legislación, por buena que sea, si no existe un gobierno fuerte capaz de mantener la rectitud de las costumbres en todos los súbditos. La moralidad es el primer fáctor del orden social. Si en la nueva colonia, como es de temer, no hay hombres capaces de tener esta autoridad, hay que rogar a los dioses;

quizá ellos hagan aparecer algún día al hombre necesario, ellos y las circunstancias.

El pensamiento no es extraño. a Platón. Y es posible que elfilósofo haya escrito en este sen­tido a alguno de sus antiguos discípulos, dema­siado inquieto por aplicar principios extremada­mente delicados en un terreno mal dispuesto para ello. Hay una analogía entre la Carta XI y el método que la VII (330 d/331 d) recomienda a los consejeros de Estado. En ambas se insiste en la reforma de costumbres que debe preceder a toda restauración. Si la Carta XI es una imita­ción, habrá que reconocer que, pese a ello, se mantiene bastante independiente del mo­delo.   ‘

Ritter ha observado,_en ella expresiones cer­canas a las de la II y la XIII. Así y todo, esas semejanzas son demasiado superficiales para que se pueda concluir nada de ellas. La fórmula con que se notifica la enfermedad de Sócrates no tiene precedentes en la obra platónica y quizá tampoco en toda la literatura del siglo IV. Es el único indicio que podría probar el carácter apócrifo de la carta, de no deberse, como quizá en otras ocasiones, a una rutina de copista poste­rior. E1 resto, ideología y estilo, no ofrecen ningún argumento valioso ni en pro ni en contra de la autenticidad.

.

PLATON A LAODAMAS: Mucho éxito.

Te he escrito ya que en la cuestión de todos los asuntos de que tú me hablas sería muy provechoso que vinieras a Atenas personal­mente. Pero puesto que, como tú afirmas, esto no es posible, lo mejor entonces sería que fuera yo personalmente a verte, _o bien que fuera Só­crates, como tú lo pides en tu carta. Pero en la actualidad Sócrates padece una estrangurria. En cuanto a mí, si una vez allí no consiguiera llevar a buen término la empresa a que me invitas, resultaría ello muy humillante. Ahora bien: yo no tengo grandes esperanzas en el buen éxito de esto. ¿Por qué? Necesitaría una segunda carta, y muy larga, para explicártelo detalladamente. Por lo demás, a causa de mi edad, no tengo ya la fuerza física suficiente para correr las aventuras y afrontar los pe­ligros que uno encuentra por tierra y por mar, ya que actualmente los viajes están llenos de riesgos peligrosos. Sin embargo, puedo darte mis consejos, a ti y a los colonizadores. Dicho por mí, de acuerdo con el dicho de Hesíodo1, esto parecerá muy sencillo, pero, no obstante, era difícil de concebir. Si alguien se imagina que basta con promulgar leyes, sean estas las que sean, para establecer sólidamente una cons­titución, sin que haya ningún hombre con autoridad2 que vele sobre el género de vida que se lleva en la ciudad, de manera que se haga reinar en ella la templanza y la energía, tanto entre los esclavos como entre los hombres libres, no se ve la cuestión correctamente. Esto se conseguirá con éxito si hay hombres dignos de este poder. Pero si tenéis necesidad de al­guien que os forme, creo que no hay entre vosotros ni maestro ni discípulos, y no os queda otro recurso que invocar a los dioses. Pues, en efecto, esta es poco más o menos la manera en que han sido fundadas las ciudades antiguas, administradas luego felizmente cuan­do acontecimientos importantes, bien fuera que se debieran a una gueira, bien a otra cosa distinta, han hecho surgir, en tales cir­cunstancias, un hombre de gran valía, armado de un gran poder. Es, pues, necesario tomarse de antemano todo esto con mucho interés, y es así mismo. necesario reflexionar en todo lo que digo y no obrar a la ligera, fiándose en lo fácil del éxito. Buena suerte.

1 No parece necesario identificar el dicho de Hesíodo citado aquí con el verso 483-84 de Los trabajos y lo, días. A lo más hay una analogía de pensamiento entre los dos. Hoy en día suele reconocerse aquí más general­mente un fragmento de una obra desaparecida-frag­mento 229

2 Cfr. Leyes, XII, 962 b.

CARTA XII

Ya en la antigüedad se dudaba de la autenti­cidad de esta carta, y los manuscritos se hacen eco de estas dudas.

Sus breves líneas acusan la recepción de unos escritos pitagóricos enviados por Arguitas y anuncian materiales previos para una obra futura. Responde probablemente a una carta, también falsa, del tirano de Tarento a Platón (Cfr. Dió­genes Laercio, VIII, 80). Esta habla de los escritos de Ocellos, que se compusieron como muy pronto durante el siglo I de nuestra era.

Ambas cartas, pues, no pueden ser anteriores al siglo I después de Jesucristo. Quizá el autor de las dos cartas no sea el mismo. La respuesta de Platón alude a una petición que le hiciera Arquitas de que le mandara ciertos trabajos, mientras que la supuesta carta del tirano no pide nada de esto.

La alusión al secreto pitagórico con que acababa la carta nos resulta ya familiar, como de un medio que tenía interés en acercar las dos ideologías platónica y pitagórica.

PLATÓN A ARQUITAS DE TARENTO:

Mucho éxito.

Hemos recibido con gran complacencia los escritos que nos mandas y hemos admirado en sumo grado a su autor. Nos ha parecido digno de aquellos antepasados suyos de otro tiempo; se dice, en efecto, que esos hombres eran de Mira -formarían parte del número de aquellos troyanos que emigraron bajo Laome­donte-, hombres de bien, según nos lo refiere la tradición. En cuanto a estos trabajos míos respecto de los cuales me escribes, no están todavía a punto; sin embargo, te los mando tal cual están. Ambos a dos estamos perfecta­mente de acuerdo acerca del cuidado y soli­citud con que conviene guardarlos, y no tengo por qué insistir de ninguna manera en ello.

(Se niega que  sea de Platón.)

CARTA XIII

1.         A1 igual que las Cartas I, II y III, está dirigida a Dionisio. La II y la XIII se suponen escritas luego del segundo viaje a Sicilia. Las relaciones que ellas manifiestan son confiadas y aun bastante íntimas. En caso de admitirse la autenticidad de las Cartas II y XIII, hay un detalle que nos permite determinar la crono­logía relativa de ambas. En la II se habla de Polxeno como de persona bien conocida de Dionisio, que vive junto al tirano (314 d). En la XIII, en cambio, Polxeno es presentado al tirano como hombre de quien este oye hablar por primera vez. La XIII sería, pues, anterior a la II.

La carta se considera escrita en la primavera de 366. Dión había sido desterrado de Siracusa, aunque solo por un tiempo, al decir de Dionisio. De no ser por la guerra con Lucania, posible­mente Platón no habría abandonado Sicilia. Partió, pues, pero no sin haber determinado con Dilonisio lo referente a su vuelta, así como al regreso de Dión. Durante su ausencia de Sira­cusa, el filósofo no pierde contacto con el tirano: la Carta XIII atestigua estas relaciones epistolares.

2.         Platón adopta en la Carta XIII un papel singularisimo, podríamos decir inédito en él. Viene a ser algo así como un intendente de Dionisio en Grecia, y la carta es una carta de negocios. El filósofo administra bienes de Dio­nisio, le compra toda clase de cosas y se las envía, y con toda libertad utiliza, con discreción también, sin duda, los fondos del tirano para sus propias necesidades. Incluso hay algo que hace pensar que se interesa más por los asuntos de Dionisio que por los de Dión-¡contra lo dicho en otros sitios!-. Parece, en efecto, hacerse cómplice del tirano, interviniendo en

un misterioso proyecto, mencionado en la carta con palabras encubiertas (362 e): Según Plu­tarco (Dión; 2]), Dionisio había pensado en dar como esposa a uno de sus amigos, Timó­crates, a la mujer de Dión, cosa que de hecho realizó más tarde.

Esta carta, muy distinta en tono y forma de las precedentes, evidencia entre Platón y Dio­nisio una intimidad y familiaridad, una compli­cidad incluso, que no vemos en otra parte.

3.         Es esta una de las cartas cuya autentici­dad más se ha discutido. Hemos dicho ya algo en la introducción general al epistolario plató­nico. Los argumentos extrínsecos contra la autenticidad no tienen, con todo, apenas ningún valor. Sí, en cambio, despiertan una mayor des­confianza los argumentos y dificultades in­trínsecos. Si damos fe a lo que enseña la Car­ta VII y a lo que dice Plutarco, hallamos en la Carta XIII una serie de inverosimilitudes psíquicas e históricas. Apenas, en efecto, nos es posible reconocer en ella al filósofo desinte­resado del Banquete, el Teeteto o la República. Podría decirse que el carácter de un hombre es, con frecuencia, menos idealista que sus doctri­nas. Pero esto tendría valor si siempre se hu­biera manifestado en Platón esa discrepancia entre doctrina y obras, cosa falsa. Hasta el momento hemos visto, sí, una amistad entre el tirano y el filósofo, pero no una honda intimidad. El amigo querido, por el contrario, el confidente, es Dión. Por él ha ido Platón a Sicilia y por é/ irá la tercera vez. Frente a esto, que es lo que nos dice la historia, el Platón de esta Carta XIII se nos antoja un vulgar cortesano de Dionisio, no un maestro de sabiduría. No piensa más que en los intereses materiales del tirano y sin des­cuidar a un tiempo los suyos propios. Emplea los fondos del tirano para constituir una dote para sus sobrinas, y separa por adelantado diez minas para el monumento funerario de su madre, que aún vive.

Se ve que Platón, hombre de negocios por el momento, no ha pensado aún en lo que va a escribir Platón legislador en contra de la dote y acerca de los gastos que se pueden permitir en los funerales-¡un máximo de cinco minas para la clase más elevada! (cfr. Leyes, V, 742 c; VI, 774 c y ss.; XII, 959 d). Y lo que resulta aún más grave es la posición de casi complicidad con Dionisio. Para admitir esto tendríamos que suponer el absurdo de una con­tinua hipocresía, nunca manifestada ni traicio­nada, en toda la actividad de Platón. Además, ¿para qué esa insistencia en enviar a Dionisio maestros, si se halla absorbido por los cuidados de la guerra? «Para cuando estés más libre», dice el texto. Pero ¿es que Platón no piensa ya en su ida a Sicilia ?¿ Y con qué fin ha deformarse Dionisio en la filosofía Para ser mejor y tam­bién para granjearse la gloria. Precisamente lo que la Carta VII reprocha en Dionisio: el haber buscado la sabiduría por la gloria que le podía producir (344 e).

Lo que más desconcierta en la carta es la precisión de pequeños detalles de imposible comprobación, junto a la vaguedad de las indi­caciones que permitirían situar los aconteci­mientos y apreciarlos debidamente. También es sospechosa la insistencia del escritor en que se considere auténtica su carta. Y el indicio que ha de diferenciar las cartas serias de las que no lo son. Pero el signo convencional «Dios», «los dioses», no tiene ningún antecedente platónico, y el conjunto hace pensar más en los misterios de que se rodeaban las doctrinas religiosas.

El estilo y el vocabulario, por su parte, re­cuerdan más, según dice Ritter, el de los últimos diálogos, lo cual no corresponde a la fecha en que debería situarse la carta por su contenido.

Todo esto provoca la desconfianza sobre la autenticidad. Es imposible designar el oscuro autor de la misma. Las alusiones veladas, los enigmas, el amor a lo misterioso, nos hacen pensar en algún partidario de alguna secta se­creta más o menos afiliada al pitagorismo.

XIII

PLATÓN- A DIONISIO, TIRANO DE SIRACUSA: Mucho éxito.

Que el comienzo de mi carta sea al mismo tiempo para ti la señal de su autenticidad. Un día en que tú habías recibido a comer a los jóvenes de Locria, estando recostado bastante lejos de mí, te levantaste, viniste a mi lado y, lleno de benevolencia, me dijiste alguna pa­labra amable, al menos tal me pareció a mí y también a mi vecino, que era un buen mu­chacho. Este último te dijo entonces: «Sin duda, Dionisio, que tú has sacado un buen provecho de Platón para el estudio de la sabi­duría.» «Y para muchas otras cosas-respon­diste tú-, pues con el simple hecho de haberlo invitado, como he hecho, he sacado ya in­mediatamente provecho.» Conservemos, pues, esta fin de que el bien que s relaciones, a podamos sacar e1 uno del otro vaya siempre en aumento. Con este fin te mando hoy al­gunos escritos pitagóricos y unas «divisiones»1 y también te envío, según nuestros ante­riores acuerdos, alguien de quien tú por lo menos, y Arquitas si va a tu casa, podréis hacer uso y aprovecharos. Se llama Helicón2 y es na­tivo de Cícico; es un discípulo de Eudoxo, cuyas doctrinas todas conoce admirablemente. Ade­más de esto, ha estado relacionado con un discípulo de Isócrates, así como con Polixeno, uno de los alumnos de Brison. Añade, cosa esta que es rara, que el trato y relación con él es agradable; no parece tener un carácter malo o difícil, sino que más bien es, creo yo, dulce y fácil. Digo todo esto vacilando, pues emito mi juicio sobre un hombre, un animal que no

es malo, pero sí cambiante, con excepción de algunos individuos raros en algunos puntos muy especiales. Por eso, movido por el temor y la desconfianza, he frecuentado personalmentee el trato de este hombre y lo he estudiado, y he interrogado también a sus conciudadanos, sin que nadie me haya dicho mal de él. A ti te toca, pues, examinarlo a tu vez y estar sobre aviso. Pero, sobre todo, si dispones de algún rato de ocio, instrúyete con él y entrégate a lo que sea investigación filosófica. En caso con­trario, haz que se instruya alguien para que tú puedas aprender en seguida, apenas tengas tiempo para ello, puedas ser mejor y adquirir de esta manera un buen nombre: de esta forma no dejarás de sacar de mí algún provecho. Y basta con esto acerca de este punto.

En cuanto a los objetos que me has escrito te enviara, me he ocupado del Apolo, y Lep­tino3 te lo lleva: es de un joven artista de talento que se llama Leochares4. Aún había en su casa también una obra de arte, muy linda según mi opinión. Por eso la he comprado para regalár­sela a tu mujer, que no dejó de cuidarme, es­tando enfermo y estando sano, de una manera digna de ti y de mí. Dásela, pues, si te parece bien. Te mando así mismo doce cántaros de vino dulce para los niños y dos de miel. En cuanto a los higos, hemos llegado después del tiempo de la cosecha, y las bayas de los arra­yanes, puestas en conserva, se habían podrido. Otra vez pondremos en ello más atención. Res­pecto de las plantas, Leptino te dará explica­ciones.

El dinero necesario para la compra de estas cosas y el pago de determinados impuestos se lo he pedido a Leptino. Le he dicho-y me pa­reció conveniente y justo decírselo-que de mi dinero había gastado yo para la nave de Leoca­dia alrededor de dieciséis minas. Así, pues, tomé esta suma de dinero, he hecho uso de ella y os he enviado estos objetos. Y ahora, respecto de la cuestión de los recursos moneta­rios, oye lo que hay de los que tú tienes en Atenas y de los míos. Yo haré uso de tu for­tuna, como ya te lo he dicho, de la misma ma­nera que hago con las de mis otros amigos; es decir, lo menos posible, exactamente lo que me parezca necesario, equitativo o conveniente, a mí y al que me adelanta el dinero y me hace las entregas. Pues bien: he aquí mi situación actual: mis sobrinas, las que murieron en aquel tiempo en que, a pesar de tus instancias, re­chacé la corona, han dejado cuatro muchachas a mi cargo. La primera se halla en edad de contraer matrimonio, la segunda tiene ocho años, la tercera un poco más de tres años y la cuarta no ha cumplido aún el año. Es necesario que, junto con mis amigos, les haga yo una dote a las que se vayan a casar estando aún en vida yo; en cuanto a las otras, no me pre­ocupan para nada. Por lo demás, a aquellas cuyo padre hubiera sido más rico que yo, no tenía yo por qué dotarlas. Pero por ahora yo soy el más rico y yo he dotado a sus madres de acuerdo con Dión y otros. Una de ellas se casa con Espeusippo, que es hermano de su madre. Apenas le hacen falta más de treinta minas; esta es para nosotros una dote muy suficiente. Incluso en el caso en que muriera mi madre, no tendría necesidad de más de diez minas para la construcción de su tumba. Y esto es poco más o menos lo que actualmente me es necesario. Si se ofrece algún otro gasto privado o público, ocasionado por mi viaje a ti, como te lo dije ya en otra ocasión, me esforzaré por reducirlo lo más posible, pero lo que yo no pueda evitar correrá a tu cargo.

Hablemos ahora de tus propios gastos en Atenas: en primer lugar, si he de emprender los gastos de una coreguía5 o cualquier otra cosa semejante, contrariamente a lo que pen­sábamos, no tienes aquí un solo huésped que quiera asumir el gasto ahora; añado a esto que, si ello es para ti un asunto de importancia -dado que hacer el desembolso inmediato te será ventajoso, y por el contrario, el abste­nerte de ello y retardarlo hasta la venida de uno de tus enviados te causará trastornos y daños-, además del desagrado que causa, será una cosa vergonzosa para ti. Ahora bien, yo he hecho la prueba de ello: despaché a Erasto a que fuera a ver a Andrómedes de Egina6, vuestro huésped, a quien tú me habías ordenado me dirigiera si tenía necesidad de alguna cosa; quería precisamente mandarte las otras cosas de consideración que tú reclamabas en tu carta. Este último me dio una respuesta bien natural y muy humana: él le había ya prestado dinero a tu padre y lo había reembolsado con dificul­tad. Que ahora me prestaría una pequeña suma, pero no más. Entonces le pedí prestado a Lep­tino, y en esto he de alabarle, no por habérmelo dado, sino por haberlo hecho de todo corazón. Por lo demás, él habla de ti y obra respecto a ti abiertamente como un verdadero amigo. Es muy conveniente que yo te haga saber, sean buenos o malos, qué tal me parecen ser los sentimientos de todos y cada uno para contigo. Así, pues, tocante al tema de tus recursos eco­nómicos, te hablaré con toda franqueza; es de justicia, y al mismo tiempo te podré informar, con conocimiento de causa, de lo que se refiere a los que te rodean. Los que han de presentarte la cuenta de todos los gastos de que deben informarte se niegan a hacerlo, por miedo a enfadarte. Habitúalos, pues, y fuérzalos a, que te hablen de este punto como de los demás. Es necesario que, en la medida de lo posible, estés enterado de todo y juzgues sin huir de la luz. Nada podrá ser más valioso para tu gobierno; el orden en los gastos y la exactitud en el pago de las deudas tienen toda clase de ventajas, y de manera especial en lo que toca a la buena administración de la fortuna, como tú mismo lo reconoces y lo reconocerás. Que nadie pueda difamarte en público diciendo que está lleno de solicitud y preocupación por ti: no es ni bueno ni bello para tu reputación el pasar por hombre difícil en los negocios.

Pasemos a hablar de Dión. Por lo demás, no tengo aún nada que decir antes de haber re­cibido las cartas que me anuncias. En cuanto a los proyectos que tú me prohibías comuni­carle, no he dicho nada y me he callado. Pero he intentado darme cuenta de si él los reci­biría con pena o si los soportaría fácilmente. He tenido la impresión de que, llegado el caso, se sentiría hondamente herido con ello. Por otra parte, en sus palabras y en sus actos, Dión me parece comedido en lo que a ti respecta7. A Cratino, hermano de Timoteo y amigo mío, le haremos obsequio de una de esas co­razas ligeras que lleva nuestra infantería pe­sada, y a las hijas de Cebes les regalaremos tres túnicas de siete codos, no de esas ricas túnicas de Argomina, sino de las de lino de Sicilia. Conoces seguramente el nombre de Cebes: lo mencionan los discursos socráticos al lado de Simmias, y discute con Sócrates en el diálogo «sobre el alma»8. Es amigo de todos nosotros y nos es simpático.

Acerca de cuál es la señal que distingue de las otras las cartas que yo escribo seriamente, te acuerdas, pienso, cuál es. Recuérdalo, no obstante, y presta gran atención a ello. Son, en efecto, numerosos los que me piden que les escriba y es difícil negarme a ello abier­tamente. Mis cartas serias comienzan, pues, por «Dios», y las que lo son menos, por «los dioses».

Los ancianos me han pedido también que te escriba y con razón: ellos cantan, en efecto, por todas partes tus alabanzas y las mías con mucho entusiasmo, muy especialmente Filagro, que estaba entonces enfermo de la mano. Igual­mente, Filedes, que llega de la corte del gran rey, me ha hablado de ti. Si mi carta no fuera ya tan larga, te habría referido sus palabras. Pero ya preguntarás a Leptino.

Si quieres enviarme la coraza y los otros objetos que te pido, confíalos a quien tú quie­ras. Si no tienes a nadie, dáselo a Terillo: siem­pre está en el mar, es amigo nuestro y es un hábil conocedor de muchas cosas, pero de modo particular de filosofía. Es el yerno de Tison, el que era edil cuando yo me embarqué.

Pórtate bien, cultiva la filosofía, impulsa a los jóvenes a que se entreguen a ella, saluda en mi nombre a tus compañeros de juego y recomienda a todos, especialmente a Aristó­crito, que, cuando llegue alguna palabra o al­guna carta para ti, te informe de ello lo más aprisa posible, y que te haga recordar que has de velar por mis peticiones. Y ahora, no olvides dar a Leptino su dinero; haz esto lo más pronto posible, a fin de que los demás, con su ejemplo, se tranquilicen y estén más dispuestos a pres­tarnos.

Iatrocles, a quien yo he liberado junto con Mirónides, está en camino con lo que yo te envío. Tómalo, pues, a sueldo, ya que está lleno de buena voluntad en lo que a ti respecta, y empléalo en lo que quieras. Guarda esta carta -la misma o un resumen de ella-y sigue sien­do el que eres.

1          Según Christ y otros autores que le siguen, l— escritos pitagóricos designarían el Timeo y las udivisionc­el Sofista y el Político. Raeder piensa que se trata de los trabajos preparatorios para estos diálogos. Rincr prefiere asimilar los escritos pitagóricos a los trabajos escritos de la Carta XII, y las divisiones al conjunto de apuntes de que habla Diógenes III 80.

2 Acerca de Helicón, discípulo del astrónunm In doxo, cfr. Plutarco, . Dión, 19.

3 Leptino es, sin duda, el pitagórico de que habla Plutarco-Dión, 53–y que más tarde dio muerte a Calipo en Reggio.

i

4                     Escultor ateniense del siglo tv, que gozó de una cierta fama. Trabajó bajo le dirección de Scopas en el Mausoleo de Halicarnaso

5

6. Es dudoso que este Erasto sea el mismo de que se habla en la Carta VI. Andrómedes parece haber sido una especie de banquero del rey de Siracusa.

7 Cfr. Plutarco, Dión, 21.

8 El Fedón es designado también bajo este nombre por Calímaco. Diógenes lo llama indistintamente Fedún o Acerca de! alma. Aparte de Cebes y de Simmias, la. personajes mencionados en este párrafo, así como tocln+ los que la carta cita en los párrafos siguientes, nos son desconocidos

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Comentarios en: "CARTAS DE PLATON" (1)

  1. ¡Magnífico! Gracias por tan excelente síntesis…

    Saludos cordiales,
    Georgeos
    http://www.GeorgeosDiazMontexano.com

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